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Jane no estaba segura de creer en esa explicación, pero aún en el caso de que fuese cierta, no se explicaba por qué había seguido en esa línea de trabajo tan violenta después de salir del ejército.

– ¿Te dedicarás a planear maravillosas y sutiles maneras de matar a Castro?

– Se supone que la Agencia no debe cometer asesinatos -contestó él.

– Pero los comete.

– Existe un elemento lunático que nos da muy mala fama. Desgraciadamente, los presidentes no resisten la tentación de jugar a los agentes secretos, y eso alienta a la facción de locos.

– ¿Y por qué no les das la espalda de una vez y te unes a la raza humana?

– Mira, Norteamérica está llena de gente que cree que, aparte del nuestro, hay otros países que tienen el derecho de ser urbes, pero pertenecen al tipo de gente que les da la espalda. En consecuencia, la Agencia emplea a demasiados psicópatas y a muy pocos ciudadanos decentes y compasivos. Después, cuando por un capricho del presidente, la Agencia provoca el derrocamiento de un gobierno extranjero, todos se preguntan cómo es posible que eso suceda. Y la respuesta es que sucede porque ellos lo permiten. Mi país es una democracia, así que cuando las cosas no están bien, no puedo culpar a nadie más que a mí mismo, y si hay que poner las cosas en su lugar lo tengo que hacer yo porque es mi responsabilidad.

Jane no estaba convencida.

– ¿Dirías que la manera de reformar a la K G B es unirte a ellos?

– No, porque en última instancia la K G B no está controlada por el pueblo. En cambio la Agencia, sí.

– No es tan simple controlarla -contestó Jane-. La CÍA le miente al pueblo. Es imposible controlarlos si uno no tiene manera de saber lo que están haciendo.

– Pero en definitiva se trata de nuestra Agencia de Inteligencia y de nuestra responsabilidad.

– Podrías trabajar para abolirla, en lugar de unirte a ella.

– Pero lo cierto es que necesitamos una agencia central de inteligencia. Vivimos en un mundo hostil y necesitamos información acerca de nuestros enemigos.

Jane suspiró.

– Pero mira adonde nos lleva -contestó-. Estás planeando enviar más y mejores armamentos a Masud para que él pueda matar mayor cantidad de gente y con más rapidez. Y eso es lo que siempre termináis haciendo.

– No es para que pueda matar más gente y con mayor rapidez protestó Ellis-. Los afganos luchan por su libertad, están luchando contra un puñado de asesinos.

– Están luchando todos por su libertad -interrumpió Jane-. La O.L.P., los exiliados cubanos, el Ira, los blancos sudafricanos y el Ejército Libre de Gales.

– Algunos tienen razón y otros no. -¿Y la CÍA conoce la diferencia? -Debería conocerla.

– Pero la desconoce. ¿Por la libertad de quién lucha Masud? -Por la libertad de todos los afganos. -¡Eso no es más que basura! -exclamó Jane con furia-. Masud es un musulmán fundamentalista, y si alguna vez llega al poder, lo primero que hará será caer sobre las mujeres. jamás les permitirá votar, les quiere quitar los pocos derechos que ya tienen. ¿Y cómo crees que tratará a sus oponentes, dado que su héroe político es el ayatolah Jomeini? ¿Los científicos y los profesores gozarán de libertad académica? ¿Los homosexuales, los hombres y mujeres, gozarán de libertad sexual? ¿Qué sucederá con los hindúes, con los budistas, con la confraternidad de Plymouth?

– ¿En serio crees que el régimen de Masud sería peor que el de los rusos? -preguntó Ellis.

Jane lo pensó durante algunos instantes.

– No sé. Lo único cierto es que el régimen de Masud sería una tiranía afgana, en lugar de ser una tiranía rusa. Y creo que no vale la pena matar gente para intercambiar un dictador extranjero por uno local.

– Sin embargo, por lo visto los afganos piensan que sí vale la pena.

– A la mayoría jamás se les ha preguntado.

– Sin embargo, creo que es obvio. De todas maneras, normalmente no me dedico a este tipo de trabajos. Por lo general me encuentro mejor dentro del tipo detectivesco.

Había algo que desde hacía un año despertaba la curiosidad de Jane.

– ¿Cuál fue exactamente tu misión en París?

– ¿Cuando espié a tus amigos? -Ellis esbozó una leve sonrisa-.

¿No te lo dijo Jean-Pierre?

– Confesó que en realidad no lo sabía.

– Tal vez lo ignorara. Yo trataba de apresar terroristas.

– ¿Entre nuestros amigos? -Allí por lo general es donde se los encuentra: entre los disidentes, los marginados y los criminales.

– ¿Rahmi Coskun era terrorista?

Jean-Pierre afirmaba que Rahmi fue arrestado por culpa de Ellis.

– Sí. Fue el responsable de la bomba colocada en las Aerolíneas Turcas de la avenida Félix Faure.

– ¿Rahmi? ¿Y cómo lo sabes?

– Porque él me lo dijo. Y cuando lo hice arrestar, planeaba colocar otra bomba.

– ¿Y también te lo dijo?

– Me pidió que lo ayudara a fabricarla. -¡Dios mío!

El apuesto Rahmi con sus ojos rasgados y su odio apasionado contra el gobierno de su desgraciado país.

Pero Ellis aún no había terminado. -¿Recuerdas a Pepe Gozzi? Jane frunció el entrecejo.

– ¿Te refieres a ese corso extraño que tenía un Rolls-Royce? -Sí. El abastecía de armas Y explosivos a todos los locos de París. Se las vendía a todos los que estuvieran en condiciones de pagar el precio que pedía, pero se especializaba en clientes políticos Jane no salía de su asombro. Suponía que Pepe no era trigo limpio, Simplemente por el hecho de ser rico y corso, pero en el peor de los casos consideraba que estaría involucrado en algún asunto turbio común, como el contrabando o el tráfico de drogas. ¡Y pensar que se dedicaba a vender armas a asesinos! Jane empezaba a sentir que había vivido en un sueño, mientras la intriga y la violencia eran el mundo real que la rodeaba por completo. ¿Sería tan cándida¿, se preguntó.

Ellis continuó explicándole:

– También apresé a un ruso que había financiado asesinatos y secuestros. Después interrogaron a Pepe y él desenmascaró al cincuenta por ciento de los terroristas europeos.

– ¿Y a eso te dedicabas durante toda la época en que fuimos amantes? -dijo Jane, con aire soñador. Recordó las fiestas, los conciertos de rock, las manifestaciones, las discusiones políticas en los Cafés, las incontables botellas de vino rouge ordinaire que bebían en los estudios de los áticos. Desde la ruptura de ambos, ella supuso vagamente que él se dedicaba a escribir pequeños informes sobre la juventud radicalizada, explicando quiénes tenían influencias, quiénes eran extremistas, quiénes contaban con dinero, quiénes con mayor ascendiente entre los estudiantes, quién mantenía conexiones con el Partido Comunista y así sucesivamente. Y ahora le resultaba difícil concebir que Ellis hubiera estado persiguiendo a verdaderos criminales y que realmente hubiera descubierto a algunos entre sus amigos.

– ¡Me parece increíble! -exclamó, estupefacta.

– Si quieres saber la verdad, fue un gran triunfo.

– Probablemente no deberías estar contándomelo.

– Es cierto. Pero he lamentado muchísimo haberte mentido en el pasado, para decirlo sin exagerar.

Jane se sintió incómoda y no supo qué contestar. Pasó a Chantal a su pecho izquierdo y entonces, al ver la mirada de Ellis, se cubrió el derecho con la blusa. La conversación se estaba poniendo incómodamente personal, pero ella tenía una intensa curiosidad por saber más. Ahora comprendía cómo se justificaba Ellis -aunque ella no estuviera de acuerdo con él-, pero todavía le quedaban dudas acerca de sus motivaciones. Si no lo averiguo ahora -pensó-, es posible que jamás se me presente otra oportunidad.

– No comprendo lo que hace a un hombre pasarse la vida haciendo ese tipo de trabajo -dijo.

El miró para otro lado.

– Las hago bien, me parece que valen la pena y la paga es extraordinariamente buena.

– Y supongo que te gustaba el plan de jubilación y el menú de la cantina. Está bien, no tienes ninguna necesidad de darme explicaciones si no lo deseas.

El le dirigió una mirada dura, como si estuviera tratando de leerle el pensamiento.

– Estoy deseando explicártelo -confesó-. ¿Estás segura de querer oírlo?

– Sí. Por favor.

– Tiene que ver con la guerra -empezó, y de repente Jane se dio cuenta de que estaba por decirle algo que jamás le había confiado a nadie-. Una de las cosas terribles que tenía el hecho de volar en Vietnam, era lo difícil que resultaba distinguir a los vietcong de los civiles. Cada vez que, por ejemplo, proporcionábamos apoyo aéreo a las tropas de tierra, o mirábamos un sendero de la jungla, o declarábamos que una zona era de fuego libre (libre para el fuego), sabíamos que mataríamos más mujeres, niños y ancianos que guerrilleros. Acostumbrábamos a decir que habían estado protegiendo y amparando al enemigo, pero ¿quién sabe? ¿Y a quién le importaba? Los matábamos. En ese caso, los terroristas éramos nosotros. Y no hablo de casos aislados, aún lo peor. Hicimos todas esas cosas terribles en aras de una causa que terminó no siendo más que un cúmulo de mentiras, de corrupción y de autoengaño. Estábamos en el bando equivocado.

¿Y sabes? No había ninguna justificación; eso fue que también vi cometer atrocidades, me refiero a nuestras tácticas regulares y diarias.

– Tenía el rostro tenso y contraído, como si padeciera de algún dolor interno y persistente. A la luz inestable de la lámpara su piel se veía sombreada y cetrina-. Como verás, no hay excusa ni perdón.

Con suavidad, Jane lo alentó para que siguiera hablando. -¿Entonces por qué te quedaste? -preguntó-. ¿Por qué te ofreciste como voluntario para un segundo período?

– Porque en ese momento no veía las cosas con tanta claridad; porque estaba luchando por mi país y uno no puede darle la espalda a una guerra; porque era un buen oficial y si hubiese vuelto a casa mi lugar podría haber sido ocupado por algún botarate y mis hombres habrían muerto; y como, por supuesto, ninguna de esas razones era lo suficientemente buena, en algún momento me pregunté ¿Qué vas a hacer al respecto? Quería, en ese momento no lo sabía, pero quería hacer algo para redimirme. En la década de los sesenta se habría dicho que padecía un complejo de culpabilidad.

– Sí, pero -Ellis parecía tan inseguro y vulnerable que a ella le resultaba difícil hacerle preguntas directas, pero él necesitaba hablar y a ella le interesaba escucharlo, así que insistió-: Pero ¿por qué esto?