– Hacia el final de la guerra yo estaba en inteligencia, y me ofrecieron continuar en la misma línea de trabajo, pero dentro del mundo de los civiles. Me aseguraron que sería capaz de desenvolverme como espía porque tenía experiencia en ese medio. Verás, ellos conocían mi pasado radical. Y yo creí que capturando terroristas tal vez podría paliar algo del mal que había hecho. Así que me convertí en un experto antiterrorista. Cuando lo digo suena demasiado simple, pero te aseguro que he tenido éxito. La Agencia no me tiene simpatía porque a veces me niego a aceptar una misión, como la vez que mataron al presidente de Chile, y los agentes no deben negarse a cumplir las misiones que se les encomiendan; pero he sido responsable del encarcelamiento de gente muy peligrosa y me enorgullece.
Chantal se había quedado dormida. Jane la acostó en la caja que hacía las veces de cuna.
– Supongo que debería decirte que, que por lo visto te juzgué mal.
El sonrió.
– ¡Gracias a Dios por haber oído eso!
Durante algunos instantes a Jane la sobrecogió la nostalgia al recordar la época -¿fue sólo un año y medio antes¿- en que ambos eran felices y no había sucedido nada de eso: no existía la CÍA, ni Jean-Pierre, ni Afganistán.
– Sin embargo, es imposible borrarlo, ¿verdad? -preguntó-. Me refiero a todo lo que ha sucedido, tus mentiras, mi enojo.
– No. -Estaba sentado en un taburete mirándola y estudiándola con el alma en la mirada. De repente le tendió los brazos, vaciló y después apoyó las manos en las caderas de Jane, en un gesto que pudo haber sido de cariño fraternal, o de algo más. Entonces Chantal murmuró: Mmumumumurnmm. Jane se volvió para mirarla y Ellis dejó caer las manos. Chantal estaba completamente despierta y movía los bracitos y las piernas en el aire. Jane la levantó y la chiquilla eructó de inmediato.
Jane se volvió hacia Ellis. El con los brazos cruzados, la observaba sonriendo. De repente ella no quiso que él se fuera. Siguiendo un impulso le hizo una invitación.
– ¿Por qué no te quedas a comer conmigo? Pero te advierto que no hay más que pan y cuajada.
– Me parece perfecto.
Ella le tendió a Chantal.
– Iré a decírselo a Fara.
Ellis tomó a la pequeña en brazos y ella se dirigió al patio. Fara calentaba agua para el baño de Chantal. Jane probó la temperatura con el codo y la encontró ideal.
– Prepara pan para dos, por favor -le pidió en dar¡.
Fara abrió los ojos, sorprendida, y Jane se dio cuenta de que era un escándalo que una mujer sola invitara a un hombre a comer. ¡Al diablo con todo, pensó. Levantó la olla de agua caliente y la llevó a la casa.
Ellis estaba sentado en el almohadón grande, debajo de la lámpara de aceite, balanceando a Chantal sobre su rodilla mientras le recitaba un poema infantil en voz baja. Sus grandes manos velludas rodeaban el cuerpecito rosado de la chiquilla. Ella lo miraba, gorjeando feliz y dando pataditas con sus piececitos regordetes. Jane se detuvo en la puerta, transfigurada por la escena y, sin querer, pensó: Ellis debió haber sido el padre de Chantal.
¿Es cierto eso? -se preguntó al mirarlos-. ¿Realmente lo hubiera yo deseado? En ese momento Ellis terminó de recitar el poema, la miró y sonrió con algo de timidez, y ella pensó: Sí, me habría gustado que fuera el padre de Chantal.
A medianoche subieron por la ladera de la montaña, Jane delante, Ellis siguiéndola con un gran saco de dormir debajo del brazo. Habían bañado a Chantal, comido su escasa cena de pan y cuajada, vuelto a alimentar a Chantal e instalado a la pequeña por el resto de la noche en la azotea, donde estaba profundamente dormida junto a Fara, quien la protegería con su vida. Ellis quiso llevarse a Jane lejos de la casa donde había sido la mujer de otro y Jane sentía lo mismo.
– Conozco un lugar adonde podemos ir -dijo.
En ese momento abandonó el sendero montañoso y condujo a Ellis por el terreno pedregoso e inclinado hasta su secreto lugar de retiro, el saliente oculto donde tomaba sol desnuda y se untaba el vientre antes del nacimiento de Chantal. Lo encontró con facilidad a la luz de la luna. Miró hacia abajo, hacia el pueblo, donde los rescoldos de los fuegos todavía resplandecían en los patios y donde la luz de algunas lámparas todavía danzaba detrás de las ventanas sin vidrios. Apenas alcanzaba a distinguir la forma de su propia casa. Dentro de pocas horas, en cuanto empezara a nacer el día, podría distinguir las formas dormidas de Chantal y Fara en la azotea. Se alegraría de poder hacerlo: era la primera vez que dejaba sola a Chantal de noche.
Se volvió. Ellis acababa de abrir por completo el cierre del saco de dormir y lo extendía sobre el suelo como una manta. La oleada de calor y de lujuria que la sobrecogió en su casa cuando lo vio recitándole un poema infantil a su hija, había desaparecido. En ese momento renacieron todos sus antiguos sentimientos: la necesidad de tocarlo, el amor que despertaba en ella su forma de sonreír cuando se sentía consciente de sí mismo, la necesidad de sentir sus grandes manos apoyadas en su piel, el deseo obsesivo de verlo desnudo. Algunas semanas antes del nacimiento de Chantal, Jane perdió sus deseos sexuales y no los recobró hasta ese momento. Pero durante las horas sucesivas, ese estado de ánimo se fue disipando poco a poco mientras los dos hacían arreglos prácticos para poder estar solos, como un par de adolescentes que tratan de alejarse de sus padres para acariciarse libremente.
– Ven a sentarte -pidió Ellis.
Ella se instaló a su lado sobre el saco de dormir. Ambos miraron hacia el pueblo sumido en las tinieblas. No se tocaban. Hubo un momento de tenso silencio.
– Aquí nunca ha estado nadie más -comentó Jane.
– ¿Y para qué lo utilizabas?
– Oh, simplemente para tenderme al sol y no pensar en nada -contestó. Pero en seguida pensó: ¡Oh, qué diablos! y agregó-: No, eso no es del todo cierto. También me Masturbaba.
El lanzó una carcajada y después la abrazó.
– Me alegra comprobar que todavía no has aprendido a censurar tus palabras -dijo.
Ella se volvió para mirarlo de frente-. El la besó en la boca con suavidad. Le gusto por mis defectos -pensó Jane-: por mi falta de tacto, mi carácter rápidamente irritable, mi costumbre de maldecir, por ser una cabeza dura.
– No trates de cambiarme -decidió en voz alta.
– ¡Oh, Jane, si supieras cómo te he echado de menos! -Ellis cerró los ojos y habló en un murmullo-. La mayor parte del tiempo ni siquiera me daba cuenta de ello.
Se tumbó y la atrajo hacia él, así que ella terminó encima de él. Jane se inclinó y le besó el rostro con suavidad. La sensación de incomodidad se le esfumaba rápidamente. Pensó: La última vez que lo besé no tenía barba. Sintió que las manos de él se movían: le estaba desabrochando la blusa. Ella no usaba sujetador -en realidad no tenía ninguno lo suficientemente grande- y sentía los pechos muy desnudos. Deslizó una mano dentro de la camisa de Ellis y le tocó los pelos largos del vello que rodeaba sus tetillas. Casi había olvidado lo que se sentía al tocar a un hombre. Durante largos meses su vida había estado llena de las voces suaves y los rostros tersos de mujeres y niños; y ahora de repente necesitaba sentir una piel áspera, unos muslos duros y unas mejillas peludas. Entrelazó los dedos en la barba de Ellis y le abrió la boca besándolo febrilmente. Las manos de él encontraron sus pechos turgentes y ella sintió una oleada de placer y entonces supo lo que iba a suceder y se sintió incapaz de evitarlo, porque aún cuando se alejó de él bruscamente, sintió que sus pezones derramaban un chorro de leche tibia sobre las manos de Ellis. Se ruborizó de vergüenza.
– ¡Oh, Dios, lo siento! ¡Qué desagradable! Pero no lo puedo evitar. -se disculpó.
El la hizo callar colocándole un dedo sobre los labios.
– ¡Está bien! -exclamó. Mientras hablaba le acariciaba y besaba sus pechos al grado que pronto estuvieron totalmente resbaladizos-. Es normal. Sucede siempre. Es sexual.
No puede serlo, pensó Jane. Pero él cambió de postura y bajó la cara hacia sus senos y comenzó a besárselos y a acariciarlos al mismo tiempo, y ella se fue relajando para disfrutar de aquella sensación. De pronto sintió otra punzada de placer cuando gotearon de nuevo, pero a ella no le importó esa vez. Ellis profirió un gemido y la áspera superficie de su lengua rozó los tiernos pezones y ella pensó que si él le chupaba los pechos ella se correría.
Fue como si Ellis le hubiera leído la mente. Rodeó con los labios uno de los largos pezones, lo atrajo dentro de su boca y lo chupó mientras sostenía el otro entre el pulgar y el índice, presionándolo gentil y rítmicamente. Sin poder impedirlo, Jane cedió a aquella sensación. Y mientras sus pechos chorreaban leche, uno en la mano y el otro dentro de la boca del hombre, la sensación resultó tan deliciosa que ella se estremeció de manera incontrolada.
– Oh, Dios, Dios, Dios,. -gimió hasta que fue perdiendo el control y cayó encima de él.
Durante un rato, no hubo nada en la mente de Jane; sólo sensaciones: el aliento cálido de Ellis sobre sus senos, la barba que le rascaba la piel, el aire fresco de la noche rozándole las mejillas ardientes, el saco de dormir de nylon sobre el duro suelo.
– Me estoy ahogando -dijo la voz ahogada de Ellis al cabo de un momento.
Ella rodó, quitándose de encima de Ellis. -¿Somos raros? -preguntó ella. -Sí.
Ella rió a lo tonto.
– ¿Habías hecho esto alguna vez?
– Sí -dijo, después de una vacilación.
– Qué,. -Todavía se sentía algo avergonzada-. ¿Qué sabor tiene?
– Caliente y dulce. Como la leche condensada. ¿Te has corrido? -¿No lo has notado?
– No estaba seguro. Algunas veces con las chicas es difícil saberlo.
Jane lo besó.
Sí, me he corrido. No mucho, pero no hay duda de ello. Un orgasmo letal.
– Yo casi me he corrido.
– ¿De verdad?
Jane deslizó su mano por encima del cuerpo de Ellis. El llevaba una camisa de algodón fino, parecida a la chaqueta del pijama y los pantalones que todos los afganos usaban. Jane notó sus costillas y los huesos de su cadera; Ellis había perdido la suave grasa que cubría la piel y que todos los occidentales, excepto los más delgados, tienen. Su mano encontró el miembro viril, erecto dentro de sus pantalones. Jane lo agarró.