– Bésame mientras me corro -pidió él, y bajó sus labios, que olían a sexo, hasta los de ella. Jane metió su lengua dentro de la boca de él. Le encantaba el momento del orgasmo de Ellis: arqueaba la espalda, alzaba la cabeza, y soltaba un grito como un animal salvaje, y sentía su miembro haciendo un esfuerzo supremo dentro de ella.
Cuando todo terminó, Ellis bajó la cabeza hasta el hombro y movió dulcemente los labios rozando la suave piel de su cuello, murmurando palabras que ella no podía entender. Después de uno o dos minutos, dio un suspiro de satisfacción, la besó en la boca, se puso de rodillas y le besó los senos, Después la besó en el sexo. El cuerpo de Jane respondió de inmediato y alzó las caderas para presionar contra los labios de Ellis. Sabiendo que ella, una vez más, estaba excitándose, Ellis comenzó a lamer, y, como siempre, pensar en él lamiéndola mientras su semen goteaba todavía, casi la enloquecía, y se corrió en seguida, gritando el nombre de Ellis hasta que el espasmo pasó.
Por fin se dejó caer a su lado. Automáticamente se colocaron en la posición que siempre adoptaban después de hacer el amor: él rodeándola con un brazo, ella, apoyándole la cabeza sobre el hombro y con un muslo sobre la cadera de Ellis. El lanzó un enorme bostezo y ella le respondió con una risita. Se tocaron mutuamente de una manera casi letárgica, ella jugueteando con el pene fláccido de Ellis, él metiendo y sacando sus dedos de su vagina empapada. Ella le lamió el pecho y en su piel percibió el gusto salado del sudor. Le observó el cuello. Los rayos de la luna iluminaban las líneas y las arrugas que traicionaban su edad. Me lleva diez años -pensó Jane-. Tal vez sea por eso que es un amante tan extraordinario: porque es mayor.
– ¿Por qué eres tan buen amante? -preguntó en voz alta. Ellis no le contestó. Estaba dormido-. Te quiero, mi amor, que duermas bien -agregó ella y entonces cerró los ojos.
Después de pasar un año en el valle, Jean-Pierre encontró la ciudad de Kabul sorprendente y aterrorizante. Los edificios eran demasiado altos, los coches transitaban a velocidad excesiva y había demasiada gente. Tuvo que taparse los oídos cuando pasó un convoy de enormes camiones rusos. Todo le provocaba el asombro de lo nuevo: los edificios de apartamentos, las estudiantes de uniforme, las luces de las calles, los manteles, los ascensores y el sabor del vino. Después de veinticuatro horas todavía seguía nervioso. Era irónico; él, ¡un parisiense!
Le habían adjudicado una habitación en uno de los edificios para oficiales solteros. Le prometieron que conseguiría un apartamento en cuanto llegara Jane con Chantal. Mientras tanto tenía la sensación de estar viviendo en un hotel barato. Antes de la llegada de los rusos era probable que el edificio fuese un hotel.
Si Jane llegara en ese Momento -y la esperaba de un instante a otro- tendrían que arreglarse como pudieran por el resto de la noche. No me puedo quejar -pensó Jean-Pierre-. No soy un héroe,. todavía.
Se quedó de pie junto a la ventana, observando Kabul de noche.
Durante un par de horas la ciudad estuvo a oscuras, presumiblemente debido a la acción de los aliados de Masud y de sus guerrilleros, pero desde hacía algunos minutos había vuelto la corriente y había un leve reflejo sobre el centro de la ciudad, que contaba con iluminación callejera. El ruido de los motores de los coches era lo único que quebraba el silencio, camiones y tanques del ejército que atravesaban la ciudad rumbo a sus misteriosos destinos. ¿Qué sería tan urgente, a medianoche, en Kabul? Jean-Pierre había cumplido el servicio militar y pensó que si el ejército ruso se parecía en algo al francés, la clase de tarea realizada en plena noche era parecida al hecho de mover quinientas sillas de una barraca a un salón en el extremo opuesto de la ciudad, para preparar un concierto que tendría lugar dos semanas más tarde y que probablemente sería cancelado.
No podía sentir el aire de la noche, porque su ventana estaba clavada. La puerta del cuarto no estaba cerrada con llave, pero un sargento ruso empuñando una pistola permanecía sentado con cara impávida en una silla de respaldo recto en el otro extremo del corredor, cerca del baño, y Jean-Pierre tenía la sensación de que si él quisiera salir de allí, el sargento probablemente se lo impediría.
¿Dónde estaría Jane? El ataque a Darg debió de haber terminado a la puesta del sol. Que un helicóptero viajara de Darg a Banda para recoger a Jane y a Chantal, era cosa de pocos minutos. El helicóptero podía llegar de Banda a Kabul en menos de una hora. Pero tal vez la fuerza atacante retornara a Bagram, la base aérea situada cerca de la entrada del valle, en cuyo caso posiblemente Jane se vería obligada a viajar de Bagram a Kabul en automóvil acompañada, sin duda, por Anatoly.
Se alegraría tanto de verlo que estaría dispuesta a olvidar su engaño, a considerar el asunto de Masud desde su punto de vista, y lo pasado, pasado, pensó Jean-Pierre. Durante un instante se preguntó si eso no sería más que una expresión de sus deseos. No, decidió; la conocía bastante bien y básicamente la tenía dominada.
Y además, lo sabría. Sólo unos compartirían el secreto y comprenderían la magnitud de sus éxitos: se alegraba de que Jane pudiera contarse entre ellos.
Esperaba que hubieran podido capturar a Masud en lugar de matarlo. En caso de haberlo capturado, los rusos podrían someterlo a juicio, y entonces todos los rebeldes sabrían con seguridad que el gran líder estaba acabado. Pero tenerlo muerto era casi lo mismo, siempre que conservaran el cadáver. De no haber cadáver, o si sólo quedaran de él restos irreconocibles, los propagandistas rebeldes de Peshawar publicarían informes de prensa declarando que Masud seguía con vida. Por supuesto que con el tiempo resultaría claro que estaba muerto, pero el impacto sería un poco más débil. Jean-Pierre esperaba que tuvieran el cuerpo.
Oyó pasos en el corredor. ¿Sería Anatoly, Jane, o ambos? Parecían pasos de hombre. Abrió la puerta y vio a dos soldados rusos altos junto con un tercero, de talla más pequeña y vistiendo uniforme de oficial. Sin duda estarían allí para llevarlo al lugar donde se encontraban Anatoly y Jane. Se sintió desilusionado. Dirigió una mirada interrogante al oficial que le hizo un gesto con la mano. Los dos soldados entraron al cuarto con rudeza. Jean-Pierre retrocedió un paso, a punto de protestar, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, uno de los soldados lo sujetó por la camisa y le propinó una feroz bofetada en la cara.
Jean-Pierre lanzó un aullido de dolor y de pánico. El otro soldado le pegó una patada en la entrepierna con su pesada bota. El dolor fue espantoso y Jean-Pierre cayó de rodillas, dándose cuenta de que había llegado el momento más terrible de su vida.
Entre ambos soldados lo obligaron a ponerse de pie y lo sostuvieron para que no cayera y el oficial entró en el cuarto. A través de la bruma de sus lágrimas, Jean-Pierre contempló a un hombre joven, de baja estatura, algo gordo, y con cierta deformidad en la cara: uno de sus lados estaba rojizo e hinchado, lo cual proporcionaba a su cara la expresión de una sonrisa permanente. En la mano enguantada tenía una porra.
Durante los cinco minutos siguientes, los dos soldados sostuvieron el cuerpo tembloroso y contorsionado de Jean-Pierre mientras el oficial le pegaba repetidos porrazos en la cara, los hombros, las rodillas, las espinillas, el vientre y la entrepierna, siempre en la entrepierna. Cada golpe era cuidadosamente estudiado y malvadamente asestado, y siempre había una pausa entre el uno y otro, para que el dolor del último desapareciera justo lo necesario para permitir que Jean-Pierre gozara de un instante de descanso para temer el siguiente antes de que éste se produjera. Cada golpe le hacía lanzar un grito de dolor y cada pausa lo hacía gritar de miedo al siguiente por anticipado. Por fin se produjo una pausa más larga y Jean-Pierre empezó a balbucear, sin saber si le entenderían o no.
– ¡Por favor, no me peguen! ¡Por favor, no me vuelvan a pegar! Señor, haré cualquier cosa, ¿qué quiere que haga? ¡Pero por favor, no me siga pegando!
– ¡Basta! -ordenó una voz en francés.
Jean-Pierre abrió los ojos y trató de ver a su salvador, a través de la sangre que le corría a raudales por la cara, a ese que había gritado ¡basta! Era Anatoly.
Los dos soldados permitieron que Jean-Pierre cayera lentamente al suelo. Sentía que todo su cuerpo era un fuego. Cualquier movimiento le producía un dolor agudísimo. Tenía la sensación de que le habían roto todos los huesos, aplastado los testículos, y tenía la cara desmesuradamente hinchada. Abrió la boca y vomitó sangre. Tragó y logró hablar a través de sus labios deshechos.
– ¿Por qué? ¿Por qué me habéis hecho esto? -preguntó. -Tú sabes por qué -contestó Anatoly.
Jean-Pierre hizo un lento movimiento negativo con la cabeza y trató de no caer en un ataque de locura.
– Arriesgué mi vida por vosotros, os di todo lo que tenía, ¿por qué?
– Nos tendiste una trampa -contestó Anatoly-. Por tu culpa hoy han muerto ochenta y un soldados.
Jean-Pierre comprendió que el ataque había fracasado y que de alguna manera le echaban la culpa a él.
– No -dijo-, yo no.
– Tú esperabas estar a muchos kilómetros de distancia cuando la olla se destapara -continuó diciendo Anatoly-. Pero yo te sorprendí al obligarte a montar al helicóptero y volver conmigo. Así que estás aquí para recibir tu castigo, que será doloroso y muy, muy prolongado.
Se volvió para irse.
– ¡No! -gritó Jean-Pierre-. ¡Espera!
Anatoly volvió a girar sobre sus talones.
Jean-Pierre luchó para poder pensar a pesar del dolor que lo agobiaba.
– Vine hasta aquí, arriesgué mi vida, te proporcioné información sobre las caravanas, tú las atacaste, les infligiste un daño mucho peor que la pérdida de ochenta hombres, no es lógico, no es lógico. -Juntó fuerzas para pronunciar una frase coherente-. ¡De haber sabido que se trataba de una trampa, te lo hubiese advertido ayer y te habría suplicado que tuvieras piedad de mí!
– Entonces, ¿cómo supieron que atacaríamos el pueblo? -preguntó Anatoly.
– Deben de haberlo adivinado.
– ¿Cómo?
Jean-Pierre estrujó su cerebro confuso. -¿Skabun fue bombardeado? -preguntó. -Creo que no.