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Eso ha sido -pensó Jean-Pierre-; alguien había averiguado que no hubo ningún bombardeo en Skabun. -Hubierais debido bombardearlo -dijo.

Anatoly parecía pensativo.

– Allí hay alguien muy listo para establecer conexiones.

Esa es Jane, pensó Jean-Pierre, y durante un instante la odió.

– ¿Ellis Thaler tiene alguna señal distintiva? -preguntó Anatoly.

Jean-Pierre estaba punto de desmayarse, pero temía que en ese caso lo volverían a castigar.

– Sí -contestó con aire desgraciado-. Tiene una enorme cicatriz en forma de cruz en la espalda.

– Entonces se trata de él -dijo Anatoly, casi en un susurro.

– ¿Quién?

– John Michael Ralcigh, treinta y cuatro años, nacido en Nueva jersey, el hijo mayor de un constructor. Abandonó sus estudios en la Universidad de California, en Berkcley, y fue capitán de la infantería de marina de Estados Unidos. Desde 1972 es agente de la CÍA. Estado civiclass="underline" divorciado, una hija, el paradero de su familia es un secreto celosamente guardado. -Hizo un movimiento de manos, como para dejar de lado esos detalles-. No cabe duda de que ha sido él quien adivinó mis intenciones hoy en Darg. Es un individuo brillante y muy peligroso. Si yo pudiera elegir uno entre todos los agentes del mundo occidental a quien me gustaría apresar, lo escogería a él. En los últimos diez años nos ha provocado daños irreparables por lo menos en tres ocasiones. El año pasado en París destruyó una red que nos había costado siete u ocho años de paciente trabajo desarrollar. El año anterior desenmascaró a un agente que habíamos introducido en el Servicio Secreto en 1965,., un individuo que algún día podría haber llegado a asesinar al presidente. Y ahora, ahora lo tenemos aquí.

Jean-Pierre, arrodillado en el suelo y abrazando su cuerpo deshecho, dejó caer la cabeza y cerró los ojos, desesperado. Durante todo ese tiempo había estado nadando en aguas profundas, sin hacer pie, poniéndose ciegamente en competencia con los grandes maestros de ese juego implacable, un niño desnudo en la cueva de los leones. ¡Y alentaba tantas esperanzas! El solo se encargaría de asestar a la Resistencia afgana un golpe del que jamás lograrían reponerse. Habría modificado el curso de la historia en esa parte del globo. Y así se habría vengado de los dirigentes occidentales; habría engañado y consternado a los poderes establecidos que traicionaron y mataron a su padre. Pero en lugar de obtener ese triunfo fue vencido. Y todo le había sido arrebatado en el último momento, por Ellis.

Escuchaba la voz de Anatoly como un murmullo lejano. -Podemos estar seguros de que ha logrado lo que quería con los rebeldes. No conocemos los detalles, pero el plan general ya es bastante explícito: un pacto de unidad entre los líderes guerrilleros a cambio de armas norteamericanas. Una cosa como ésa puede mantener viva la rebelión durante años. Es necesario impedir que empiecen a llevarla a cabo.

Jean-Pierre abrió los ojos y lo miró.

– ¿Y cómo?

– Debemos apoderarnos de ese hombre antes de que logre regresar a Estados Unidos. De esa manera nadie se enterará de que llegó a concertar el acuerdo con los rebeldes; los guerrilleros no recibirán las armas y todo el asunto se desvanecerá.

A pesar de su dolor, Jean -Pierre escuchaba, fascinado. ¿Sería posible que todavía existiera una posibilidad de concretar su venganza?

– Apoderarse de él prácticamente nos resarcirá del hecho de haber perdido a Masud -continuó diciendo Anatoly, y el corazón de Jean-Pierre volvió a alentar esperanzas-. No sólo neutralizaríamos al agente más peligroso que poseen los imperialistas. Piensa en lo que sería: un verdadero agente de la CÍA apresado vivo aquí, en Afganistán. Durante tres años la maquinaria de propaganda norteamericana ha afirmado que los bandidos afganos son campeones de la libertad que luchan contra la Unión Soviética en una batalla desigual y heroica, al estilo de David y Goliat. Ahora tendríamos pruebas de lo que hemos estado diciendo todo el tiempo: que Masud y los demás no son más que satélites del imperialismo norteamericano. Podríamos someter a Ellis a juicio…

– Pero los diarios occidentales lo negarán todo -interpuso Jean-Pierre-. La prensa capitalista…

– ¿A quién le importa occidente? Son los países No Alineados, los del Tercer Mundo y en el particular las naciones musulmanas a quienes queremos impresionar.

Todavía era posible convertir eso en un triunfo, pensó Jean-Pierre, y seguiría siendo un triunfo personal suyo, porque fue él quien alertó a los rusos con respecto de la presencia de un agente de la Cía en el Valle de los Cinco Leones.

– Veamos -continuó Anatoly-. ¿Dónde está Ellis esta noche?

– Se mueve de aquí para allá con Masud -contestó Jean-Pierre.

Apresar a Ellis era algo más fácil de decir que de hacer: Jean-Pierre había necesitado un año entero para conocer el paradero exacto de Masud en un día determinado.

– No sé por qué tiene que continuar con Masud -dedujo Anatoly-. ¿Utilizaba algún lugar como base de operaciones?

– Sí, teóricamente vivía en Banda con una familia. Pero casi nunca estaba allí.

– Sin embargo, ése es obviamente el lugar donde debemos empezar a buscarlo.

Sí, por supuesto -pensó Jean-Pierre-. Si Ellis no se encuentra en Banda alguien del pueblo puede saber dónde ha ido,. Alguien como Jane.

Y si Anatoly viajaba a Banda en busca de Ellis, era probable que al mismo tiempo encontrara a Jane. Los dolores que padecía le parecieron menos fuertes cuando se dio cuenta de que podría lograr su venganza sobre los poderes instituidos, capturar a Ellis, que le había robado el triunfo, y además recuperar a Jane y a Chantal.

– ¿Quieres que vaya contigo a Banda? -preguntó.

Anatoly lo pensó.

– Creo que sí. Conoces el pueblo y a la gente. Puede resultarnos útil tenerte a mano.

Jean-Pierre luchó por ponerse de pie, apretando los dientes para contrarrestar la tortura del dolor en la entrepierna.

– ¿Cuándo salimos?

– Ahora -contestó Anatoly.

Capítulo 14

Ellis se apresuraba por alcanzar un tren y, a pesar de saber que estaba dormido, se sentía presa del pánico. Primero no pudo aparcar el coche -el Honda de Gill-, después le resultó imposible encontrar la ventanilla donde se despachaban los billetes. Una vez que decidió que tomaría el tren sin billete, se encontró siendo empujado por una multitud de gente en el amplio vestíbulo de la estación Grand Central. Al llegar a ese punto recordó que había soñado eso antes, varias veces y bastante recientemente, y que nunca llegaba a tomar el tren.

Ese sueño siempre le dejaba una insoportable sensación de que toda felicidad había pasado por su lado, permanentemente, y ahora estaba aterrorizado ante la posibilidad de que volviera a sucederle lo mismo. Con una violencia cada vez mayor se abrió paso a través del gentío, y por fin llegó a la verja. Desde allí era donde las veces anteriores se había quedado mirando el vagón de cola del tren que desaparecía en la distancia, pero ahora estaba en la estación. Corrió a lo largo del andén y subió al tren de un salto justo cuando empezaba a ponerse en movimiento.

Estaba tan feliz de haberlo alcanzado que casi flotaba. Ocupó su asiento y no le pareció nada extraño encontrarse durmiendo en un saco junto a Jane. Desde las ventanillas del tren veía que las luces del alba empezaban a iluminar el Valle de los Cinco Leones.

No había una separación definida entre el sueño y la vigilia. El tren se fue esfumando gradualmente hasta que lo único que quedó fue el saco de dormir, el valle, Jane y su sensación de felicidad. En algún momento de esa noche tan corta, había subido la cremallera del saco de dormir y ahora estaban acostados muy cerca uno del otro, casi sin poder moverse. El sentía sobre el cuello la cálida respiración de Jane, y sus pechos hinchados estaban apretujados contra sus costillas. Los huesos de ella lo pinchaban: la cadera y la rodilla, el codo y el pie pero a él le gustaba. Recordó que siempre habían dormido muy juntos. De todos modos la antigua cama del apartamento de Jane en París no permitía otra cosa. En cambio la suya era más grande, pero aún allí siempre habían dormido hechos un nudo. Ella siempre comentaba que él la molestaba durante la noche, pero por la mañana él jamás lo recordaba.

Hacía mucho tiempo que no dormía toda la noche con una mujer. Trató de recordar quién había sido la última, y se dio cuenta de que fue Jane; las muchachas a quienes había llevado a su apartamento de Washington nunca se quedaron a desayunar.

Jane era la última y además la única persona con quien él había disfrutado de un sexo tan desinhibido. Al recordar las cosas que habían hecho la noche anterior, sintió una erección. Parecía no haber límites en la cantidad de veces que podía excitarse con ella. En París a veces se quedaban en la cama durante todo el día y se levantaban sólo para hacer una incursión a la nevera o para abrir una botella de vino y él la penetraba cinco o seis veces, mientras ella perdía la cuenta de sus orgasmos. Ellis nunca pensó en sí mismo como en un atleta sexual, y las experiencias siguientes le demostraron que, salvo con ella, no lo era. Jane liberaba algo en él que permanecía aprisionado cuando estaba con otras mujeres, por temor, por culpa, o por algún otro motivo. Ninguna otra había logrado eso, aunque una vez una estuvo muy cerca de lograrlo: una vietnamita con quien en 1970 vivió una aventura breve y predestinada al fracaso.

Era obvio que nunca dejó de amar a Jane. Durante el año anterior cumplió con su trabajo, salió con mujeres, visitó a Petal y fue a supermercados, como un actor que desempeña su papel, simulando, por el bien de la verosimilitud, que ésa era su verdadera personalidad pero, en el fondo de su alma, convencido de que no lo era. Y si no hubiese venido a Afganistán, podría haberlo lamentado para siempre.

Tuvo la sensación de que muchas veces era ciego con respecto a los asuntos más importantes de su vida. Allá por 1968 no se había dado cuenta de que quería luchar por su país; ni de que no quería casarse con Gill; y en Vietnam no se había dado cuenta de que estaba en contra de la guerra. Cada uno de esos descubrimientos lo dejó estupefacto y dio un cambio a su vida. Creía que el autoengaño no era necesariamente algo negativo; sin él no habría podido sobrevivir a la guerra, y de no haber venido a Afganistán, ¿qué iba a hacer, salvo convencerse de que Jane ya no le interesaba?