Ellis recordó a los siete guerrilleros heridos y al muchachito manco que había quedado en la cueva que hacía las veces de clínica. Decidió que iría a ver cómo estaban. Se vistió, enrolló su saco de dormir y empezó a marchar por el sendero de la montaña.
Recordó a Allen Winderman, con su traje gris y su corbata a rayas picoteando la ensalada en un restaurante de Washington y diciendo: ¿Qué posibilidades hay de que los rusos puedan apoderarse de nuestro hombre? Muy pocas -había contestado Ellis-. Si no pueden apoderarse de Masud, ¿por qué van a apoderarse de un agente secreto enviado a encontrarse con Masud? Y ahora conocía la respuesta a esa pregunta: Por Jean-Pierre.
– ¡Maldito sea Jean-Pierre! -exclamó Ellis en voz alta.
Llegó al dato. En la cueva donde estaban los heridos no se oía ningún ruido. Deseó que los rusos no se hubiesen llevado a los guerrilleros, ni al chico -Mousa-, porque Mohammed quedaría inconsolable.
Entró en la cueva. Ya había salido el sol y podía verse todo con mucha claridad. Estaban allí tendidos, quietos y en silencio.
– ¿Estáis bien? -preguntó Ellis en dar¡.
No obtuvo respuesta. Ninguno de ellos se movió. -¡Oh Dios! -susurró Ellis.
Se arrodilló junto al guerrillero más cercano y le tocó el rostro barbudo. El hombre yacía en un charco de sangre. Le habían disparado a la cabeza a quemarropa.
Moviéndose con rapidez, Ellis los revisó a todos.
Estaban todos muertos.
Y el chico también.
Capítulo 15
Jane recorrió el pueblo a la carrera, presa de un pánico ciego, empujando a la gente, chocando contra las paredes, tropezando y cayendo y volviendo a levantarse y jadeando y lanzando quejidos, todo al mismo tiempo. -¡Tiene que estar bien! -se repetía, como si fuera una letanía, pero de todas maneras su cerebro no dejaba de preguntarse: ¿Y por qué no se despertó Chantal? y ¿Qué le habrá hecho Anatoly? y ¿Estará herida mi hija?
Entró dando traspiés en el patio de su casa y subió los escalones de dos en dos hasta llegar a la azotea. Cayó de rodillas y arrancó de un tirón la sábana que cubría el colchoncito. Chantal tenía los ojos cerrados. ¿Respirará? -se preguntó Jane- ¿Respirará? En ese momento el bebé abrió los ojos, miró a su madre y, por primera vez en su vida, sonrió.
Jane la alzó y la abrazó casi con rudeza, con la sensación de que se le iba a reventar el corazón. Ante el súbito apretujón Chantal se echó a llorar y Jane también lloró, sobrecogida por el gozo y el alivio que le producía que su hija estuviera todavía allí, todavía viva, calentita y berreando, y porque acababa de esbozar su primera sonrisa.
Después de un rato Jane logró calmarse y Chantal, sintiendo el cambio que se había operado en su madre, también dejó de llorar. Jane la meció, le palmeó la espalda rítmicamente y le besó la parte superior de la suave y peluda cabecita. Al rato recordó que había otra gente en el mundo y se preguntó qué les habría sucedido a los pobladores en la mezquita y si estarían bien. Bajó al patio y allí se encontró con Fara. Observó un momento a la muchacha: Fara, la silenciosa, la ansiosa, la tímida, la que se escandalizaba con tanta facilidad; ¿de dónde habría sacado el coraje, la presencia de ánimo y la sangre fría necesarias para ocultar a Chantal debajo de una sábana arrugada mientras aterrizaban los helicópteros rusos y los soldados disparaban sus rifles a pocos metros de distancia?
– La salvaste le comunicó Jane.
Fara la miró atemorizada, como si se tratara de una acusación.
Jane apoyó a Chantal sobre su cadera izquierda y abrazó a Fara con el brazo derecho.
– ¡Salvaste a mi hijita! -exclamó-. ¡Gracias! ¡Gracias!
El rostro de Fara resplandeció de alegría durante un momento, después rompió en llanto.
Jane la tranquilizó palmeándole la espalda, lo mismo que había palmeado la de Chantal. En cuanto Fara se calmó, Jane preguntó:
– ¿Qué sucedió en la mezquita? ¿Qué hicieron? ¿Hirieron a alguien?
– Sí -contestó la muchacha, como aturdida.
Jane sonrió: era imposible hacerle a Fara tres preguntas una detrás de la otra y esperar una respuesta sensata.
– ¿Qué sucedió cuando entraron en la mezquita? -Preguntaron dónde estaba el norteamericano. -¿A quién se lo preguntaron?
– A todos. Pero nadie lo sabía. El doctor me preguntó dónde estaban usted y la pequeña, pero yo le dije que no lo sabía. Después eligieron a tres de los hombres: primero a mi tío Shahazai, después al mullah y después a Alishan Karim, el hermano del mullah. Les volvieron a preguntar lo mismo, pero no hubo caso, porque los hombres no sabían adónde se había ido el norteamericano. Así que los azotaron.
– ¿Los lastimaron mucho?
– Simplemente los azotaron.
– Les echaré una mirada. – Jane recordó con ansiedad que Alishan sufría del corazón-. ¿Dónde están ahora?
– Siguen en la mezquita.
– Acompáñame. – Jane entró en la casa y Fara la siguió. En la habitación delantera encontró su maletín de enfermera sobre el mostrador del almacén. A los medicamentos que llevaba habitualmente agregó algunas pastillas de nitroglicerina y volvió a salir. Mientras se encaminaba a la mezquita, todavía estrechamente abrazada a Chantal, le preguntó a Fara:
– ¿A ti también te lastimaron?
– No, el doctor parecía muy enojado, pero no me azotaron.
Jane se preguntó si Jean-Pierre estaría enojado porque sospechaba que ella había pasado la noche con Ellis. Se le ocurrió que todo el pueblo estaría haciendo conjeturas sobre lo mismo. Se preguntó cómo reaccionarían. Esta podría ser la prueba de que ella era la Prostituta de Babilonia.
Sin embargo, todavía no le harían ningún desaire, por lo menos mientras la necesitaran para atender a los heridos. Llegó a la mezquita y entró en el patio. En cuanto la vio, la esposa de Abdullah se le acercó dándose aires de importancia y la condujo adonde estaba su marido, tendido en el suelo. A primera vista el mullah parecía estar bien y Jane estaba preocupada por el corazón de Alishan, así que, a pesar de las indignadas protestas de la esposa, abandonó al mullah y se acercó a Alishan, quien permanecía tendido a corta distancia.
Tenía el rostro gris y respiraba con dificultad, y se había apoyado una mano en el pecho: tal como Jane temía, el castigo le había producido un ataque de angina de pecho. Le administró una tableta.
– Mastícala, no la tragues -advirtió.
Puso a Chantal en brazos de Fara y examinó rápidamente a Alishan. Estaba bastante lastimado, pero no tenía ningún hueso roto.
– ¿Con qué te pegaron? -preguntó.
– Con los rifles -contestó él con voz ronca.
Ella asintió. Alishan había tenido suerte ya que el único daño real que le causaron fue someterlo al estrés que tanto mal le hacía al corazón, y de eso ya se estaba recuperando. Desinfectó sus heridas con yodo y le recomendó que permaneciera inmóvil por lo menos durante una hora.
Regresó junto a Abdullah. Sin embargo, al verla aproximarse, el mullah la alejó lanzando un rugido y con un gesto brusco. Ella sabía de memoria lo que lo había enfurecido: creía tener derecho a un tratamiento prioritario y se sentía insultado al ver que había atendido primero a Alishan. Jane no pensaba pedir disculpas. Ya le había advertido varias veces que trataba a los heridos dando prioridad a los más graves y no por su categoría. Por lo tanto se volvió. No tenía sentido que insistiera en examinar al viejo idiota. Si se encontraba lo suficientemente sano como para aullarle, sobreviviría.
Se acercó a Shahazai, el viejo guerrero lleno de cicatrices. Ya había sido examinado por su hermana Rabia, la partera, quien le estaba lavando las heridas. Los aceite vegetales de Rabia no eran todo lo antisépticos que sería de desear, pero haciendo un balance Jane consideraba que éstos les hacían más bien que mal a los heridos, así que ella se contentó con pedirle que moviera los dedos de los pies y de las manos. No tenía problemas.
Tuvimos suerte, pensó Jane. Vinieron los rusos, pero escapamos con daños menores. Gracias a Dios. Tal vez ahora podamos esperar que nos dejen en paz durante un tiempo: tal vez hasta que se vuelva a abrir la ruta del paso de Khyber:
– ¿El doctor es ruso? -preguntó Rabia, de pronto.
– No. -Por primera vez Jane se preguntó exactamente qué habría estado pensando Jean-Pierre. Si me hubiera encontrado -pensó- ¿qué me habría dicho¿-. No, Rabia, no es ruso. Pero por lo visto se ha unido a ese bando.
– Así que es un traidor.
– Sí, supongo que lo es.
Ahora Jane se preguntó adónde quería ir a parar la anciana con sus preguntas.
– ¿Las cristianas pueden divorciarse de sus maridos si son traidores?
En Europa uno puede divorciarse por cosas mucho menores, pensó Jane, así que contestó:
– Sí.
– ¿Y es por eso que ahora te has casado con el norteamericano?
En ese momento Jane comprendió lo que pensaba Rabia. El hecho de que hubiera pasado la noche con Ellis en la ladera de la montaña, sin duda confirmaba la teoría de Abdullah de que ella era una prostituta occidental. Rabia, que desde hacía tiempo era el principal apoyo que Jane tenía en el pueblo, planeaba contradecir esa afirmación con una interpretación alternativa, de acuerdo a la cual Jane se había divorciado rápidamente del traidor en virtud de extrañas leyes desconocidas para los Verdaderos Creyentes y, bajo esas mismas leyes, estaba ahora casada con Ellis. Así sea, pensó Jane.
– Sí -contestó-, por eso me casé con el norteamericano.
Rabia asintió, satisfecha.
Jane casi sentía que existía algo de verdad en los epítetos del mullah. Después de todo, se había mudado de la cama de un hombre a la de otro con indecente rapidez. Se sintió un poco avergonzada, pero en seguida se frenó: jamás permitió que su comportamiento le fuese impuesto por las expectativas de otra gente. Que piensen lo que quieran, se dijo para sus adentros.
No se consideraba casada con Ellis. ¿Me siento divorciada de Jean-Pierre¿, se preguntó. La respuesta era que no. Sin embargo, lo que sí sentía era que sus obligaciones hacia él habían terminado. Después de lo que ha hecho, ya no le debo nada, pensó. Eso tendría que haberle producido una especie de alivio, pero en realidad simplemente la entristecía.