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Sus meditaciones fueron interrumpidas. Hubo un movimiento de agitación en la entrada de la mezquita, y cuando Jane se volvió vio entrar a Ellis con algo en los brazos. A medida que se iba acercando comprobó que en el rostro de su amante había una máscara de ira y por su mente cruzó como un relámpago el pensamiento de que una vez anteriormente lo había visto así: cuando un taxista imprudente giró repentinamente y atropelló a un jovencito que viajaba en motocicleta, hiriéndole de gravedad. Ellis y Jane fueron testigos del accidente y llamaron a la ambulancia -en esa época ella no sabía nada de medicina- y Ellis no hacía más que repetir una y otra vez:

– ¡Fue tan innecesario! ¡Tan innecesario!

Ella comprendió lo que Ellis llevaba en brazos: era una criatura, y se dio cuenta por la expresión de él que el chico estaba muerto. Su primera y vergonzosa reacción fue pensar: ¡Gracias a Dios que no es mi hijita¡, pero al mirarlo de cerca comprendió que era la única otra criatura del pueblo a quien a veces consideraba casi propia: Mousa, el manco cuya vida había salvado. Sintió la espantosa sensación de desilusión y de pérdida que la embargaba cuando moría un paciente después de que ella y Jean-Pierre habían luchado durante largo tiempo y con todas sus fuerzas por salvarle la vida. Pero esto le resultaba especialmente doloroso, porque Mousa afrontó su invalidez con valentía y decisión y su padre estaba tremendamente orgulloso de él. ¿Por qué él? -pensó Jane, con los ojos llenos de lágrimas-. ¿Por qué él?

Los pobladores rodearon a Ellis, pero él miró a Jane.

– Están todos muertos -informó en dar! para que los demás también lo comprendieran.

Algunas de las mujeres empezaron a llorar. -¿Cómo fue? -preguntó Jane.

– Los rusos les pegaron un tiro a cada uno.

– ¡Oh Dios! -La noche anterior ella había afirmado: Ninguno de ellos morirá, de sus heridas, por supuesto, pero sin embargo previó que todos mejorarían, con mayor o menor rapidez y que gracias a sus cuidados recobrarían plenamente la salud y las fuerzas. Y ahora, todos muertos.

– ¿Por qué mataron al chico? -preguntó.

– Creo que les causó problemas.

Jane frunció el entrecejo, intrigada.

Ellis movió un poco el cuerpo para que todos vieran la mano de Mousa. Sus deditos aferraban rígidamente el mango del cuchillo que su padre le había regalado. La hoja estaba ensangrentada.

De repente se oyó un fuerte aullido y Halima se abrió paso entre la multitud. Le quitó a Ellis el cuerpo de su hijo y se dejó caer al suelo con la criatura muerta entre sus brazos, llamándolo a gritos. Las mujeres se reunieron a su alrededor. Jane se volvió.

Después de hacerle una seña a Fara para que la siguiera con Chantal, Jane abandonó la mezquita y caminó lentamente hasta su casa. Ahora habían muerto siete hombres y un muchachito. A Jane no le quedaban lágrimas porque había llorado demasiado: simplemente se sentía debilitada por el dolor.

Entró en la casa y se sentó a amamantar a Chantal.

– ¡Qué paciente has sido, hijita! -exclamó al acercar a la pequeña a su pecho.

Algunos minutos después entró Ellis. Se inclinó sobre ella y la besó. Después la observó un momento antes de hablar.

– Pareces enojada conmigo.

Jane se dio cuenta de que lo estaba.

– ¡Los hombres sois tan sanguinarios! -exclamó con amargura-. Ese chico evidentemente trató de atacar a los soldados rusos con su cuchillo de caza: ¿quién le enseñó a ser tan audaz? ¿Quién le dijo que su papel en la vida consistía en matar rusos? Cuando se arrojó contra el hombre del Kalashnikov, ¿quién era su modelo? Por cierto que su madre no. Era su padre. Ha muerto por culpa de Mohammed, por culpa de Mohammed y tuya.

Ellis estaba estupefacto.

– ¿Y por qué mía?

Ella sabía que le estaba hablando con demasiada dureza, pero no podía detenerse.

– Los rusos castigaron a Abdullah, a Alishan y a Shahazai para tratar de que le dijeran dónde estabas -explicó-. Te buscaban a ti. se fue el objeto de la incursión.

– Ya lo sé. ¿Y por eso crees que fue por culpa mía que mataron de un tiro a ese muchachito?

– Sucedió porque tú estás aquí, en un lugar que no te corresponde.

– Tal vez. De todos modos, creo que tengo una solución para ese problema. Me voy. Como tú bien señalas, mi presencia produce violencia y derramamiento de sangre. Si me quedo, no sólo es posible que me capturen (porque no podemos negar que anoche tuvimos mucha suerte), sino que mi frágil plan de conseguir que estas tribus empiecen a trabajar en conjunto contra el enemigo común puede fracasar. En realidad puede suceder algo peor que eso. Los rusos tratarían de obtener la máxima propaganda posible sometiéndome a juicio. Comprueben hasta qué punto intenta la CÍA explotar los problemas internos de un país del Tercer Mundo. Y cosas por el estilo.

– Realmente eres un pez gordo, ¿no es cierto? -Le parecía extraño que lo que sucediera allí, en el valle, entre ese pequeño grupito de gente, pudiera tener consecuencias mundiales de tal magnitud-. Pero no podrás irte. La ruta al paso de Khyber está bloqueada.

– Existe otro camino: la ruta de la mantequilla.

– Oh, Ellis, ese camino es muy duro, y peligroso. -Pensó en él trepando a esos altos pasos de montaña en medio de los fuertes temporales de viento. Corría el riesgo de perderse y morir congelado en la nieve, o de ser asaltado y asesinado por los bandidos-. ¡Por favor, no hagas eso!

– Si me quedara otra posibilidad, la elegiría.

Así que volvería a perderlo nuevamente, y quedaría sola. Pensar en ello la hizo sentir terriblemente desgraciada. Eso era sorprendente. Sólo había pasado una noche con él. ¿Y qué esperaba? No estaba segura. Pero sin duda algo más que esa separación tan abrupta. -No creí que te volvería a perder tan pronto -confesó.

Pasó a Chantal al otro pecho.

El se arrodilló frente a ella y le tomó la mano.

– Tú no has analizado esta situación a fondo -reflexionó-. Piensa en Jean-Pierre. ¿No sabes que desea volver a tenerte a su lado?

Jane lo meditó. Ellis tenía razón. En esos momentos Jean-Pierre debía de sentirse humillado y ofendido: lo único que podría cicatrizar sus heridas sería volver a tenerla a su lado, en su cama y en su poder.

– Pero ¿qué crees que haría conmigo? -preguntó.

– Querrá que tú y Chantal paséis el resto de vuestras vidas en alguna ciudad minera de Siberia, mientras él ejerce su oficio de espía en Europa y os visita cada dos o tres años entre una misión y otra.

– ¿Y si yo me negara?

– Te obligaría. Hasta podría llegar a matarte.

Jane recordó que Jean-Pierre le había pegado. Sintió náuseas. -¿Crees que los rusos lo ayudarán a buscarme? -preguntó. -Sí.

– Pero, ¿por qué? ¿Qué les importo yo?

– Primero, porque están en deuda con él. Segundo, porque suponen que lo mantendrás feliz. Tercero, porque sabes demasiado. Conoces íntimamente a Jean-Pierre y has visto a Anatoly; podrías proporcionar excelentes descripciones de ambos a la computadora de la CÍA, siempre que lograras regresar a Europa.

Así que habrá más derramamiento de sangre -pensó Jane-; los rusos atacarían los pueblos, atacarían a la gente, y los azotarían y torturarían para averiguar dónde estaba ella.

– Ese oficial ruso, ese Anatoly, El vio a Chantal. -Al recordar esos instantes terribles, Jane abrazó a su hija con más fuerza-. Creí que se la iba a llevar. ¿No se dio cuenta de que si se hubiese apoderado de ella yo me habría entregado nada más que para que no nos separaran?

Ellis asintió.

– En ese momento, eso me intrigó. Pero para ellos yo soy más importante que tú, y creo que decidió que aunque eventualmente quiera capturarte, mientras tanto piensa utilizarle para otro fin.

– ¿Para qué? ¿Qué puede querer que haga?

– Lograr que mi huida sea más lenta.

– ¿Obligándote a quedarte aquí? -No, viniendo conmigo.

En cuanto él lo dijo, ella se dio cuenta de que tenía razón y la embargó la sensación de estar ya condenada. Ella y su hija tendrían que ir con él, no les quedaba otra alternativa. Si morimos, moriremos -Pensó con fatalismo-. Que así sea.

– Supongo que mis posibilidades de huir de aquí contigo son mayores que las que tendría huyendo sola de Siberia -dijo.

Ellis asintíó.

– Creo que eso resume bien la situación.

– Empezaré a empaquetar las cosas -decidió ella. No había tiempo que perder-. Supongo que nos convendrá salir mañana al amanecer.

Ellis negó con la cabeza.

– Quiero salir de aquí dentro de una hora.

Jane fue presa del pánico. Planeaba irse, por supuesto, pero no tan de repente, y ahora sentía que no tenía tiempo de pensar. Empezó a precipitarse por la casita arrojando indiscriminadamente ropa, comida y medicamentos en una serie de bolsos, aterrorizada ante la posibilidad de olvidar algo indispensable, pero demasiado apurada para hacer el equipaje con sensatez.

Ellis comprendió su estado de ánimo y la detuvo. La sujetó por los hombros, la besó en la frente y le habló con tranquilidad.

– Dime algo. ¿Por casualidad sabes cuál es la montaña más alta de Gran Bretaña? -preguntó.

Ella se preguntó si se habría vuelto loco.

– El Ben Nevis -contestó-. Está en Escocia. -¿Y qué altura tiene?

– Más de mil doscientos metros.

– Algunos de los pasos que debemos atravesar están a cuatro mil ochocientos metros, es decir que son cuatro veces más altos que la montaña más elevada de Gran Bretaña. Y aunque la distancia que vamos a recorrer no es más que doscientos veinticinco kilómetros tardaremos por lo menos dos semanas en llegar. Así que te recomiendo que te tranquilices, que pienses y que planees. Si tardas algo más de una hora en hacer el equipaje, no importa. Será mejor eso que viajar sin antibióticos, por ejemplo.

Ella asintió, respiró profundamente y volvió a empezar.

Tenía dos alforjas que podían doblarse y convertirse en mochilas. Llenó una de ropa: los pañales de Chantal, un cambio de ropa interior para todos, la chaqueta acolchada de Ellis. y el impermeable forrado de piel, con capucha, que ella había comprado en París. Utilizó la otra alforja para medicamentos, comida y raciones de hierro para el caso de alguna emergencia. No tenían pastel de menta, por supuesto, pero Jane había descubierto un sustituto local, una torta de moras y nueces, casi imposible de digerir pero llena de energía concentrada. También tenía abundante arroz y un trozo de queso duro. El único recuerdo que Jane llevaba era su colección de fotografías Polaroid de los habitantes del pueblo. También llevaban sus sacos de dormir, una sartén y la bolsa militar de Ellis que contenía algunos explosivos y equipos detonadores: las únicas armas con que contaban. Ellis cargó todo el equipaje sobre Maggie, la yegua unidireccional.