De repente, Jane recordó su colección de fotografías. Tenía varias de Mousa. A los afganos les encantaban las fotos y a Mohammed le llenaría de gozo tener una de su hijo. Abrió una de las alforjas cargadas sobre el lomo de Maggie y revolvió las cajas de medicamentos hasta encontrar las de la Polaroid. Localizó una fotografía de Mousa, la separó y volvió a cerrar la bolsa. Entonces entregó la fotografía a Mohammed.
jamás en su vida había visto a un afgano tan profundamente conmovido. Ni siquiera podía hablar. Por un instante dio la sensación de que se echaría a llorar. Se volvió, tratando de controlarse. Cuando los miró nuevamente, tenía el rostro sereno, pero humedecido por las lágrimas.
– Venid conmigo -dijo.
Lo siguieron a lo largo del pueblo hasta la orilla del río, donde un grupo de quince o veinte guerrilleros estaban sentados alrededor de una fogata, cocinando. Mohammed se introdujo en el grupo y sin preámbulo alguno empezó a contar la historia de la muerte de Mousa, entre lágrimas y gesticulaciones.
Jane se volvió. Ya había presenciado demasiado dolor.
Miró a su alrededor con ansiedad. ¿Hacia dónde huiremos si llegan a venir los rusos¿, se preguntó. Allí no había más que praderas, el río y algunos cobertizos. Pero Masud parecía pensar que era un lugar seguro. Tal vez el pueblo fuese demasiado pequeño para atraer la atención del ejército.
No tuvo bastantes energías para seguir preocupándose. Se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra el tronco de un árbol, agradecida por poder dar un descanso a sus piernas, y empezó a amamantar a Chantal. Ellis quitó la carga a Maggie, la ató por el cabestro y la yegua comenzó a pastar junto al río. Ha sido un día largo -pensó Jane-, y un día terrible. Y anoche no dormí demasiado. Sonrió en silencio al recordar lo sucedido la noche anterior.
Ellis sacó los mapas de Jean-Pierre y se sentó junto a Jane para estudiarlos a la luz del crepúsculo que se iba apagando rápidamente. Jane miraba por encima de su hombro. La ruta que pensaban seguir continuaba subiendo por el valle hasta un pueblo llamado Comar, lo mismo que el primer paso de gran altura que debían franquear. Allí empieza el frío. -anunció Ellis, señalando el paso-.
– Cuatro mil quinientos metros
Jane se estremeció.
Cuando Chantal terminó de mamar, Jane le cambió el pañal y lavó el sucio en el río. A su regreso encontró a Ellis enfrascado en una profunda conversación con Masud. Se instaló junto a ambos.
– Has tomado una decisión acertada -decía Masud-. Debes llegar a Afganistán con nuestro tratado en el bolsillo. Si los rusos llegan a capturarte, todo se habrá perdido.
Ellis asintió, demostrando que estaba de acuerdo. Jane pensó: jamás he visto actuar así a Ellis: trata a Masud con deferencia. Masud continuaba hablando.
– Sin embargo, es un trayecto extraordinariamente difícil. Gran parte del camino corre por encima de las nieves perpetuas. A veces, en la nieve, resulta difícil encontrar el sendero y si uno llega a perderse allí, muere indefectiblemente.
Jane se preguntó adónde conducía todo eso. Le pareció ominoso que Masud se dirigiera cuidadosamente a Ellis, no a ella.
– Yo te puedo ayudar -continuó diciendo Masud-, pero lo mismo que tú quiero hacer un trato.
– Continúa -dijo Ellis.
– Te cederé a Mohammed como guía para que te conduzca a través de Nuristán y te introduzca en Pakistán.
El corazón de Jane dio un salto de alegría. El hecho de tener a Mohammed por guía establecería una enorme diferencia en el viaje. -¿Y cuál sería parte en el trato? -preguntó Ellis.
– Qué vayas solo. La esposa del doctor y la chiquilla se quedarán aquí.
Jane, con dolorosa claridad, vio que tenía que aceptar esa condición. Era una soberana estupidez que los dos trataran de hacer el viaje solos: lo más probable era que murieran ambos. De esa manera, ella por lo menos podía salvar la vida de Ellis.
– Debes aceptar -dijo.
Ellis le sonrió antes de mirar a Masud.
– Eso está fuera de la cuestión -afirmó.
Masud se levantó, visiblemente ofendido, y volvió al círculo de los guerrilleros.
– Oh, Ellis, ¿te parece prudente lo que acabas de hacer?
– No -contestó él. Y le tomó la mano-. Pero no estoy dispuesto a dejarte ir con tanta facilidad.
Ella le apretó la mano.
– Yo no, no te he hecho ninguna promesa.
– Ya lo sé -contestó Ellis-. Cuando lleguemos a la civilización, quedarás en libertad para hacer lo que quieras, Hasta para vivir con Jean-Pierre si es eso lo que deseas, y siempre que logres encontrarlo. Si no me queda más remedio, me conformaré con tenerte los próximos quince días. De todos modos, este la posibilidad de que no vivamos tanto tiempo.
Eso era cierto. ¿Por qué angustiarnos por el futuro, cuando lo más probable es que no tengamos un futuro¿, pensó ella.
Masud volvió, de nuevo sonriente.
– No soy un buen negociador -confesó-. De todos modos os cederé a Mohammed como guía.
Capítulo 16
Despegaron media hora antes del amanecer. Uno a uno, los helicópteros alzaron el vuelo desde la pista de cemento y desaparecieron en el cielo de la noche, más allá de los reflectores. A su turno, el Hind en el que viajaban Jean-Pierre y Anatoly luchó por remontar el vuelo como un ave poco agraciada y se unió al grupo. Las luces de la base se perdieron de vista pronto y una vez más, Jean-Pierre y Anatoly volaron sobre la cima de las montañas, rumbo al Valle de los Cinco Leones.
Anatoly había hecho milagros. En menos de veinticuatro horas había montado lo que posiblemente fuese la mayor operación de la historia de la guerra de Afganistán, y él se encontraba al frente de las tropas.
Se había pasado casi todo el día anterior hablando por teléfono con Moscú. Tuvo que vencer la burocracia del ejército soviético explicando, primero a sus superiores de la K G B y después a una serie de militares de alta graduación, lo importante que era apresar a Ellis Thaler. Jean-Pierre escuchaba sin comprender el significado de las palabras que se pronunciaban, pero admirado por la precisa combinación de autoridad, calma y urgencia que reflejaba el tono de voz de Anatoly.
Obtuvo el permiso formal a última hora de la tarde y entonces Anatoly tuvo que enfrentarse al desafío de llevarlo a la práctica. Para obtener el número de helicópteros deseado se vio obligado a suplicar favores, a recordar antiguas deudas, y dejó caer amenazas y promesas desde Jalalabad hasta Moscú. Cuando un general de Kabul se negó a entregarle sus aparatos sin una orden por escrito, Anatoly llamó por teléfono a la K G B de Moscú y persuadió a un viejo amigo de que le echara una mirada en secreto a la carpeta privada del general, después de lo cual llamó y lo amenazó con cortarle el suministro de pornografía infantil que le enviaban desde Alemania.
Los soviéticos tenían seiscientos helicópteros en Afganistán. a las cinco de la madrugada quinientos de ellos se encontraban en los hangares de Bagram, a las órdenes de Anatoly.
Jean-Pierre y Anatoly se habían pasado la última hora inclinados sobre mapas, decidiendo la ruta que seguiría cada helicóptero e impartiendo las órdenes necesarias a un sinnúmero de oficiales. Las indicaciones eran precisas, gracias a la minuciosa atención que Anatoly prestaba a los detalles y al íntimo conocimiento del terreno que poseía Jean-Pierre.
Aunque Ellis y Jane no estaban en el pueblo el día anterior cuando Jean-Pierre y Anatoly fueron a buscarlos, era casi seguro que se habían enterado de la incursión y que en ese momento se encontraban ocultos. Sin duda no debían de encontrarse en Banda. Tal vez se alojaran en la mezquita de otro pueblo -los visitantes por lo general dormían en las mezquitas- o, en el caso de que tuvieran la sensación de que los pueblos eran poco seguros, tal vez se hubieran refugiado en algunas de las chozas de piedra construidas para los viajeros que pululaban por los alrededores. Podían encontrarse en cualquier lugar del valle, o bien en alguno de los numerosos y pequeños valles vecinos.
Anatoly cubrió todas esas posibilidades.
Los helicópteros aterrizarían en todos los pueblos del valle y en todos los caseríos de los valles adyacentes. Los pilotos sobrevolarían todos los caminos y senderos. Las tropas, más de mil hombres, tenían instrucciones de revisar todos los edificios, de mirar debajo de los árboles de gran follaje y dentro de las cuevas. Anatoly estaba decidido a no volver a fracasar. Ese mismo día encontrarían a Ellis.
Y a Jane.
El interior del Hind era estrecho y vacío. En la cabina de pasajeros no había más que un banco fijado al fuselaje frente a la puerta. Jean-Pierre lo compartió con Anatoly. Desde allí se veía la cabina del piloto. El asiento del piloto se encontraba a unos setenta centímetros del suelo con un escalón a un lado para acceder a él. Todo el dinero había sido gastado en los armamentos, en la velocidad y la maniobrabilidad del aparato, ahorrando en todo lo que se refiriera a confort.
Mientras volaban hacia el norte, Jean-Pierre cavilaba: Ellis simuló ser mi amigo y trabajó siempre para los norteamericanos. Utilizando esa amistad malogró mi plan para capturar a Masud, con lo cual me destruyó un año de cuidadoso trabajo. Y por fin -pensó Jean-Pierre-, sedujo a mi mujer.
Sus pensamientos empezaron a girar en un círculo que siempre terminaba en esa seducción. Clavó la mirada en la oscuridad, observando las luces de los otros helicópteros e imaginó a los dos amantes, tal como debieron de estar la noche anterior, tendidos sobre una manta, bajo las estrellas en alguna pradera, jugueteando uno con el cuerpo del otro mientras se susurraban palabras tiernas. Se preguntó si Ellis sería bueno en la cama. En una ocasión le preguntó a Jane cuál de los dos era mejor como amante, pero ella contestó que ninguno de los dos era mejor que el otro, que eran simplemente diferentes. ¿Sería eso lo que le dijo también a Ellis? O le habría murmurado: Tú eres el mejor, querido, el mejor de todos. Jean-Pierre empezaba a odiarla también a ella. ¿Cómo podía volver a un hombre que le llevaba nueve años, a un tosco norteamericano, a un espantoso agente de la CÍA?
Jean-Pierre miró a Anatoly. El ruso permanecía inmóvil y con el rostro inexpresivo, como la estatua de piedra de un mandarín chino. Había dormido muy poco durante las cuarenta y ocho horas anteriores, pero no parecía cansado, simplemente obstinado. Jean-Pierre estaba descubriendo una nueva faceta de ese individuo. Durante los encuentros de ambos del último año, Anatoly siempre se mostraba relajado y afable, en cambio ahora estaba tenso, inexpresivo e incansable, obligándose a sí mismo y a sus colegas a trabajar sin descanso. Estaba tranquilo, pero obsesionado.