Con las primeras luces del alba pudieron ver a los demás helicópteros; parecían una enorme nube de abejas gigantescas que se cernía sobre las montañas. En tierra, el rugir de los motores debía resultar ensordecedor.
A medida que se acercaban al valle empezaron a dividirse en grupos más pequeños. Jean-Pierre y Anatoly estaban entre los que se dirigían a Comar, en el extremo norte del valle. Durante el último tramo del trayecto siguieron el cauce del río. La luz cada vez más resplandeciente de la mañana les revelaba pequeñas hileras de gavillas en los campos de trigo; allí, en la parte superior del valle, los bombardeos no habían interrumpido por completo los trabajos de labranza.
Cuando descendieron en Comar tenían el sol de cara. El pueblo estaba constituido por un grupo de casas que se asomaban sobre un pesado muro de la ladera. A Jean-Pierre esto le recordó a los pueblecitos montañeses del sur de Francia y le hizo sentir una punzada de dolor y de necesidad de regresar a su patria. Sería maravilloso volver a su país y oír hablar francés correctamente, y alimentarse de pan fresco y comida sabrosa, ¡o meterse en un taxi e ir al cine!
Cambió de postura en el duro asiento. En ese momento ya le resultaría una maravilla poder bajar del helicóptero. Desde que había recibido ese duro castigo, no dejó nunca de tener algún dolor. Pero peor que el dolor era el recuerdo de la humillación, la manera en que gritó, Y sollozó y suplicó que tuvieran piedad de éclass="underline" cada vez que lo recordaba le daban ganas de esconderse. Necesitaba vengarse de eso. Sentía que jamás podría volver a dormir en paz hasta que no se hubiese desquitado. Y existía solamente una manera de lograrlo. Quería ver a Ellis siendo azotado de la misma manera, por los mismos soldados brutales, hasta que lo hicieran llorar y aullar y pedir clemencia, pero con un refinamiento más: Jane sería testigo de esa escena.
A media tarde, el fracaso volvió a ensombrecer sus ánimos.
Habían revisado todo el pueblo de Comar, los villorrios de los alrededores, todos los valles adyacentes de la zona y cada una de las granjas de las tierras casi estériles al norte del pueblo. Anatoly estaba en constante contacto por radio con los comandantes de las otras escuadrillas. Ellos habían dirigido búsquedas igualmente cuidadosas a lo largo de todo el valle. Encontraron escondrijos de armas en algunas cuevas y casas; había tenido escaramuzas con varios grupos de hombres, presumiblemente guerrilleros, especialmente en las colinas de los alrededores de Saniz, pero esas escaramuzas sólo fueron notables por las bajas mayores a las normales sufridas por los rusos, debidas a los nuevos conocimientos que tenían los guerrilleros con respecto a explosivos. También examinaron a cara descubierta a todas las mujeres veladas y el color de la piel de todos los bebés, y sin embargo no encontraron a Ellis, a Jane ni a Chantal.
Jean-Pierre y Anatoly terminaron en unas caballerizas situadas en las colinas que rodeaban Comar. El lugar no tenía nombre: estaba formado por algunas casas de piedra desnuda y por un campo polvoriento donde caballos flacos se alimentaban de la escasa hierba. El único habitante de sexo masculino era, por lo visto, el comerciante de caballos, un hombre descalzo que usaba una larga camisa y una capucha para mantener alejadas a las moscas. También había un par de mujeres jóvenes y un puñado de niños atemorizados. No cabía duda de que los hombres jóvenes eran guerrilleros y que se habían alejado a alguna parte en compañía de Masud. No tardaron mucho en registrar el villorrio. Cuando terminaron, Anatoly se sentó en el suelo polvoriento con la espalda apoyada contra la pared de piedra y con aspecto pensativo. Jean-Pierre se instaló a su lado.
Más allá de las colinas podía distinguir el distante pico blanco de Mesmer, de casi seis mil metros de altura, que en otras épocas atraía a los alpinistas europeos.
– Intenta conseguir un poco de té -pidió Anatoly.
Jean-Pierre miró a su alrededor y vio al viejo de la capucha que andaba dando vueltas por ahí.
– ¡Prepara té! -le pidió en dar¡. El hombre se alejó presuroso. Instantes después, Jean-Pierre lo oyó gritarles a las mujeres-. Ya viene el té -le anunció a Anatoly en francés.
Los hombres de Anatoly, al ver que permanecerían allí un rato, pararon los motores de sus helicópteros y se sentaron en el suelo a esperar pacientemente.
Anatoly clavó la mirada en la distancia. Una expresión de cansancio asomó en su cara achatada.
– Tenemos problemas -anunció.
A Jean-Pierre le pareció de mal agüero que hubiese utilizado el plural.
– En nuestra profesión -continuó diciendo Anatoly-, lo inteligente es minimizar la importancia de una misión hasta que uno está seguro del éxito; llegado a ese punto hay que empezar a exagerarla. En este caso, yo no pude actuar de esa manera. A fin de poder asegurarme el uso de quinientos helicópteros y de mil hombres, tuve que persuadir a mis superiores de la sobrecogedora importancia que tendría la captura de Ellis Thaler. Tuve que explicarles con mucha claridad los problemas que tendríamos si él llegara a escapar. Y logré convencerlos. Y la furia que les dará que yo no lo aprese, será ahora tanto mayor. Tu futuro, por supuesto, está unido al mío.
Hasta ese momento, Jean-Pierre no había pensado de esa manera.
– ¿Qué medidas tomarán?
– Mi carrera simplemente llegará a su fin. Seguiré recibiendo el mismo sueldo, pero perderé todos los privilegios. No más whisky escocés, no más Rive Gauche para mi esposa, no más vacaciones familiares en el mar Negro, no más vaqueros norteamericanos y discos de los Rolling Stone para mis hijos, pero yo podría vivir sin todas esas cosas. Lo que me resultaría imposible de soportar sería el aburrimiento de la clase de trabajo que en mi profesión se les encarga a los fracasados. Me enviarían a alguna pequeña ciudad del Lejano Oriente donde no hubiera ninguna tarea de seguridad para llevar a cabo. Yo sé cómo pasan su tiempo y justifican su existencia nuestros hombres en lugares así. Es necesario congraciarse con gente medianamente descontenta, conseguir que confíen en uno y asentarlos para que hagan comentarios críticos con respecto al gobierno y al Partido, después arrestarlos por subversión. Es una pérdida tan grande de tiempo…
Se dio cuenta de que estaba divagando y se interrumpió.
– ¿Y yo? -preguntó Jean-Pierre-. ¿Qué me sucederá a mí?
– Te convertirás en un don nadie -contestó Anatoly-. Ya no seguirás trabajando para nosotros. Tal vez te permitan quedarte en Moscú, pero lo más probable es que te manden de vuelta a París.
– Si Ellis llega a escapar, no podré volver nunca a Francia, me matarían.
– En Francia no has cometido ningún crimen.
– Mi padre tampoco, y sin embargo lo mataron.
– Tal vez puedas instalarte en algún país neutral, como Nicaragua o Egipto.
– ¡Mierda!
– Pero no perdamos las esperanzas -agregó Anatoly, algo más animado-. Es imposible que la gente se esfume en el aire. Nuestros fugitivos están en alguna parte.
– Si no los podemos encontrar con mil hombres, supongo que tampoco los encontraremos con diez mil -exclamó Jean-Pierre, con pesimismo.
– No hablemos de diez mil, porque ni siquiera contamos con mil -recordó Anatoly-. De ahora en adelante tendremos que recurrir a nuestra inteligencia y a un mínimo de recursos. Hemos gastado todo el crédito que teníamos. Intentemos lograrlo por un camino distinto. Piensa: alguien tiene que haberlos ayudado a ocultarse. Eso significa que alguien sabe dónde están.
Jean-Pierre lo meditó.
– Si alguien los ayudó, probablemente fueron los guerrilleros, la gente menos indicada para que pretendamos que hablen con nosotros.
– Pero otros pueden estar enterados.
Tal vez. ¿Pero crees que lo dirían?
– Nuestros fugitivos deben de tener algún enemigo -insistió Anatoly.
Jean-Pierre hizo un movimiento negativo con la cabeza. -Ellis no ha estado aquí el tiempo suficiente como para granjearse enemigos y Jane es una heroína, la tratan como si fuera Juana de Arco. Nadie le tiene antipatía, John!
Mientras hablaba se dio cuenta de que eso no era cierto. -¿Y bien?
– ¡El mullah!
– ¡Aaah!
– De alguna manera, ella ha conseguido irritarlo más allá de toda lógica. En parte se debe a que sus curaciones fueron más eficaces que las de él, pero no se trata solamente de eso, porque las mías también lo eran y a mí nunca me tuvo una particular antipatía.
– Es probable que la considerara una prostituta occidental.
– ¿Cómo lo adivinaste?
– Porque sucede siempre. ¿Y dónde vive ese mullah?
– Abdullah vive en Banda, en una casa en las afueras del pueblo, más o menos a medio kilómetro del centro.
– ¿Crees que hablará?
– Es posible que odie a Jane lo suficiente como para denunciarla -contestó Jean-Pierre, reflexivamente-. Pero no lo podría hacer a la vista de nadie. Es imposible que aterricemos en el pueblo y lo recojamos, todo el mundo se enteraría de lo sucedido y él cerraría la boca. Yo tendría que buscar la manera de encontrarme con él en secreto, – Jean-Pierre se preguntó qué clase de peligros correría si continuaba pensando de esa manera. Pero en seguida recordó la humillación que había sufrido: la venganza bien valía correr cualquier riesgo-. Si me dejas cerca del pueblo, podría acercarme al sendero que corre entre el caserío y la casa del mullah y ocultarme allí hasta que él pase.
– ¿Y si él llegara a no pasar en todo el día? -Sí…
– No tendremos más remedio que asegurarnos de que pase -Anatoly frunció el entrecejo-. Obligaremos a todos los pobladores a reunirse en la mezquita, lo mismo que hicimos la vez pasada, y después los dejaremos en libertad. Abdullah sin duda regresará a su casa.
– Pero ¿estará solo?
– Hum… Supongamos que dejemos ir antes a las mujeres y les ordenemos regresar a sus casas. Después, cuando los hombres queden en libertad, todos querrán saber el paradero de sus esposas. ¿Vive alguien más cerca de Abdullah?