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Ellis y Mohammed cargaron a la yegua y la colocaron de cara a la dirección indicada. Ese día sería más duro que el anterior. Tenían que cruzar la cadena montañosa que durante siglos había mantenido a Nuristán bastante aislado del mundo. Subirían hasta el paso de Aryu, a cuatro mil doscientos metros de altura. Durante gran parte del trayecto tendrían que luchar contra la nieve y el hielo. Esperaban poder llegar hasta el pueblo Muristaní de Linar que quedaba a sólo quince kilómetros en línea recta y a vuelo de pájaro, pero se podrían dar por satisfechos si llegaban allí a última hora de la tarde.

Cuando partieron, había un sol radiante, pero soplaba un aire frío. Jane se puso medias de lana, guantes y un suéter engrasado debajo de la chaqueta de piel. Llevaba a Chantal en el cabestrillo, colocada entre el suéter y la chaqueta. Dejó sin abrochar los botones superiores para que le entrara aire.

Abandonaron la pradera y remontaron el cauce del río Aryu y de inmediato el paisaje se volvió nuevamente duro y hostil. Los helados riscos aparecían desnudos de toda vegetación. En una ocasión Jane divisó, a la distancia, las tiendas de un grupo de nómadas sobre la ladera de la montaña y no supo si alegrarse de encontrar otros seres humanos por las cercanía o si temerles. El único otro ser viviente que vio fue un buitre que planeaba en el aire gélido.

No había ningún sendero a la vista. Jane se alegró inmensamente de tener a Mohammed con ellos. Al principio él siguió el cauce del río, pero cuando se hizo más estrecho y desapareció, siguió adelante con total confianza. Jane le preguntó cómo reconocía el camino y Mohammed le explicó que de vez en cuando el sendero estaba marcado por un montón de piedras. Ella no las había notado hasta que él se las señaló.

Pronto vieron una pequeña capa de nieve sobre el suelo y Jane sintió frío en los pies a pesar de las botas y de las medias de lana.

Por increíble que fuese, Chantal durmió casi todo el tiempo. Cada dos horas se detenían unos minutos para descansar y Jane aprovechaba para amamantarla haciendo gestos de dolor al exponer sus tiernos pechos al aire congelado. Le comentó a Ellis que opinaba que Chantal se estaba portando notablemente bien.

– ¡Increíblemente bien! -exclamó él.

A mediodía, y ya con el paso de Aryu a la vista, se detuvieron para tomarse un merecido descanso de media hora. Jane estaba ya agotada y le dolía terriblemente la espalda. También tenía un hambre espantosa y devoró la torta de moras y nueces que constituía el almuerzo de ese día.

El camino hacia el paso era terriblemente atemorizante. Al observar esa subida a pico, Jane se amilanó. Creo que me quedaré aquí sentada un ratito más, pensó; pero hacía mucho frío y empezó a temblar. Ellis lo notó y se puso en pie.

– Sigamos antes de quedar aquí congelados -propuso con voz animosa, y Jane pensó: ojalá no fueses tan malditamente optimista.

Consiguió levantarse gracias a un esfuerzo de voluntad.

– Deja que yo lleve a Chantal -pidió Ellis.

Jane, agradecida, le entregó la pequeña. Mohammed abría la marcha tirando de las riendas de Maggie. A pesar del cansancio, Jane se obligó a seguirlos. Ellis iba a la retaguardia.

La cuesta era muy inclinada y el terreno estaba resbaladizo por la nieve. Después de algunos minutos de marcha, Jane se sintió más fatigada que antes de detenerse a descansar. Mientras avanzaba tropezando, jadeando y dolorida, recordó haberle dicho a Ellis: Supongo que tengo más posibilidades de salir de aquí contigo que huir sola de Siberia. Tal vez las dos cosas eran imposibles -pensó en ese momento-. Nunca imaginé que esto iba a ser así. Pero en seguida se retractó. Por supuesto que lo sabías, -se dijo para sus adentros-, y te consta que el camino empeorará en lugar de mejorar. ¡Deja de compadecerte, criatura patética! En ese momento resbaló sobre una roca helada y cayó de costado. Ellis, que caminaba justo detrás de ella, la sostuvo del brazo y la ayudó a enderezarse. Jane se dio cuenta de que él la observaba cuidadosamente y se sintió invadida por una oleada de ternura. Ellis la quería de una manera que Jean-Pierre jamás la quiso. Jean-Pierre hubiese seguido caminando adelante, partiendo de la base de que sí ella necesitaba ayuda, la pediría. Y si ella se hubiera quejado por esa actitud le habría preguntado si quería o no ser tratada de igual a igual.

Ya casi habían llegado a la cumbre. Jane se inclinó hacia delante para trepar los últimos metros pensando: un poquito más, sólo un poquito más. Se sentía mareada. Frente a ella, Maggie patinó sobre las rocas sueltas y después recorrió al trote los últimos metros, obligando a Mohammed a correr a su lado. Jane la siguió, contando los pasos.

Por fin llegó a terreno llano. Se detuvo. La cabeza le daba vueltas. Ellis la rodeó con un brazo y ella cerró los ojos y se apoyó contra él.

– De ahora en adelante, durante todo el día el camino será descendente -la animó.

Ella abrió los ojos. jamás había imaginado un paisaje tan crueclass="underline" nada más que nieve, viento, montañas y soledad, indefinidamente.

– ¡Qué lugar tan olvidado de la mano de Dios es éste! -comentó.

Se quedaron contemplando el panorama durante un minuto.

– Tenemos que seguir adelante -dijo Ellis.

Prosiguieron la marcha. La bajada era aún más inclinada. Mohammed, que durante todo el ascenso había tenido que tirar de las riendas de Maggie, ahora se colgó de la cola de la yegua para actuar como freno e impedir que resbalara y cayera descontroladamente por la cuesta. Los mojones de piedra eran difíciles de descubrir por la nieve que los cubría, pero Mohammed no vacilaba con respecto al camino a seguir. Jane pensó que tendría que ofrecerse a llevar a Chantal para darle un respiro a Ellis, pero sabía que no le sería posible hacerlo.

A medida que iban bajando, la nieve era cada vez menos espesa, hasta que por fin desapareció y el sendero quedó a la vista. Jane oía constantemente un extraño sonido sibilante, y en un momento encontró la energía necesaria para preguntarle a Mohammed qué era. El le contestó con una palabra en dar! que ella desconocía. A su vez, él no conocía el equivalente en francés. Por fin señaló algo y Jane percibió un animalito parecido a una ardilla que huía por el sendero: una marmota. Después vio varias más y se preguntó de qué se alimentarían a esas alturas.

Pronto se encontraron caminando junto a otro arroyo, ahora aguas abajo, y las interminables rocas grises y blancas dieron paso a una hierba reseca y a algunos arbustos rastreros que crecían cerca del cauce del arroyo; pero el viento todavía azotaba el lugar y penetraba a través de la ropa de Jane como una aguja de hielo.

Así como la subida había ido poniéndose cada vez peor, la bajada fue cada vez más fáciclass="underline" el sendero más suave, el aire más tibio y el paisaje más amistoso. Jane continuaba extenuada, pero ya no se sentía oprimida y con el ánimo decaído. Después de unos tres kilómetros de marcha, llegaron al primer pueblo de Nuristán. Los hombres usaban gruesos suéteres sin mangas con llamativos dibujos blancos y negros, y hablaban un lenguaje autóctono que Mohammed apenas entendía. A pesar de todo, consiguió comprar pan con parte del dinero afgano que tenía Ellis.

Jane se sintió tentada a rogarle a Ellis que se detuvieran allí a pasar la noche, porque tenía un cansancio atroz, pero todavía les quedaban varias horas de luz y habían decidido llegar a Linar antes de la noche, así que se mordió la lengua y se obligó a seguir caminando.

Para su inmenso alivio, los seis o siete kilómetros siguientes fueron más fáciles y llegaron a destino antes de la caída de la noche. Jane se desmoronó en tierra, debajo de una enorme morera, y simplemente se quedó quieta durante un rato. Mohammed encendió una fogata y empezó a preparar té.

De alguna manera Mohammed se las arregló para comunicar a los pobladores que Jane era una enfermera occidental y más tarde, mientras ella alimentaba y cambiaba a Chantal, un pequeño grupo de parientes se reunió a respetuosa distancia. Jane hizo acopio de las energías que le quedaban y los examinó. Encontró las habituales heridas infectadas, par sitos intestinales y problemas bronquiales, pero allí había menos niños mal alimentados que en el Valle de los Cinco Leones, presumiblemente porque la guerra no había afectado demasiado a ese lugar tan remoto.

Como resultado del improvisado consultorio, Mohammed consiguió un pollo que cocinó en la sartén. Jane hubiese preferido dormir, pero se obligó a esperar que estuviese lista la comida, que devoró una vez preparada. El pollo era duro e insulso, pero ella no recordaba haber tenido jamás tanta hambre.

A Ellis y a Jane les cedieron un cuarto en una de las casas del pueblo. Había un colchón para ellos y una tosca cuna de madera para Chantal. Unieron los sacos de dormir e hicieron el amor con una ternura plena de cansancio. Jane disfrutó casi tanto del calor y del hecho de estar acostada como del sexo. Después, Ellis se quedó dormido. Jane permaneció despierta durante unos minutos. En ese momento en que se sentía relajada, los músculos parecían dolerle más. Pensó en lo que sería acostarse en la cama verdadera de un dormitorio cualquiera, con las luces de la calle filtrándose a través de las cortinas de las ventanas y oír fuera puertas de coches que se cerraban, y tener un baño con inodoro y agua corriente, y un grifo de agua caliente, y que en la esquina hubiera una farmacia donde se pudiera comprar algodón, pañales desechables y champú infantil. Hemos logrado escapar de los rusos -pensó mientras se quedaba dormida-, tal vez consigamos llegar a casa. Tal vez lo logremos.

Jane despertó al mismo tiempo que Ellis, presintiendo la súbita tensión de su amante. El permaneció rígido a su lado durante un instante, sin respirar, escuchando el ladrido de dos perros. Después se levantó de la cama de un salto.

La habitación estaba oscura como boca de lobo. Jane oyó el sonido de un fósforo que se encendía y en seguida vio titilar la llama de una vela en un rincón. Miró a Chantaclass="underline" la pequeña dormía pacíficamente.