Pero entonces, al doblar el siguiente recodo divisaron el pueblo.
Era un paisaje sorprendente y agradable a la vez: las casitas de madera se encontraban diseminadas por la abrupta ladera de la montaña como chicos subidos unos sobre las espaldas de los otros y daban la impresión de que si una de las casas de abajo se desmoronaba, todo el pueblo caería por la ladera para ir a parar al río.
En cuanto llegaron a la primera casa, Jane simplemente se detuvo y se dejó caer al suelo. Le dolían todos los músculos del cuerpo y apenas tuvo fuerzas para recibir a Chantal de los brazos de Ellis, quien se sentó a su lado con una rapidez que demostraba que él también estaba agotado. Un rostro curioso se asomó de la casa y Halam de inmediato empezó a hablar con la mujer, sin duda contándole todo lo que sabía acerca de Jane y Ellis. Mohammed condujo a Maggie hacia un lugar donde pudiera pastar junto al río y después volvió y se instaló al lado de Ellis.
– Debemos comprar pan y té -indicó.
Jane pensó que todos necesitaban una comida más sustancial.
– ¿Y el pescado? -preguntó.
– Tardaríamos demasiado en limpiarlo y cocinarle. Lo guardaremos para esta noche. No quiero quedarme aquí más de media hora.
– Está bien -contestó Jane, aunque no estaba segura de poder seguir caminando después de sólo media hora de descanso.
Tal vez un poco de comida consiga revivirme, pensó.
Halam los llamó. Jane levantó la mirada y vio que les hacía señas. La mujer hacía lo mismo, los estaba invitando a entrar en la casa. Ellis y Mohammed se pusieron en pie. Jane depositó a Chantal en el suelo, se levantó y después se inclinó para levantar a su hijita. De repente se le nubló la vista y perdió el equilibrio. Durante un instante luchó contra lo que le estaba sucediendo: sólo distinguía la carita de Chantal rodeada por una especie de niebla. Entonces se le doblaron las rodillas y cayó al suelo en medio de una oscuridad total.
Al abrir los ojos vio un grupo de rostros ansiosos que la observaban: Ellis, Mohammed, Halam y la mujer.
– ¿Cómo te sientes? -preguntó Ellis.
– Atontada -contestó-. ¿Qué me pasó?
– Te desmayaste.
Ella se sentó muy erguida.
– Ya estoy bien.
– No -contestó Ellis-. Hoy ya no podrás seguir caminando. La cabeza de Jane se iba aclarando. Sabía que Ellis tenía razón. Su cuerpo ya no daba más de sí y ningún esfuerzo de voluntad podría modificar ese hecho. Empezó a hablar en francés para que Mohammed le entendiera.
– Pero los rusos sin duda llegarán hoy aquí.
Tendremos que ocultarnos -decidió Ellis.
– Mira esa gente. ¿Los crees capaces de guardar un secreto? -preguntó Mohammed.
Jane miró a Halam y a la mujer. Los observaban y estaban pendientes de la conversación, aunque no pudieran comprender una sola palabra de lo que se decía. La llegada de extranjeros era probablemente el acontecimiento más excitante del año. En pocos minutos, el pueblo entero estaría allí. Estudió a Halam. Decirle que no hablara sería lo mismo que decirle a un perro que no ladrara. Al anochecer, el escondrijo que eligieran sería conocido por todo Nuristán. ¿Sería posible alejarse de esa gente y llegar a un valle lateral sin que nadie los observara? Tal vez. Pero no podrían vivir indefinidamente sin la ayuda de los pobladores locales, en algún momento se les acabaría la comida y eso sería más o menos cuando los rusos se dieran cuenta de que ellos habían detenido la marcha y empezaran a buscarlos por los bosques y los desfiladeros. Ellis tenía razón al asegurar que la única esperanza que les quedaba era llevarles la delantera a sus perseguidores.
Mohammed aspiró profundamente el humo de su cigarrillo, con aspecto pensativo.
– Tú y yo tendremos que seguir y no habrá más remedio que dejar a Jane atrás.
– ¡No! -contestó Ellis, tajante.
– El papel que tienes en tu poder, con la firma de Masud, Kamil y Azizi es más importante que la vida de cualquiera de nosotros. Representa el futuro de Afganistán, la libertad por la que murió mi hijo.
Jane comprendió que Ellis tendría que seguir adelante solo. Por lo menos él podría salvarse. Se avergonzó de sí misma por la terrible desesperación que le causaba el solo pensamiento de perderle. Debería estar tratando de imaginar la forma de ayudarlo, en lugar de preguntarse cómo hacer para mantenerlo a su lado. De repente se le ocurrió una idea.
– Yo podría engañar a los rusos -explicó-. Podría dejar que me capturaran y luego, después de dar muestras de gran renuencia, podría suministrarle a Jean-Pierre toda clase de informaciones falsas con respecto al camino que habéis tomado y la forma en que viajáis, Si consiguiera encaminarlo en una dirección completamente equivocada, es posible que pudierais ganar varios días de ventaja, ¡los necesarios para salir sanos y salvos del país!
Empezó a entusiasmarse con la idea, a pesar de que en el fondo de su corazón pensaba: ",¡No me dejéis! ¡Por favor, no me dejéis!
Mohammed miró a Ellis.
– Es la única solución, Ellis -aseguró.
– ¡Olvídala! -contestó Ellis -. No estoy dispuesto a aceptarla.
– Pero, Ellis…
– ¡No la voy a aceptar! -repitió Ellis-. ¡Olvídala!
Mohammed decidió callar.
– Entonces, ¿qué vamos a hacer? -preguntó Jane.
– Los rusos no nos alcanzarán hoy -contestó Ellis-. Todavía les llevamos cierta ventaja, porque esta mañana nos levantamos muy temprano. Esta noche nos quedaremos aquí, y mañana volveremos a salir temprano. Recordad que nada termina hasta que realmente se acaba del todo. Puede suceder cualquier cosa. Hasta es posible que en Moscú alguien decida que Anatoly se ha vuelto loco y ordene suspender la búsqueda.
– ¡No digas imbecilidades! -comentó Jane en inglés; pero contra toda razón y coherencia, interiormente se alegraba de que él se hubiese negado a seguir solo.
– A mí se me ocurre otra alternativa -dijo Mohammed-. Seré yo el que regrese a confundir a los rusos.
El corazón de Jane dio un respingo dentro del pecho. ¿Sería posible?
– ¿Cómo? -preguntó Ellis.
– Me ofreceré como guía intérprete y los conduciré hacia el sur del valle Nuristán, alejándolos de vosotros hasta llegar al lago Mundol.
A Jane se le ocurrió un inconveniente, y se volvió a deprimir.
– Pero ya deben de tener un guía -objetó.
– Tal vez sea un hombre del Valle de los Cinco Leones que se haya visto forzado a ayudar a los rusos contra su voluntad. En ese caso, hablaré con él y arreglaré las cosas.
– ¿Y si se negara a ayudarte?
Mohammed lo consideró.
– Entonces no será un buen hombre que se ha visto obligado a ayudarlos, sino un traidor que colabora voluntariamente con el enemigo para obtener alguna ganancia personal; en ese caso, lo mataré.
– No quiero que nadie muera por mi causa -contestó Jane con rapidez.
– No sería por ti -aclaró Ellis en tono duro-. Sería por causa mía. Yo soy el que me he negado a seguir sin ti.
Jane calló.
Ellis pensaba en cosas prácticas.
– No estás vestido como los habitantes de Nuristán -hizo notar a Mohammed.
– Intercambiaré de ropa con Halam.
– Tampoco hablas bien el idioma local.
– En Nuristán se hablan muchos dialectos. Simularé que procedo de una zona donde el dialecto es distinto. De todos modos, los rusos no hablan ninguno de esos idiomas, así que tampoco se enterarán.
– ¿Y qué harás con tu arma?
Mohammed lo pensó durante unos instantes. -¿Me darías tu bolsa?
– Es demasiado pequeña.
– Mi Kalashnikov tiene la culata plegable.
– Por supuesto que puedes tomar la bolsa -dijo Ellis.
Jane se preguntó si no despertaría sospechas, pero decidió que no. Las bolsas de los afganos eran tan extrañas y variadas como sus ropas. Pero de todos modos, tarde o temprano, Mohammed despertaría sin duda sospechas.
– ¿Qué sucederá cuando finalmente se den cuenta de que los has guiado por un rumbo equivocado?
– Antes de que eso suceda, me escaparé en medio de la noche, dejándolos en algún lugar ignoto.
– Es terriblemente peligroso dijo Jane.
Mohammed trató de adoptar una actitud de heroica despreocupación. Lo mismo que la mayoría de los guerrilleros, era genuinamente valiente, pero también ridículamente vanidoso.
– Si calculas mal el tiempo y sospechan de ti antes de que decidas abandonarlos, te torturarán para averiguar qué camino tomamos.
– Jamás se apoderarán de mí con vida -aseguró Mohammed. Jane le creyó.
– Pero nosotros nos quedaremos sin guía -objetó Ellis.
– Yo os encontraré otro. -Mohammed se volvió hacia Halam con quien inició una rápida conversación en múltiples idiomas. Jane sacó en conclusión que Mohammed se proponía contratar a Halam como guía. A ella el muchacho no le gustaba -era demasiado buen vendedor para resultar enteramente confiable-, pero obviamente se trataba de un viajante, de manera que la elección era natural. La mayoría de los pobladores locales posiblemente nunca se habrían aventurado a alejarse de los límites de su propio valle.
– Dice que conoce el camino -explicó Mohammed, ahora en francés. Al oír las palabras dice que Jane sintió una punzada de ansiedad-. Os llevará hasta Kantiwar y allí encontrará otro guía para que os conduzca hasta el próximo paso, y seguirán procediendo así hasta llegar a Pakistán. Os cobrará cinco mil afganíes.
– Me parece bastante justo, pero ¿cuántos guías más tendremos que contratar a ese precio hasta llegar a Chitral?
– Cinco o seis, tal vez -contestó Mohammed.
Ellis movió la cabeza.
– No tenemos treinta mil afganíes. Y además, será necesario comprar comida.
– Tendréis que obtener la comida atendiendo enfermos -explicó Mohammed-. Y una vez que lleguéis a Pakistán, el camino es más fácil. Tal vez en los últimos tramos ni siquiera necesitéis guías.
Ellis se mostraba dubitativo.
– ¿Qué piensas? -le preguntó a Jane.
– Te queda otra alternativa -contestó ella-. Puedes continuar sin mí.
– ¡No! -exclamó él-. Esa no es una alternativa. Seguiremos juntos.