– Es evidente que aquí no han visto demasiada acción guerrera.
¿Realmente lo matasteis vosotros?
– Lo averiguaré. -Anatoly habló con los soldados. Varios de ellos contestaron al mismo tiempo, en un tono animado- nosotros no lo matamos -tradujo Anatoly-.
– Entonces, me pregunto: ¿quién habrá sido? ¿Te parece posible que los pobladores asesinen a nuestros guías por colaborar con el enemigo?
– No -contestó Anatoly-. Si odiaran a los que colaboran no estarían haciendo tanto escándalo porque uno de ellos ha sido asesinado. Asegúrales que somos inocentes, Tranquilízalos.
Jean-Pierre habló con el anciano tuerto.
– Los extranjeros no mataron a este hombre. Y quieren saber quién asesinó a su guía.
El tuerto tradujo sus palabras y los pobladores reaccionaron con consternación.
Anatoly estaba pensativo.
– Quizás el desaparecido Mohammed halla dado muerte a este hombre para que lo empleáramos a él como guía.
– ¿Les pagáis mucho? -preguntó Jean-Pierre.
– Lo dudo. – Anatoly se lo preguntó a un sargento y tradujo la respuesta-. Quinientos afganos por día.
– Es un buen sueldo para un afgano, pero dudo que lo sea tanto como para asesinar a alguien, Aunque aseguran que un nuristaní es capaz de matarte por tus sandalias, siempre que sean nuevas.
– Pregúntales si saben dónde está Mohammed.
Jean-Pierre lo preguntó. Hubo algunas discusiones, la mayoría de los pobladores hacían movimientos negativos con la cabeza, pero un hombre alzó su voz por encima de los demás mientras señalaba insistiendo hacia el norte. Al rato, el tuerto se dirigió a Jean-Pierre.
– abandonó el pueblo esta mañana muy temprano. Abdul lo vio dirigirse al norte.
– ¿Se fue antes o después de que trajeran este cuerpo?
– Antes.
Jean-Pierre se lo tradujo a Anatoly y agregó:
– Me pregunto por qué se habrá ido, entonces.
– Actuó como si fuese culpable de algo.
– Debe de haberse puesto en marcha inmediatamente después de hablar contigo esta mañana. Parece casi como si se hubiese ido porque llegué yo.
Anatoly asintió pensativo.
– Cualquiera que sea la explicación, creo que él sabe algo que nosotros ignoramos. Será mejor seguirlo, no importa si perdemos un poquito de tiempo, De todas maneras nos sobra.
– ¿Cuánto hace que hablaste con él?
Anatoly miró su reloj.
– Hace poco más de una hora.
– Entonces no puede estar muy lejos.
– Así es. Anatoly se volvió y dio una serie de órdenes rápidas.
De repente los soldados quedaron como galvanizados, dos de ellos se apoderaron del tuerto y se lo llevaron al campo. Otro corrió hacia los helicópteros. Anatoly tomó el brazo de Jean-Pierre y ambos caminaron ágilmente detrás de los soldados.
– Llevaremos al tuerto por si necesitamos un intérprete -explicó Anatoly.
Cuando llegaron al campo de aterrizaje, los motores de los dos helicópteros ya estaban en marcha. Anatoly y Jean-Pierre subieron a uno de ellos. El tuerto ya estaba dentro, con un aspecto a la vez emocionado y aterrorizado. Contará la historia de ese día durante el resto de su vida, pensó Jean-Pierre.
Pocos instantes después se encontraban en el aire. Tanto Anatoly como Jean-Pierre permanecieron de pie junto a la puerta abierta, mirando hacia abajo. Un sendero bien definido y claramente visible iba del pueblo hasta la cima del monte y después desaparecía entre los árboles. Anatoly habló por la radio del piloto y después le tradujo sus palabras a Jean-Pierre.
– He enviado a algunos soldados a revisar esos bosques, por si hubiera decidido ocultarse allí.
Jean-Pierre pensó que sin duda el prófugo ya habría llegado más lejos, pero Anatoly se mostraba cauteloso como siempre.
Volaron paralelos al río durante Aproximadamente un kilómetro y medio y entonces llegaron a la desembocadura del Linar. ¿Habría continuado Mohammed su camino valle arriba hacia el frío corazón de Nuristán, o habría doblado hacia el este, rumbo al valle de Linar y encaminándose hacia el de los Cinco Leones?
– ¿De dónde procedía Mohammed? -preguntó Jean-Pierre al tuerto.
– No lo sé -contestó el hombre-. Pero era un tadjik.
Eso significaba que era más probable que fuese del valle de Linar que del Nuristán. Jean-Pierre se lo explicó a Anatoly y el ruso indicó al piloto que doblara a la izquierda y siguiera el curso del Linar.
Esa era una prueba concluyente de los motivos que impidieron que la búsqueda de Ellis y Jane se efectuara en helicóptero, pensó Jean-Pierre. Mohammed no les llevaba más que una hora de ventaja y era probable que ya le hubieran perdido la pista. Cuando los fugitivos les llevaban un día entero de ventaja, como en el caso de Ellis y Jane, existía un número mucho mayor de rutas alternativas y de lugares donde ocultarse.
Si había un sendero a lo largo del valle de Linar, no era visible desde el aire. El piloto del helicóptero simplemente seguía el curso del río. Las laderas de la montaña estaban desnudas de vegetación, pero aún no estaban cubiertas de nieve, de manera que si el fugitivo se encontraba allí, no tendría dónde esconderse.
Lo vieron algunos minutos más tarde.
Sus blancos ropajes y su turbante se destacaban claramente contra el tono pardo grisáceo del suelo. Caminaba a lo largo de la cima del risco con el paso parejo e incansable de los viajeros afganos y con sus posesiones en una bolsa que llevaba colgada del hombro. Cuando oyó el ruido del helicóptero se detuvo y los miró. Después siguió caminando.
– ¿Es ése? -preguntó Jean-Pierre.
– Creo que sí -contestó Anatoly-. Pronto lo sabremos. Tomó los auriculares del piloto y habló con el otro helicóptero. El aparato se adelantó, pasó por encima del caminante y se posó en tierra unos metros delante de él. El guía se acercó despreocupadamente al helicóptero.
– ¿Por qué no aterrizamos también nosotros? -preguntó Jean-Pierre a Anatoly.
– Simplemente por precaución. Por simple precaución.
La puerta lateral del otro helicóptero se abrió y seis soldados saltaron a tierra. El hombre de blanco se les acercó mientras descolgaba la bolsa que llevaba al hombro. Era una bolsa larga, parecida a las militares, y al verla a Jean-Pierre le resultó familiar, pero antes de que pudiera saber qué le recordaba, Mohammed alzó la bolsa y apuntó a los soldados con ella y Jean-Pierre comprendió lo que iba a hacer y abrió la boca para gritar una inútil advertencia.
Era como tratar de gritar en medio de un sueño, o de correr debajo del agua: los acontecimientos se movían lentamente, pero él se movía aún con mayor lentitud. Antes de encontrar las palabras, vio que de la bolsa surgía el cañón de una ametralladora.
El sonido de los disparos fue ahogado por el ruido de los motores de los helicópteros, que producían la extraña impresión de que todo acontecía en medio de un silencio mortal. Uno de los soldados rusos se aferró el vientre y cayó hacia delante; otro, alzó los brazos y cayó hacia atrás; y el rostro de un tercero explotó, convertido en una masa de sangre y carne. Los otros tres alzaron sus armas. Uno murió antes de poder apretar el gatillo, pero los otros dos dispararon una lluvia de balas mientras Anatoly gritaba Niet! Niet! Niet! en el micrófono de la radio. El cuerpo de Mohammed se elevó y fue arrojado hacia atrás, cayendo al suelo convertido en una masa sanguinolenta.
Anatoly seguía gritando furiosamente por la radio. El helicóptero descendió a toda velocidad. Jean-Pierre estaba temblando de excitación. El hecho de presenciar la batalla le había causado el mismo efecto que la cocaína, produciéndole ganas de reír, tener una relación sexual, o correr o bailar. Se le cruzó un pensamiento por la cabeza: ¡Antes yo quería curar a la gente!
El helicóptero aterrizó. Anatoly se arrancó los auriculares de un tirón.
– Ahora nunca sabremos por qué degolló a ese guía -dijo disgustado.
Saltó a tierra y Jean-Pierre lo siguió.
Se acercaron al afgano muerto. La parte delantera de su cuerpo estaba convertida en una masa de carne destrozada y la mayor parte de su rostro había desaparecido. Sin embargo, Anatoly aseguró:
– Estoy seguro de que se trata del guía. Tiene la misma altura, idéntico colorido y reconozco su bolsa. -Se inclinó y recogió la ametralladora con cuidado-. Pero, ¿por que tendría en su poder una ametralladora?
De la bolsa cayó al suelo un trozo de papel. Jean-Pierre lo recogió y lo miró. Era una fotografía Polaroid de Mousa.
– ¡Dios mío! -exclamó el francés-. ¡Creo que comprendo todo esto!
– ¿Qué? -preguntó Anatoly-. ¿Qué es lo que comprendes?
– El muerto era un poblador del Valle de los Cinco Leones -explicó Jean-Pierre-. Uno de los principales lugartenientes de Masud. Esta es una fotografía de su hijo, Mousa. La hizo Jane. También reconozco la bolsa donde ocultaba la ametralladora. Era de Ellis.
– ¿Y qué? -preguntó Anatoly con impaciencia-. ¿Qué conclusiones sacas de todo eso?
El cerebro de Jean-Pierre trabajaba a una velocidad sin precedentes, y sacaba conclusiones mucho más rápido que sus posibilidades de expresarlas con palabras.
– Mohammed mató a tu guía para poder ocupar su lugar -empezó diciendo-. Tú no tenías ninguna manera de saber que no era lo que simulaba. Los pobladores de Nuristán sabían que no era uno de ellos, por supuesto, pero eso no tenía importancia. Primero porque ignoraban que se hacía pasar por alguien de su misma nacionalidad. Y segundo porque aún cuando lo supieran no te lo podían decir porque él también era tu intérprete. En realidad sólo existía una persona que podía descubrirlo…
– Tú -concluyó Anatoly-. Porque lo conocías.
– Mohammed era consciente de ese peligro y estaba en guardia por si yo llegaba. Por eso esta mañana te preguntó quién había llegado anoche en el helicóptero, después de la puesta del sol. Tú le diste mi nombre. Y él se fue en seguida. – Jean-Pierre frunció el entrecejo. Había algo que le parecía incongruente-. Pero, ¿por qué permaneció en campo abierto? Pudo haberse ocultado en el bosque o en alguna cueva. Nos habría tomado mucho más tiempo encontrarlo. Actuó como si no esperara que lo siguiéramos.