En los días lluviosos, sentado en el porche junto a una mesa fija en el suelo, dibujaba espadas, lanzas y aparejos de pesca. Y ahora detengámonos en un rasgo de su carácter. Cierto día, empezó a dibujar arcos, pero, de pronto, se detuvo y rompió el dibujo. Amaba sus arcos y, repentinamente, sin saber por qué, se le ocurrió pensar que no se debe representar lo que se ama, que hay que guardarlo como un secreto.
La abuela Misia lo llevó un día al desván y le mostró un baúl repleto de trastos viejos. Y, entre ellos, ¡libros de cuentos! Encontró uno que hablaba de un chico que se había subido de polizón a un barco y, escondido debajo de la cubierta, se alimentaba de bizcochos, rodeado por manadas de feroces ratas. Encontró agua en unos barriles: agua dulce. ¿Quería esto decir que contenía azúcar? Así se lo imaginaba Tomás y, por eso, comprendió mejor la alegría del chico cuando logró abrir un agujero en un barril.
Uno de los lugares que más se prestaba para soñar con las aventuras que acababa de leer, era el retrete. Se llegaba a él por un estrecho sendero bordeado de arbustos de grosella. La puerta se cerraba por dentro con un gancho y, por el corazón recortado en ella, podía verse si alguien se acercaba. Por las rendijas, penetraban rayos de sol y, afuera, resonaba una ininterrumpida música de moscas, abejas y abejorros. Uno de estos abejorros peludos, zumbando con fuerza, se aventuraba de vez en cuando dentro del agujero, cuyo hedor Tomás aspiraba con fruición. Las arañas extendían sus telarañas en los rincones. La vela, que se fijaba a una viga transversal, dejaba chorreras de estearina. Las paredes laterales también tenían aberturas, pero por ellas no se veía mas que las hojas del saúco.
Si, a través del corazón de la puerta, Tomás divisaba a Antonina, interrumpía sus meditaciones y se abrochaba aprisa los pantalones. Al otro extremo del sendero, junto al vertedero, Antonina degollaba las gallinas. Hinchaba y apretaba entonces los labios, preparándose para asestar el golpe con la hacheta, mientras colocaba la gallina sobre el tronco; ésta, asustada, pero no demasiado, pensaba seguramente en cómo terminaría aquello, o a lo mejor no pensaba nada. Relucía la hacheta, el rostro de Antonina se encogía de dolor (gesto que, al mismo tiempo, era como una sonrisa) y, luego, sólo quedaba un batir de alas y convulsivos estremecimientos de un guiñapo plumoso en el suelo. Tomás sentía entonces como un escalofrío y, por eso, le gustaba presenciar aquella escena. En una ocasión, el espectáculo fue realmente extraordinario. Un gallo enorme, con las erizadas plumas doradas y brillantes, levantó el vuelo decapitado, irguiendo el rojo muñón de su cuello. Aquel vuelo mudo mereció por parte de Antonina, que lo contemplaba con la boca abierta, una admirativa aceptación, porque el gallo cayó tan sólo después de estrellarse contra el tronco de un tilo.
Tomás no iba ahora tan a menudo al río con su aparejo de pescar ni a la casa de los Akulonis, quizás a causa de Magdalena, quizás debido a sus lecturas. Los lugares solitarios junto al Issa empezaron a parecerle peligrosos y, en cuanto a sus cacerías con el arco, no sentía deseo alguno de compartirlas con otros niños, a quienes podrían parecerles ridículas, ya que no se trataba de un entretenimiento tan serio como pescar o fabricar caramillos con varas de sauce. También deseaba que nadie pudiera sorprenderlo en algunos de sus juegos, que eran demasiado infantiles para un niño tan mayor: colocaba, por ejemplo, frente a frente dos ejércitos de palitos clavados en la arena, se ponía alternativamente de parte de uno o del otro bando y bombardeaba al enemigo con una artillería de piedrecitas.
20
Al comenzar el invierno, llegó de Dorpat, en Estonia, la abuela Dilbin, y la habitación que ocupó atraía especialmente a Tomás. No mucho más alta que él, sonrosada, se diferenciaba de la abuela Misia en que se ocupaba de todo, zurcía los calcetines y pantalones de Tomás, le daba clases y le examinaba de religión. Pero lo más importante es que era distinta de todos los demás. Fumaba cigarrillos con una larga boquilla; se había acostumbrado a fumar, según ella misma confesaba, debido a las preocupaciones: los cigarrillos la aliviaban un poco. Del cofre que había traído consigo se sacaba primero una gran caja plana y, entonces, aparecían cantidades de cajitas, metálicas y de madera, paquetitos atados con cintas y un sinfín de objetos pequeños cuidadosamente envueltos en periódicos. La ceremonia de vaciar el contenido del cofre no se efectuaba a menudo, sólo en días señalados. A Tomás le tocaba siempre algún obsequio; por ejemplo, una tableta de auténtica tinta china: la abuela le explicó para qué se usaba, pero lo que le fascinaba era su forma, su negrura y sus cantos afilados.
Nunca había oído tantas cosas sobre el mundo como ahora. La abuela había pasado su juventud en Riga y le contaba las excursiones que hacían a Majorenhof, cómo se bañaban en un mar de verdad y cómo, cierto día, por poco se la lleva una ola; le hablaba del padre y, por tanto, del bisabuelo de Tomás, el doctor Ritter, que curaba a los niños y no cobraba nada si los padres eran pobres; le hablaba de cuánto le querían todos, de la fama de bromista que tenía, pues le gustaba gastar bromas inocentes a la gente, se disfrazaba, ponía caras divertidas; en cierta ocasión, incluso su propia madre le echó unas monedas dentro del sombrero creyendo que se trataba de un mendigo, tan bien había sabido cambiar de aspecto. Tomás oyó también hablar, por primera vez, del teatro y de la ópera: un cisne entraba en el escenario nadando y balanceándose, y hubiera podido jurarse que había en el escenario agua de verdad. La abuela pronunciaba el nombre de la cantante: Adelina Patti, y suspiraba. Suspiraba también al recordar las noches de Riga, cuando se reunía con mucha gente joven, y cantaban, tocaban y representaban cuadros escénicos. También describía el campo, Imbrody, junto a Dynaburgo, finca que pertenecía a la familia de su madre, los Mohl, así como sus viajes en carroza a través de bosques llenos de bandoleros; las tabernas solitarias, donde se refugiaban los bandoleros; la cama-guillotina cuyo baldaquín caía de noche y mataba al viajero, tras lo cual cama y cadáver se hundían en el suelo de la habitación gracias a una maquinaria complicadísima, y la carroza que cruzaba el río en una balsa: los caballos se asustaban y todos morían ahogados. También contaba la historia de una camarera de Imbrody a la que los chicos asustaban cuando se miraba en el espejo, cosa que le encantaba hacer: colocaban largas pipas detrás del espejo e, inesperadamente, le lanzaban bocanadas de humo. Cierta vez, mientras dormía, la transportaron con cama y todo, y la dejaron flotando en medio del lago; cuando se despertó, empezó a gritar sin saber dónde se encontraba. Estaban igualmente los paseos por ese lago, en un barquito blanco a vela. Eso es cuanto captaba Tomás, en medio de otros hechos y nombres que le interesaban menos.