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Sus pecados… Nadie nunca los conocerá. Quizás sólo ella, penetrando en sí misma, en la circulación de su sangre, en su propio yo corpóreo que la palabra es incapaz de transmitir a los demás, hallaba, en lo más hondo de su ser, la culpa de su propia existencia y la del nacimiento de sus hijos. Pero no son más que suposiciones. Tomás había probablemente heredado de ella la conciencia escrupulosa y la tendencia a hacerse continuos reproches por todo. Cuando la hacía rabiar, se vengaba, como si de sí mismo se tratara, de la vergüenza que despertaba en él su queja: «¡Ay de mí!».

22

Se avecinaba la primavera. El hielo del estanque aparecía más húmedo y se borraban las huellas de las botas de Tomás: patinaba, o se divertía simplemente, golpeando en la losa verde en la que, inaccesibles, habían quedado atrapados insectos y hojas de plantas lacustres. La nieve parecía cansada: a mediodía, caían del tejado gotas que labraban hileras de pequeños agujeros a lo largo de los muros de la casa. Al anochecer, la luz clara y rosácea sobre los blancos lomos de la tierra se espesaba y se volvía de color amarillo y carmín. Las huellas de los animales y de las personas quedaban oscurecidas por la humedad acumulada en ellas.

Tomás se pasaba las horas dibujando, estimulado por las revistas ilustradas alemanas que había traído consigo la abuela Dilbin. Vio en ellas cañones, tanques y el avión «Taube», que le gustó mucho. En dos ocasiones, un avión había sobrevolado Ginie, pero a mucha altura; la gente se agrupaba y señalaba con el dedo el cielo, de donde les llegaba el zumbido. Pero, ahora, Tomás pudo comprobar cómo era en realidad un avión. En sus dibujos, los soldados corrían al ataque (no es difícil dibujar el movimiento de las piernas, basta con doblar los palitos a partir de la rodilla), se caían, del cañón de su fusil salían manojos de líneas rectas y las balas seguían su curso: hileras de líneas interrumpidas. Sobre todo ello, volaba el «Taube».

Antes de contar un hecho que, desde luego, estaba relacionado con las escenas que inventaba Tomás en el papel, hay que describir la distribución de las habitaciones en aquella zona de la casa. En invierno, sólo se usaban aquéllas cuyas ventanas se abrían al vergel, es decir, al interior del ángulo formado por la antigua mansión y las nuevas dependencias. Primero estaba la sala, donde se tejía (allí trabajaba Pakienas); luego, nada, un lugar para almacenar lana y semillas; a continuación, la habitación de la abuela Dilbin, a la que seguía otra, en la que dormía Tomás. Luego venían ya las habitaciones de los abuelos. Primero, la de la abuela Misia y, en la misma esquina, la del abuelo.

Aquella mañana, Tomás se había despertado temprano, porque sentía como si tuviera frío, daba vueltas, trataba de acurrucarse en un rinconcito, pero todo era inútil, un soplo de aire helado caía sobre él. Se volvió de espaldas a la ventana, estiró su edredón hasta el cuello y se quedó mirando la pared iluminada por el sol. En el suelo, sobre un gran recuadro de tela, habían extendido harina a secar. Al pasar la vista por ella, algo llamó de pronto su atención: algo que brillaba, como si fueran cristalitos de hielo o sal. Se levantó y, puesto en cuclillas, tocó con el dedo: eran fragmentos de vidrio. Entonces, sorprendido, miró hacia atrás. En el cristal de la ventana, había un agujero del tamaño de una mano grande, y, a su alrededor, las fisuras formaban como una estrella. Fue corriendo a la habitación de la abuela Misia para decirle que, durante la noche, alguien, desde el vergel, le había lanzado una piedra.

Pero no había sido una piedra. Estuvieron mucho rato buscando hasta que el abuelo descubrió, debajo de la cama de Tomás, en un rincón, un objeto negro y ordenó que nadie lo tocara. Enviaron a buscar a alguien del pueblo que hubiera servido en el ejército. El objeto negro, luego Tomás pudo observarlo mejor, se parecía a un huevo más bien grande y muy pesado. En el centro, le rodeaba como un cuello dentado. Afuera, debajo de la ventana, encontraron huellas de zapatos y un mechero. También recordaron todos que aquella noche los perros habían ladrado más que de costumbre.

La granada no había explotado, pero habría podido hacerlo; entonces, seguramente, habrían colocado a Tomás bajo los robles, no lejos de Magdalena. El mundo seguiría existiendo, las golondrinas, las cigüeñas y los estorninos volverían, como cada año, de sus lejanos viajes, y las avispas y los abejorros seguirían absorbiendo el dulzor de las peras. No nos incumbe juzgar por qué no explotó. Golpeó contra la pared, rebotó y fue rodando hasta debajo de la cama de Tomás: en su interior maduraba la decisión, en la frontera misma entre el sí y el no.

El abuelo Surkont se disgustó mucho. Cuando le contaban casos de ataques a casas señoriales (muy cerca, por el lado de levante tenían un buen ejemplo de ello), carraspeaba suavemente y convertía la amenaza en broma. Ni siquiera tomó especiales medidas de precaución cuando, por los bosques, merodeaban bandas de fugitivos rusos, que vivían del pillaje. ¿Y quiénes, entre los que habitaban la región, podían tener interés en atacarle? ¿No lo conocían todos desde niño, o es que había hecho daño a alguien? ¿A lo mejor, involuntariamente? En cuanto al odio que existía entre polacos y lituanos, trataba de convencer a los polacos que los lituanos tenían todo el derecho a poseer su propia nación, y que ellos, los que hablaban en polaco, eran, igual que él mismo, gente litbuani. Pero alguien había arrojado una granada. ¿Quién y contra quién? Contaban las ventanas: una, en la habitación del abuelo, dos en la de la abuela Misia, dos en la de Tomás. Si lo hubiera hecho alguien que conociera bien la casa, no hubiera apuntado contra el niño, parecía evidente. De modo que se trataba de alguien de afuera, o bien de alguien mal orientado y que se había equivocado.

A la abuela Misia no le preocupó en absoluto el hecho de que pudiera ser odiada hasta aquel punto. Vertió sobre el abuelo su dosis habitual de reproches acerca de sus simpatías por los lituanos y campesinos, señalándole que esto era lo que merecía a cambio. Tampoco pareció preocuparla mucho su propia seguridad; aunque, a decir verdad, no era fácil buscar alguna protección mejor: las contraventanas de madera se cerraban por fuera, y únicamente colocaron un candado en las de la abuela Dilbin, que estaba realmente asustada. Después de aquella milagrosa salvación, malcriaba aún más a Tomás y, de lo más hondo de su cofre, que escondía tesoros siempre inexplorados, extrajo una cajita alargada que contenía pinturas auténticas y un pincel. La primera obra de Tomás fue un pinzón: pues el pinzón (siempre los veía picoteando semillas en los arbustos alrededor de la casa) es una gran mancha roja, a la que se añade color azul mezclado con un poco de gris y un poco de negro. El pinzón y el pico picapinos, que tiene la cabeza roja y golpea en lo alto de los árboles desprendiendo de las ramas blancos copos de nieve, constituyen la mayor sorpresa del invierno.