Выбрать главу

Atracción, sumisión. ¿Atracción por lo que era rudo y malicioso? Domcio le parecía el sumo sacerdote de lo verdadero, puesto que sus ironías y sus burlas solapadas roían la superficie de los conocimientos de Tomás, pero éste intuía que, debajo de ella, se agitaba lo que era realmente auténtico. Pero no se trataba de aquellos largos caracoles sin cáscara que cazaban, para luego acercarlos al fuego y ver cómo se encogían, ni de los abejorros a los que colocaban una paja en la parte posterior y dejaban otra vez en libertad, ni siquiera de una rata a la que Domcio metió en un túnel, entre carbones encendidos. Era algo más distante, más hondo. Cada una de sus visitas a la cabaña del vergel traía una promesa.

Y no le quedaba más salida que tratar de adivinar qué ocurría, porque Domcio no le desvelaba sino una faceta de su naturaleza, y lo trataba con cautela. No necesitaba demostrarle claramente a Tomás que estaba por encima de él, lo aceptaba con la condescendencia del que se siente más que respetado. Además, trataba de no propasarse. Quizá porque una ingenua confianza desarma, o porque le parecía más prudente no crearse mala fama en casa de los señores. Así, en su gruñido, «hmmm», y en su manera de burlarse, con las manos en las rodillas, cuando Tomás insistía en penetrar en los conocimientos prohibidos, a los que no podía acceder, radicaba precisamente gran parte de aquello que el pequeño quería saber. Pero, si, en cierta ocasión, esta reserva se rompió de pronto fue por culpa de los demonios del Issa, o de la inexperiencia de Tomás, quien despreció la regla según la cual no hay que seguir siempre y a todas partes a la persona a la que se adora. Pero ¿de dónde le habría venido el tacto suficiente, si vivía solo con sus ensueños y, en realidad, nadie le había enseñado a comportarse?

La señora Malinowska iba pocas veces a la cabaña. Al mediodía, le llevaba la comida a su hijo, pero no siempre, y Domcio se cocinaba él mismo la sopa de col, cortaba con la navaja grandes rebanadas de pan negro y se las comía acompañadas de tajadas de tocino. Y, además, manzanas y peras asadas: las peras asadas en ceniza son lo mejor del mundo, y las patatas, que también se preparaban, se cubrían de una corteza crujiente; para probar si ya estaban cocidas, clavaban en ellas unos palitos afilados. Antonina sólo iba allí para llevarse a Tomás por el pescuezo, o para cargar con las «cestas de la inspección» -así se llamaba la porción de frutas que el arrendatario cedía al señor para el consumo diario de su casa-; en tal caso la ayudaban a llevarlas. A Domcio le llamaba con un nombre tan divertido como feo: napuzuk, que significa «pariente de todos los sapos».

25

Domcio, debemos confesarlo ahora, era un rey disfrazado. Gobernaba con la ayuda de un silencioso terror y observaba cuidadosamente ese silencio. Llegó al cargo de rey gracias a su fuerza física y a su vocación para el mando. Los que recibían palizas de sus fuertes puños acataban la prohibición y nunca se atrevieron a acusarle delante de sus padres. La corte que le rodeaba en los pastos que circundaban el pueblo, se componía, como suele ocurrir, de confidentes más próximos, o ministros, así como de vulgares aduladores, utilizados para servicios secundarios como, por ejemplo, perseguir las vacas cuando entraban en terreno vedado. Para los experimentos serios que llevaba a cabo, se rodeaba tan sólo de sus confidentes.

Su mente crítica, que no aceptaba nada sin una comprobación científica, observaba atentamente todo lo que corre, vuela, salta y repta. Cortaba patas y alas y, de este modo, procuraba profundizar en el misterio de las máquinas vivientes. Sus experimentos abarcaban también a las personas; en estos casos, sus ministros sujetaban fuertemente por las piernas al objeto, es decir a Verónica, de trece años de edad. También le intrigaban los productos de la técnica, y estuvo mucho tiempo observando la construcción del molino, hasta que él mismo construyó un modelo exacto, al que incluso aportó mejoras, y lo instaló luego en el lugar donde el torrente irrumpe en el Issa.

Imponiendo su voluntad a los chicos de su misma edad, Domcio se vengaba de todo lo que había sufrido de los mayores. Desde pequeño, sólo humillaciones: tanto él como su madre trabajaban en tierras ajenas, generalmente para ricachones, amos de sesenta u ochenta hectáreas, que eran sin duda los peores. Su vida consistía en mirarles a los ojos, adivinar sus deseos, adelantarse y ejecutar rápidamente lo que le ordenaran hacer poco después, simulando hacerlo alegremente y por propia voluntad, temblando de miedo si, llegado el momento, le negaban la medida de centeno prometida, o el par de zapatos viejos: así nace el odio, o bien la duda de si todo este mundo no se asienta en alguna mentira.

A principios de verano, antes de instalarse en la cabaña del vergel, en la vida de Domcio ocurrió un hecho importante. Tanto cumplió y corrió tras los caprichos ajenos, tanto hizo y tanto insistió que, al fin, consiguió que uno de los antiguos soldados le prestara, de vez en cuando, su carabina. Esto era, además, una recompensa por su silencio sobre ciertos asuntos.

Por aquel entonces, se presentó un caso de rabia en la región, y corrió la sospecha de que uno de los perros del pueblo había sido mordido por un perro rabioso. Decían que convenía matarlo, pero nadie se decidía a hacerlo, hasta que Domcio lo supo y se ofreció para sacrificarlo. Se lo entregaron de mala gana, porque, a lo mejor, ni siquiera había sido mordido. El perro, grande, negro, con el rabo levantado y pelos blancos en el hocico, daba saltos de alegría junto a él, contento de que le soltaran y de salir al campo, en vez de bostezar y buscarse las pulgas. Le dio de comer y, luego, lo condujo junto al lago situado en medio de un pequeño promontorio en un tranquilo recodo del Issa. Este laguito era alimentado por un riachuelo que recogía el agua de los deshielos primaverales a través de un canal; poco profundo y cálido, constituía un remanso ideal para los lucios: en verano, se secaba casi del todo y quedaba en él más lodo que agua: habitaban allí permanentemente tan sólo las epinochas. Lo rodeaba un tupido muro de juncos, altos como un hombre a caballo.

En una orilla, dentro de este círculo de juncos, crecía un peral. Domcio ató allí al perro, con una soga gruesa. Él se sentó a poca distancia, con la carabina en la mano. Sacó las balas del cargador y colocó en su lugar unos balines de madera que él mismo había tallado. El perro meneaba alegremente la cola y soltaba pequeños ladridos. Había llegado el momento: podía disparar, o no disparar; se acercó la culata al hombro, retardando el instante para poder deleitarse con la posibilidad misma. Era precisamente eso: el perro no sospechaba nada, y él, Domcio, tenía en su mano la elección, era él quien decidía. Y, más aún, por un movimiento de su dedo, el perro pasaría en seguida a ser otra cosa: ¿pero qué cosa? ¿Caerá muerto, o seguirá saltando? Y, al mismo tiempo, bajo el peral y en los alrededores, todo cambiaría. Nada es comparable al poder mortífero de una bala; aquella paz, aquel silencio, como si el hombre no estuviera allí. Y, sin ira ni esfuerzo, decir: ya.