La roca que le servía de mesa le llegaba a Domcio un poco por encima de la cintura. En el centro del pañuelo, destacaba por su blancura una hostia: el cuerpo de Cristo. Después de comulgar, había vuelto a su asiento con los brazos cruzados sobre el pecho, llevándola en la lengua hasta poder escupirla hábilmente en el pañuelo. Por fin, podría saber la verdad. Cogió la lezna y la volvió, con la punta para abajo, contra Dios. Fue bajándola lentamente, la subió otra vez un poco. Asestó el golpe. Mantuvo el filo dentro de la herida, mientras miraba en todas direcciones, esperando el castigo. Pero no ocurrió nada. Una bandada de pajarillos pasó con su trepidante vuelo tornasolado, desde allende los campos. Ni una nube. Se inclinó para comprobar si la hostia partida, junto a la lezna, no rezumaba alguna gota de sangre. Nada. Entonces, se animó a clavar y pinchar, destrozando en mil pedazos el blanco redondel.
Tomás, cuando al fin lo soltaron, se levantó de un salto y corrió a toda velocidad, sintiendo que los sollozos le ahogaban. Huía y le parecía que, al hacerlo, huía de todo el mal de este mundo y que no hubiera podido ocurrirle nada más terrible. No sentía tan sólo horror al pecado mortal. De pronto, comprendió su inutilidad, toda la falsedad de los momentos en los que se creyó amigo de Domcio. No era amigo de ninguno de ellos. Huía para siempre. En casa, temblando, se pegó al brazo de la abuela Dilbin; ahora, era él quien necesitaba ayuda. Ella le preguntaba qué le había ocurrido, pero obtenía por toda respuesta sus convulsivos sollozos. Por la noche, gritó que tenía miedo, que no apagaran la luz. Una vez dormido, habló en voz alta, y la abuela se levantó varias veces, inquieta, para tocarle la frente con la mano.
Sin esperar al domingo siguiente, fue a confesarse, aunque a duras penas consiguió hilvanar una explicación de lo ocurrido. El padre Monkiewicz quedó tan impresionado por aquella muestra de impiedad en su parroquia, que se movía y se agitaba continuamente en su confesionario: trató de tirarle de la lengua, para poder extirpar el mal de raíz cuanto antes. Pero Tomás no traicionó a nadie, a pesar de que el sacerdote le explicó que, en semejantes casos, hacerlo es incluso el deber de un cristiano. Sin saber bien por qué, aquel nombre no le pasaba por la garganta. Recibió la absolución y eso le tranquilizó un poco.
Desde aquel día, dejó de ir a la cabaña del vergel, aunque era el mejor momento para la recolección de la fruta, y buscaba siempre alguna excusa cuando Antonina le ponía una cesta en la mano. Procuraba desaparecer sin ser visto. Si, por entre los árboles, veía pasar los gastados pantalones de Domcio, se escondía y, si se encontraba con él por casualidad, bajaba la vista simulando no verle.
A decir verdad, aquella ceremonia junto al Issa no tuvo consecuencias. Los chicos, más bien decepcionados -si hubiera caído un rayo, o, al menos, hubieran visto un poco de sangre, habría sido distinto- e incapaces de profundizar en el sentido científico del experimento, optaron por dedicarse a jugar a la mona. Domcio -vale la pena fijarse en el detalle- recogió las partículas de la hostia y se las comió: una cosa es acribillarla, y otra muy distinta tirarla o pisotearla. Se sentó en la escarpa con las piernas colgando, golpeando la arcilla con los talones y fumando su pipa de fabricación casera. Sentía en su interior como un vacío. Porque, aunque pegues a tu propio padre, aunque rompas una vara contra él, o le dispares con un fusil, es mejor esto que no tener a nadie con quien discutir. Le invadió la tristeza de la orfandad, de su doble orfandad. ¿De modo que no hay nadie, nadie, a quien poder pedir algo? Solo, completamente solo.
Las aguas del Issa ondulaban, suavemente. La serpiente de agua atravesaba el río de una orilla a la otra, con la cabeza perpendicular a la superficie, dejando tras de sí pliegues oblicuos. Domcio calculaba la distancia y sentía en su brazo la precisión del tiro. Pero la serpiente de agua es sagrada, y el que la matara atraería sobre sí la desgracia.
27
Cada otoño Tomás asistía a la trilla. Cuando la máquina es más interesante es en el momento en que empieza a funcionar, o suelta el vapor. Sobre la caldera, un poco de lado, cerca del lugar donde se echan los leños al fuego, giraban dos grandes bolas sobre unas pequeñas barras metálicas bajadas, como dos manos. Nunca pudo comprobar si aquellas dos manos se levantaban alguna vez. Solía pasarse horas contemplando las dos bolas, olvidando todo lo demás. Si se movían lentamente, pru-tac, pru-tac, podía distinguirlas perfectamente, pero, si se movían aprisa, se fundían en un círculo rotatorio que giraba con un tef-tef-tef que impedía incluso distinguir muy bien su color negro. En un rincón de la choza, pintada de amarillo (de cuyo tejado sobresalía la chimenea del locomóvil), había dos bancos. Tomás se sentaba en uno de ellos, al que venían también de vez en cuando los hombres del pajar a liar un cigarro. Sobre el otro banco de en frente, solía recostarse sobre una pelliza forrada el joven Sypniewski, sobrino de Szatybelko, quien cuidaba de la caldera. Encogía las piernas, apoyaba la cabeza en una mano y meditaba: pero ¿acerca de qué? Eso será siempre su secreto. De vez en cuando, se levantaba, comprobaba el manómetro, abría la portezuela y lanzaba grandes leños de roble en las entrañas encendidas al rojo vivo; otras veces, engrasaba algo con una alcuza de base flexible, aunque, en realidad, quien se ocupaba de la máquina era el herrero.
Con la cara encendida, la nariz llena de olores grasientos, Tomás salía a tomar el aire que desmelenaba las hojas de los chopos. Afuera, otro movimiento le atraía: el movimiento de la correa. Ancha de un codo, confeccionada con diversos trozos de piel, unía la gran rueda del locomóvil a la ruedecilla de la trilladora. ¿Cómo no se escurría de la rueda grande? La verdad es que esto solía ocurrir cuando disminuía la velocidad de rotación; se oían entonces gritos de alerta para que nadie se acercara, porque se desplomaba con un estruendo y, si pillaba a alguien, podía romperle los huesos. Cuando terminaban de trabajar, el herrero y Sypniewski acercaban a la correa unos palos (tenían que apretar fuerte) y así frenaban su movimiento, luego se apartaban y la correa se deslizaba al suelo en silencio. Se sabía que la máquina iba disminuyendo de velocidad a medida que los remiendos de la correa se hacían cada vez más visibles.