Existía la sospecha de que había heredado de alguien la dificultad para el trato con la gente: la autosuficiencia de la abuela Surkont, o la naturaleza miedosa de la abuela Dilbin. O simplemente era una cuestión de falta de entrenamiento. En cierta ocasión, los abuelos lo llevaron a una visita bastante lejos. Tomás miraba de soslayo a la hija pequeña de sus anfitriones y tembló cuando ella le cogió de la mano para dar una vuelta por el jardín. Caminaba rígido, reteniendo la respiración, y sentía como un temor a sus codos delgados y desnudos, que le trastornaban. En el parque, se apoyaron en la barandilla del puentecillo sobre el riachuelo y sintió que esperaba algo de ella, pero siguió callado, porque, en realidad, le llegó, como en una oleada, el recuerdo de sus juegos con Onuté, y se sintió desfallecer.
Sus modales no eran mucho mejores: restregaba el suelo con los pies, mientras se inclinaba en un saludo frente a un invitado, y se ruborizaba. Había ido varias veces al pueblo, pero no podía decirse que esto le había ayudado a conocer el gran mundo. Se pasaba el día en el mercado, junto al carro, ayudando a Antonina a colocar las manzanas que vendía. Algunas casas de la aldea quedaban casi sumergidas por el Issa, que allí era distinto, de cauce más ancho, y las calles estaban empedradas con adoquines tan grandes que torcían los tobillos. Los judíos, de pie sobre los peldaños de madera, invitaban a pasar a sus tiendas. Estaban transformando por dentro el edificio más importante, el palacio blanco de los príncipes, junto a los estanques cubiertos de lentejas de agua, ahora deshabitado, en un colegio o un hospital. Dado que la estación de ferrocarril quedaba a un lado, preferían volver por el camino más largo, aunque también el mejor, que atravesaba la vía férrea; así, Tomás conseguía a veces ver el tren. Esperaba la vuelta con impaciencia porque Antonina le daba las riendas y podía hacer restallar el látigo. Si iban de viaje solos, procuraba que les dieran los mejores caballos, pues corrían el riesgo de encontrarse con un automóvil. Cuando esto ocurría, Tomás quitaba rápidamente las mantas con las que recubrían los asientos de heno, saltaba del carro y tapaba las cabezas de los caballos con una manta, para que no enloquecieran.
Con su abuelo, sin tener que someterse a los modales y obligaciones que siempre se exigen en el trato con la gente, profundizaba en la historia de la germinación subterránea de las semillas, la ascensión de los tallos, las corolas, los pétalos, los pistilos y los sépalos de las flores. Decidió que, para el próximo verano, sabría ya lo suficiente sobre las familias de las plantas como para poder hacer un herbario.
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Cuando era aún muy pequeño lo sentaban sobre una piel de oso y, entonces, reinaba una santa paz, porque levantaba los brazos para no tocar al peludo animal y quedaba inmóvil en esa postura, entre asustado y encantado. La piel, gastada y apolillada, pertenecía al que fue seguramente el último oso de la región; lo habían cazado durante la infancia del abuelo. Los osos, que Tomás conocía gracias a aquella piel y a los dibujos, despertaban en él sentimientos de ternura. Quizá no sólo en él, porque los mayores hablaban de ellos a menudo. Antiguamente, los había en las grandes casas de campo, y les enseñaban a realizar algunos trabajos, como, por ejemplo, a dar vueltas al molino, o a acarrear leña. Contaban historias divertidas sobre ellos. En Ginie, quedaba el recuerdo de un oso ambicioso: le gustaban las peras dulces y, si su amo dejaba que le acompañara a la hora del almuerzo, tenía que ser muy equitativo al repartir la fruta: si el oso recibía alguna pera medio podrida o verde, se ofendía y se ponía a chillar. Tomás se movía impaciente sobre su silla cuando le hablaban de la astucia de otro oso que se dedicaba a matar gallinas y al que tuvieron que atar con una cadena. Pero el oso había encontrado un medio para continuar haciéndolo: se sentaba y, con las patas delanteras, hacía llover arena; las tontas de las gallinas se acercaban hasta entrar en su radio de acción, entonces él las mataba de un manotazo y, guardándose la presa debajo de las posaderas ponía cara de inocente. Pero el héroe de la más divertida historieta (contada por la abuela Dilbin) fue un oso que, cierto día, en ausencia del cochero se montó al carruaje que estaba estacionado frente a una casa. Los caballos se asustaron y arrancaron al galope; el oso asustado también, no tuvo tiempo de bajarse y llegaron así a la carretera principal. En el cruce, había una cruz a la que el oso se agarró al pasar, pero, como se sujetaba al coche con la otra pata, arrancó la cruz de cuajo y, así, con los caballos al galope, entraron en el pueblo, donde provocaron escenas de pánico, porque realmente el espectáculo tenía algo de diabólico.
Un gran señor se sirvió de unos osos para demostrar su desprecio por los rusos. El gobernador fue a visitarle y presenció la siguiente escena: ante la terraza, dos osos con alabardas, y, en la escalinata, el gran señor vestido con una blusa rusa de campesino, haciendo profundas reverencias. El gobernador comprendió el significado: «Nosotros, los salvajes súbditos del emperador, mitad animales mitad hombres, os damos la bienvenida a nuestra casa». El gobernador se mordió los labios, ordenó dar media vuelta y se marchó.
En todas estas historias, los osos aparecían como animales de una inteligencia casi humana y sin duda los martirizaban sin razón, como ocurría en la Academia de Smorgon, según contaba el abuelo. El suelo era allí de palastro, y, por debajo, encendían fuego y hacían pasar a los osos que llevaban zuecos de madera en las patas traseras. Ponían una música, y como el suelo quemaba, los pobres osos se ponían de pie ya que las patas delanteras no estaban protegidas. Luego, siempre que oían aquella música, recordaban el suelo ardiendo y bailaban.
Lo que también ayudaba a hacerlos simpáticos era el hecho de que, aun siendo tan grandes y fuertes, tenían una naturaleza tranquila e incluso miedosa. Un ejemplo de ello es lo que le ocurrió cierta vez a un campesino, en la época en que aún se encontraban muchos osos en la región. Se le perdió una vaca, que era muy arisca y se apartaba a menudo del rebaño. Furioso, cogió un bastón y, cuando la encontró por fin tranquilamente recostada entre unos arbustos de frambuesa, le propinó una gran paliza. Se oyó un tremendo rugido, pues se trataba en realidad de un oso. El campesino huyó a toda velocidad en una dirección, el oso en otra y, en su escapada, ensució de estiércol todos los arbustos de frambuesas. Incluso hoy en día, a la diarrea producida por el pánico se le llama «enfermedad del oso».
El abuelo recordaba que, cuando mataron al oso, cuya piel corría aún por casa, y ahumaron sus jamones, los perros reconocían su carne por el olor y se les erizaba el pelo.
En invierno, la abuela Misia colocaba junto a su cama una alfombrita de alce. Lo mejor del alce es su piel curtida, gruesa y flexible; cuando a Tomás se le gastaban las suelas de las babuchas, la abuela sacaba una pieza grande de esa piel, medía y marcaba con un lápiz el contorno exacto, que luego recortaba con unas tijeras. Esto también era un recuerdo de tiempos remotos, porque ya por aquel entonces quedaban pocos alces. En los bosques, a unas veinte verstas de Ginie, los cazadores furtivos todavía mataban alguno de vez en cuando.