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– ¿Fue un traidor?

El abuelo tenía costumbre de pellizcarse entre dos dedos la punta de su nariz surcada de venitas violetas y, cuando súbitamente la soltaba, producía un sonido parecido a un tj, tj.

– Sí, lo fue -y otra vez el tj, tj-. Sólo que, si hubiera luchado contra los suecos, habría también traicionado al príncipe a cuyo servicio estaba. De todos modos habría sido un traidor. Radziwill se alió con Carlos Gustavo.

Tomás frunció las cejas y se quedó meditando sobre aquel complicado dilema.

– Así que el culpable fue Radziwill -sentenció al fin.

– Sí, así es. Era un hombre lleno de orgullo. Creyó que recibiría de Carlos Gustavo el título de Gran Duque y que así dejaría de ser vasallo del rey polaco. Hubiera podido reinar sobre Lituania y obligar a todos a aceptar la religión de Calvino.

– Si todo le hubiera salido bien, ¿nosotros ahora seríamos calvinistas?

– Seguramente sí.

Ahora el abuelo observaba a Tomás con atención, y era difícil saber a qué se debía su sonrisa, quizás al hecho de que adivinaba el pensamiento que iba conformándose en aquella rápida sucesión de preguntas. ¿A qué se debe que seamos lo que somos? ¿De qué depende? ¿Y quién sería él si fuera otro?

– Pero Jerónimo Surkont no fue, en realidad, calvinista, sino sociniano. Es otra modalidad religiosa entre aquellos que no reconocen al papa.

Y le habló de los socinianos, es decir, los arrianos, que inventaron una nueva doctrina: según ellos, no podían aceptar cargos, ni ser gobernadores, jueces o soldados, porque Cristo lo había prohibido. Tampoco podían tener súbditos. Pero se producían grandes discusiones sobre este tema, y muchos de ellos decían que las Sagradas Escrituras sí lo permitían con toda claridad; el abuelo creía que aquel libro hablaba precisamente de eso. Jerónimo Surkont, cuando echaron de Lituania a los suecos, se marchó y no volvió nunca más. Se estableció en Prusia, en algún lugar cerca de Kónigsberg.

Así fue cómo quedó echada la semilla, y el abuelo jamás sabría cuánto tiempo permanecería envuelta en el sueño vegetal de todas las semillas que esperan pacientemente a que llegue su hora. Recogidos en un hatillo, ya estaban allí los crujidos del entarimado bajo los pasos que avanzan a lo largo de las estanterías, en las que destacan unos recuadros blancos con una cifra sobre las oscuras hileras de encuadernaciones, y, los codos apoyados en la mesa, el círculo de luz cae de una pantalla verde; la mano balancea el lápiz en el aire al compás de la idea que, al principio, no es más que una niebla, sin líneas ni contornos. Nadie vive solo: cada uno habla con los que ya han pasado, cuyas vidas se encarnan en él, sube los peldaños y, siguiendo su huella, visita los rincones del edificio de la historia. De sus esperanzas y frustraciones, de los signos que han quedado tras ellos, aunque no sea más que una letra esculpida en una piedra, nacen la serenidad y la moderación para poder emitir luego un juicio sobre uno mismo. Pueden considerarse afortunados los que llegan a conseguirlo. Nunca y en ningún lugar se sienten solos y aislados, les fortalece el recuerdo de todos los que, al igual que ellos, tendieron hacia un objetivo inalcanzable. Tomás alcanzaría o no algún día aquella felicidad, pero momentos como aquéllos en compañía del abuelo perduraron en él, a la espera de la edad en que las voces apagadas por la distancia recobran su valor.

30

El español Miguel Servet estuvo agonizando más de dos horas: su agonía no concluía porque había demasiado poca leña; entre las llamas profería quejas contra el afán de ahorro de la ciudad de Ginebra: «¡Ay de mí, que no puedo acabar de morir en esta hoguera! ¡Los doscientos ducados y la cadena de oro que me quitaron cuando me hicieron prisionero hubieran bastado para comprar suficiente leña para quemarme hasta el fin, ay de mí!».

Entre tanto, Calvino, sentado en la penumbra de su habitación, leía la Biblia, y sólo su vicario, Guillaume Farel, con los ojos anegados de lágrimas por el humo, le gritaba al hereje que se estaba asando vivo: «¡Cree en el Hijo eterno de Dios, Jesucristo!».

Esta suerte le tocó a Miguel Servet, tras veinte años de clandestinidad en Francia, entre los papistas, por decisión del renovador del cristianismo en quien había confiado, con quien mantenía una correspondencia secreta y a quien acudió buscando protección. Pero su espíritu era fuerte, la lengua, entre los labios medio carbonizados, aún se movía, y la voz débil afirmaba la blasfema verdad: «Creo que Jesucristo es el auténtico hijo de Dios, pero que no es eterno».

Después de su muerte, un murmullo de voces recorrió distintos países, las plumas de oca chirriaron en Basilea, Tubinga, Wittenberg, Estrasburgo y Cracovia, copiando las tesis contra la Santísima Trinidad, prestadas a escondidas por los amigos. El Príncipe masculló: «¡Scbwermerei!» cuando encontraron en Tubinga, entre los estudiantes polacos, los escritos prohibidos; la Uni versidad temblaba, y trataban por todos los medios de acallar la cuestión. Estaba prohibido pronunciar el nombre de Servet, e incluso Petrus Gonesius, quien, a su vuelta de Padua, difundió el nuevo descubrimiento entre las comunidades de Polonia y Lituania, procuraba no mencionar en público el nombre de su maestro. Pero Melanchton se percató del hecho: «He leído el libro del lituano que trata de sacar a Servet de los infiernos» -escribía. Jacobo Paleólogo, en Transilvania y en Moravia, escribía la gran obra de su vida, ya abiertamente en defensa del español, Contra Calvinum pro Serveto, pero la Santa Inquisición puso las manos sobre el cofre que contenía sus manuscritos cuando fue arrestado y conducido a Roma para morir martirizado.

Al narrar un hecho, se acostumbra a reconstruir a los personajes y los sucesos a partir de los pequeños detalles que han llegado a nuestro conocimiento: no sería del todo honesto afirmar que Jerónimo Surkont era alto o bajo, moreno o rubio, sin tener de estos rasgos la menor información; tampoco se ha podido saber las fechas de su nacimiento y de su muerte. Una cosa sí es cierta, y es que consideraba a Roma la sede del Anticristo y que, mientras iba a caballo por el camino junto al Issa, con su pelliza de alce, miraba con melancolía a aquella gente incapaz de abrazar la doctrina verdadera. Ahí está, a la vista, pensaba, su cristianismo, hecho a la medida de las supersticiones papistas: después de sus piadosos gorjeos en la iglesia, las mujeres van corriendo a depositar su ofrenda a las serpientes, pues, de no hacerlo, sus hombres perderían la fuerza y no serían capaces de cumplir con sus obligaciones conyugales. No cuentan aquí las Sagradas Escrituras, sino extrañas historias sobre el dios del viento y el dios del agua, que sacuden el mundo de un lado a otro, como si se pasaran un plato. ¡Y qué decir de aquellos ritos paganos, cuando los cazadores, armados con venablos, se reúnen antes de ir de caza mayor, y de las asambleas secretas bajo los robles! Todo seguía igual.