Esperemos que las Escrituras le sirvieran de consuelo. Y quizás también el recuerdo de su propio mártir antitrinitario, cuya cabeza se vio envuelta por una corona de paja impregnada en azufre, su cuerpo amarrado a un poste con una cadena y su libro, atado a un pie, en espera de las primeras llamas. La descripción exacta de la muerte de Servet ha llegado hasta nuestros días gracias a los hermanos en la fe de Jerónimo Surkont, de las comunidades polacas y lituanas. Ellos copiaron el manuscrito, que más tarde desapareció, Historia de Servelo et eius morte, cuyo autor fue Petrus Hyperphragmus Gandavus.
No, el destierro no puede compararse a la tortura del cuerpo.
Pero Surkont conoció las torturas del alma, el estigma de la traición, y sopesaba sus actos sin jamás alcanzar la certeza de haber obrado como era debido. De un lado, su deber hacia el rey, hacia la res publicae y hacia el príncipe, quien admitía sus diferencias teológicas. Del otro, su repulsión hacia los papistas y su aversión hacia los invasores, a los que, no obstante, tenía que desear éxitos y no derrotas. Considerado hereje por los católicos, fue también un renegado apenas tolerado por los protestantes. Realmente, no le quedaba sino repetir: «Soy como un perro sarnoso ante la faz del Señor, mi Dios».
Se ha sabido, por casualidad, que el último descendiente de Jerónimo, el lugarteniente Johann von Surkont, estudiante de teología, cayó en el año 1915, en los Vosgos. Si yace en la ladera oriental, allí donde las apretadas hileras de cruces, que, de lejos, parecen viñedos, descienden hacia el valle del Rhin, hoy todavía los vientos secos que soplan desde su Lituania familiar deben peinar la hierba sobre su tumba.
31
En Ginie, la apicultura era la ocupación de Helena Juchniewicz, tía de Tomás. Siguiendo una antigua costumbre, aunque era de la familia, recibía parte de la miel y de la cera por cuidar de las colmenas. Cuando venía a casa, empezaba por sacar todos los utensilios de un armario especial y se vestía. Se abrochaba las mangas junto al puño con un imperdible y se ponía una máscara en la cabeza: una especie de cesta de muselina verde. Pocas veces la picaban las abejas, y no siempre usaba guantes. Tomás era el encargado de recoger brasas en la cocina para el fumigador de hojalata con mango de madera: se echaba serrín sobre las brasas y había que moverlo mucho rato para que se encendiera. Con su máscara, con el cuchillo y el cubo en una mano y el fumigador humeante en la otra, parecía… uno trataba de encontrar a qué se parecía, pero era difícil. De todas maneras, Tomás la miraba embobado cuando la veía caminar por la avenida, llena de entusiasmo, en dirección al colmenar. Al volver, cogía leche cuajada de una vasija con la que empapaba un trapito que aplicaba sobre los puntos en los que la habían picado las abejas. Cuando llegaba el momento de sacar la miel, Tomás daba vueltas a la centrifugadora: un recipiente grande de metal que giraba sobre un palo; entonces, fluía la miel de los enmarcados paneles.
La nariz de tía Helena, grande, de forma piramidal, sobresalía de entre sus prominentes mejillas, unas manzanas semejantes a las de la abuela Misia, a quien se parecía, sólo que era más corpulenta y de ojos azules. Una sonrisa azucarada y una expresión de santidad que le era muy útil, pues con ella revestía de inocencia sus pasiones. Entre éstas destacaba la tacañería, que no radicaba precisamente en el ahorro, sino en algo que llevaba muy dentro de sí y que la inducía a actuar de ésta u otra manera, bajo la apariencia de que lo hacía por un motivo diferente. Si tenía que ir a resolver algún asunto en el pueblo, nunca iba en el carruaje, decía: «Hace un día tan hermoso que iré paseando» y se hacía a pie aquellas diez verstas, aunque en seguida se quitaba los zapatos, «porque es más sano andar descalza». La verdadera razón era que hubiera tenido que dar al cochero algún dinero para tomarse un trago, y los zapatos, indudablemente, se gastan. Al repartir la miel o la harina, procuraba que a los demás les tocara la mejor parte y se emocionaba angélicamente ante su propia bondad, sólo que en aquella mejor parte siempre se escondía alguna tara importante. Decían que, en su casa, para la comida de la servidumbre, les ofrecía embutidos sólo cuando ya estaban agusanados, pero ella seguro que se alegraba de su buen corazón, y de pensar en lo bien que cuidaba a su gente, pues ellos, ¿verdad?, también han de comer carne, además de patatas y gachas.
De la abuela Misia heredó una resistencia y una fortaleza a toda prueba; nunca estaba enferma (y si lo hubiese estado, hubiera proclamado a los cuatro vientos que los médicos no saben nada, para evitar que, Dios no lo quisiera, alguien llamara a uno). Veinte verstas en un par de horas eran para ella como un paseo; habría podido andar hasta cien, con aquel ligero paso suyo de campesina. Y, naturalmente, se bañaba en el río hasta noviembre. Tomás nunca vio en su casa ni un solo libro, ni siquiera el misal, como si hubiera jurado no tocar la letra impresa, pero hubo un tiempo en el que estudió algo, porque incluso sabía un poco de francés.
Su marido, Luk Juchniewicz, montaba, siempre que venía a casa, una especie de teatro en el que era imposible no tomar parte, de tan contagioso como era. Ya desde el carro empezaba a gritar, saludando con los brazos en alto; saltaba en tierra, corría, y los faldones de su guardapolvo o de su casaca revoloteaban tras él y, así, preparado para repartir abrazos, chillaba con voz de falsete: «¡Mamaíta! ¡Ay, ay! ¡Qué contento estoy de veros! ¡Por fin! ¡Ay, ay! ¡Cuánto tiempo sin vernos!…» Y muá, muá y mm mm… Pero lo mejor de todo era su cara: redonda, con un flequillo oscuro en la frente, se arrugaba por efecto de la cordialidad y la ternura; ninguna otra cara sería capaz de arrugarse de aquella manera. «El bonazo de Luczek», correspondía la abuela Misia, medio ahogada y babeada, pero, a sus espaldas, sólo suspiraba con indulgencia: «Este Luczek, es un bonazo». En cambio, para la abuela Dilbin, Luk era un claro ejemplo de que el antiguo proverbio tenía en parte razón: a orillas del Issa sólo nacen locos o necios.
Aquel verano, cuando Tomás hacía su herbario (mendigó unas cartulinas a Pakienas), no acercarse a las abejas hubiera estado en desacuerdo con su honor de investigador de la naturaleza. Insistió, hasta que la tía se avino a llevarlo consigo al colmenar. Se vistió de manera que ninguna abeja pudiera introducirse en los pantalones largos que le prestó el abuelo, recogidos en los tobillos, en una vieja máscara de tela metálica oxidada y en unos guantes de goma. Las abejas, a las que se valora por su sabiduría y sobre las que fluye toda la poesía con sabor a miel, son totalmente distintas cuando se abre una colmena a cuando se las oye zumbar entre las ramas de un tilo. El fuerte olor, la fiebre, el hervidero enloquecido, la dureza de la ley… Sin duda, Ginie había preparado mal a Tomás para la vida en sociedad si le asustó tanto aquello, no sabía qué, innominado y sin piedad. Aquellos insectos se lanzaban para picar, le cubrían los guantes, con el cuerpo convulsivamente arqueado, vibraban y, silbando, se agarraban a la goma con las patitas: en realidad, todo aquello para, poco después, cometer el acto mortal y acabar agonizando en la hierba, entre impotentes convulsiones. La tía de Tomás trabajaba con tranquilidad, de vez en cuando se las quitaba de encima con un gesto negligente. Le advertía: «¡No hagas movimientos bruscos!», pero a Tomás, más que el dolor, le impresionaba el infierno de la colmena, que le imponía su propio ritmo; no pudo soportarlo y echó a correr, las abejas seguían (en su zumbido, cuando persiguen, se oye el crimen), mientras Tomás chillaba y movía los brazos en todas direcciones; en una palabra, todo su deseo de realizar un acto útil terminaba en deshonra.