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Las plantas le caían mejor porque son tranquilas. Algunas, según se las va conociendo mejor gracias al voluminoso Herbario económico-técnico, despiertan el deseo de procurarse un crisol y unos morteros, y hacerse una farmacia, pues sus cualidades curativas son extremadamente atractivas. Casi se distinguen los distintos colores de las hierbas cocidas, que luego hay que pasar y colar, de los extractos que se obtienen al cubrirlas con alcohol, y de las mermeladas de raíces a las que se acostumbra a considerar inútiles. La imaginación crea una penumbra aromática, como ocurre en la despensa de la casa de Ginie. Pero Tomás prefirió entregarse por el momento al trabajo menos práctico de coleccionar especies.

Sentía predilección por las orquídeas silvestres. Hay en ellas la magia oculta de los seres que viven en el calor y la humedad, y traen a los países nórdicos la nostalgia del trópico. Su tallo, la verde carnosidad de su cuerpo, y, muy cerca de él, ocultando el candelabro de múltiples brazos, las flores que huelen suavemente a sustancia rancia y salvaje y obligan a olerlas con detenimiento hasta que el olor se vuelve concreto, como para facilitarnos la tarea de darle un nombre, cosa que jamás se consigue. Aparece en los prados junto al Issa en el mes de junio, cuando, entre el limpio brillo de la hierba, suben todavía los vapores del agua estancada en los huecos, llenos de cieno y restos de juncos. No es fácil hallar la orquídea punteada -pequeña columna de color lila claro, con pequeñas manchas de color morado oscuro- en el instante de la plenitud de su floración, porque muy pronto aparece sobre sus pétalos, aquí y allá, la herrumbre de la marchitez. Tomás se arrodillaba y, con el cortaplumas, hurgaba en la tierra negra (los cortaplumas, que desgraciadamente se perdían de vez en cuando, marcaban distintos momentos en su vida: después de uno con mango de madera, tenía ahora uno plano, de metal). Levantaba la tierra con cuidado para sacar el bulbo entero que se ramificaba como en unos dedos carnosos. De este bulbo emerge la orquídea para una corta cita con el sol y para seguir luego, allí abajo, hasta el año siguiente. Oprimida entre los cartones, la orquídea se volvía de un color marrón amarillento, y el bulbo quedaba aplastado adquiriendo extrañas formas.

Hay otra orquídea silvestre que es toda ligereza y claridad y, en los atardeceres de verano, luce con la blancura del narciso. Cuando la niebla nocturna que sube del río se extiende sobre un prado con orquídeas, éste parece lleno de pequeños fantasmas. Desgraciadamente, cuando se secan, pierden todo su encanto; sólo queda un esbelto dibujo de color marrón. Lo mismo ocurre con el aro. Llegó a la conclusión de que las plantas, que crecen en lugares secos, se conservan muy bien, casi no cambian, pero él se sentía atraído por la frondosa vegetación de los lugares húmedos. Incluso los insectos que se mueven en las arenas ardientes entre enmarañados tallos fibrosos, tienen un aspecto poco atractivo, van protegidos y sus movimientos son rápidos. ¡Qué distintos a los de la jungla sombría! El exceso de luz disminuye la existencia.

Entre las dunas, Tomás recogía verbascos, demasiado largos para caber en un herbario, que él doblaba en zigzag. Y naturalmente buscaba con especial interés aquellas flores que, según el libro, eran más raras. Precisamente por su rareza, apreciaba en particular el calderón (Trollius) que crecía entre los robles junto al cementerio; era una especie de ranúnculo grande, parecido a una rosa amarilla.

Ayudaba al abuelo a cuidar los arriates que se extendían a lo largo de la pared, a ambos lados de la terraza. Escardaba, trasplantaba y traía agua del estanque. Se bajaba a la pasarela por unos peldaños hechos de tepes sostenidos con tacos de madera. Había que pasar primero por la portezuela (nadie sabe por qué estaba allí) de la pequeña empalizada, invisible bajo el lúpulo y la centinodia. Sumergía la regadera en una capa de lentejas acuáticas, y las ranas verdes, que al verle habían saltado al agua asustadas, se quedaban inmóviles junto a los palos que flotaban en el centro. Luego, volvía con la regadera llena, jadeando un poco porque estaba lejos, y contemplaba al abuelo mientras regaba, pensando en cuánto le duraría el agua. Al atardecer, olían fuertemente las menudas estrellitas de color gris azulado de la matiola, que bordeaban los dos parterres. El abuelo cultivaba sobre todo alhelí-sus flores adquieren las profundas tonalidades del terciopelo- y asters, que florecen hasta bien entrado el otoño, cuando comienza a cubrirlos la escarcha.

La reseda parece insignificante y no es especialmente bonita, pero Tomás la colocaba entre sus preferencias, porque, al igual que la orquídea silvestre, despierta el deseo de adentrarse en su olor y es lástima que sea tan pequeña: una reseda del tamaño de una col sería una maravilla aromática.

Como la abuela Misia consideraba que la enfermedad forma parte de aquellos males que no pueden sucederle a una persona normal, nadie aprovechaba las cualidades curativas del mundo vegetal. Aunque a la antigua despensa se la seguía llamando «la botica», nadie guardaba medicinas en sus cajoncitos, excepto unas flores de árnica, para aliviar los golpes, y frambuesas secas, que el abuelo tomaba en infusión para sudar cuando estaba resfriado. Tomás, quien a menudo comparecía lleno de golpes y rasguños, sabía que el mejor remedio eran las hojas de la abuela; aplicaba una de ellas sobre la herida y lo cubría todo con un trozo de tela. Si no se curaba, Antonina ensalivaba un trocito de pan y lo amasaba con telarañas: esto siempre daba buen resultado. La abuela Dilbin introdujo el uso del yodo, pero a Tomás no le gustaba porque escocía.

Las aficiones botánicas de Tomás no duraron más allá de una temporada. El herbario, concebido para convertirse en una obra monumental sobre la flora, adquiría siempre menos ejemplares nuevos, y las cartulinas suplementarias resultaron inútiles. Su atención había empezado a desviarse hacia los pájaros y los animales, hasta que se olvidó de todo lo demás. El cambio se produjo gracias a tía Helena, aunque es difícil precisar si su papel habría de reducirse al cumplimiento de los destinos del sobrino. Además, quien importa ahora no es tía Helana, sino el señor Romualdo.