Y, otra vez, hubo que sentarse a la mesa y volver a comer, ante la botella de krupnik: «Usted ya puede beber, ya no es un niño», decían, y añadían: «Bebamos a vuestra preciada salud». Levantaban las copas y el cristal tintineaba. Tomás tomó un sorbo, y los ojos se le llenaron de lágrimas, pues la bebida quemaba como si fuera fuego. En cambio, la señora Bukowski lo vació todo de un trago (hablando de tragos: más tarde, Tomás observó que la señora Bukowski se servía más de uno: simulaba buscar algo en el armario, y clúc, volvía a cerrarlo en seguida con el rostro acalorado). Dionisio llenaba una ronda tras otra, y tía Helena tampoco se quedaba atrás: la verdad es que no bebía como los demás, entornaba los párpados y sorbía el contenido de la copa como si fuera agua. Empezaron a hablar más alto y a contar chistes que él no entendía. En fin, tonterías de mayores: se aburría. Alguien empezó a canturrear. La señora Bukowska se levantó de un salto, corrió hacia la pared y volvió con una guitarra que estaba colgada sobre un tapete con un gatito bordado. Colocada en el centro de la habitación, marcando el ritmo con el pie, atronó a la concurrencia con su voz de bajo:
Animada por el éxito, se sentó y, pasando los dedos por las cuerdas, cantó la canción de Wurcel, acompañándose con unas lánguidas caídas de ojos. Tomás conocía esta canción, se la había oído a Antonina, y siempre le había producido cierta extrañeza. ¿Cómo alguien puede ser joven como una fresa si ha estado amando durante cuarenta años? De hecho, las palabras de la canción eran como sigue:
A decir verdad, todo esto resultaba muy ridículo en boca de la señora Bukowski, con su aire romántico, y aún más ridículo cuando pasó a cantar «Enganchad los cuatro caballos, pues voy a visitarla», con su estribillo «me voy-me voy- me voy-me voy». De todas maneras, Tomás prefería que se entretuvieran así en vez de ir llenando platos y copas. Se resignó a soportarlo, porque comprendió que había que armarse de paciencia: los mayores nunca pueden centrar su atención en una sola cosa. Él, en cambio, se interesó en seguida por un tema apasionante. Dionisio hablaba de una camada de lobos, no lejos de allí; al atardecer, había visto al más viejo rondar junto a los barrizales, de modo que seguramente por allí debían estar escondidos los cachorros; pero, cuando empezó a hacer más preguntas todo se diluyó en risas, palabras y ruido de platos. De todos modos, en Borkuny quedaba mucho por conocer e investigar, y, además, allí se sentía menos incómodo que cuando iban de visita a casa de los terratenientes. A la hora de sentarse a la mesa, no había que estar tan pendiente de los modales; le inspiraban confianza sus uñas enlutadas y sus manos callosas por trabajar en la tierra, así como la deferencia que mostraban hacia su tía y hacia él.
De las dos casas de los Borkuny, la del señor Romualdo era la más interesante: en la de su madre, hablaban sobre todo de cómo habían ido las cosechas, de qué se iba a sembrar, a qué precio se vendía el lino; en cambio, en la de él, se hablaba de caballos, perros y escopetas. Deseaba volver a ir allí cuanto antes, pero, al mismo tiempo, le turbaba aquel recuerdo: sólo con la mirada había expresado lo mucho que ella le gustaba -¿pero acaso siempre que alguien te gusta debes simular que no?. Volvieron cuando ya anochecía; tía Helena arreaba los caballos con las riendas y estaba alegre, aunque nada hacía suponer que había bebido demasiado. El crepúsculo, allí, entre aquella variedad de cosas que iban apareciendo a ambos lados de la carretera, era distinto al de Ginie: se llenaba de toda clase de voces, que provenían de los matorrales y los prados pantanosos; reclamos y gárrulos, ranas o patos salvajes, y muchos otros pájaros más. Los chotacabras pasaban ante ellos en su vuelo oblicuo. Tomás se sentía embargado por una piadosa emoción hacia todo aquel hervidero nocturno, hacia todos aquellos seres cuyas costumbres y cuyos asuntos, al estar ocultos, incitaban a la observación y a la investigación. Es tonto el que la gente se haya empeñado en hacer campos de cultivo por todas partes. En cuanto se llega a los campos, se acaba la belleza. Si de él dependiera, prohibiría arar la tierra, para que por todas partes sólo hubiera bosques, llenos de animales salvajes. Pensándolo bien, decidió que, cuando fuera mayor, crearía un país que no fuera más que bosque; no dejaría entrar en él a los hombres, o quizá sólo a algunos. ¿A cuáles, por ejemplo? A hombres como el señor Romualdo.
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La ocupación a la que se entregaba Tomás con especial fruición, cuando le daban permiso para ir a pasar unos días a Borkuny, podría despertar ciertas dudas. A algunos animales les protege el miedo que sienten al verlos los seres humanos, miedo o repugnancia, y no necesariamente a causa de un peligro definido; han perdurado hasta hoy vestigios de antiguos y tácitos acuerdos, o de ritos ancestrales. Actuar abiertamente contra aquel estado de cosas, en el que nada está sujeto a palabras, puede ser aconsejable, pero también puede no serlo del todo, y, si lo es, lo es tan sólo con la condición de no atraer sobre sí la venganza de lo desconocido. Tomás, a pesar de ello, trató de sobreponerse a aquellas dudas, pues estaba convencido de que actuaba como un caballero exterminador del Mal.
Estamos hablando de las víboras. En Borkuny, las había en cantidades extraordinarias, subían a las terrazas e incluso se introducían en las casas: el señor Romualdo encontró una debajo de su cama. Se ocultaban de preferencia en dos lugares. En un bosquecillo de abedules, junto al caminito que llevaba a la fuente, allí donde los árboles crecían muy espesos y cubría la tierra una capa de hojas secas; allí, entre aquella hojarasca, se escondían, y ya no había manera de encontrarlas. El caminito les servía de terraza para tomar el sol y, de allí, se iban seguramente a cazar ratones. Otra de sus ciudades quedaba en un rincón de la marisma, entre montículos de musgo debajo de los pinos jóvenes. Para buscarlas allí, Tomás tenía que ponerse las botas altas de Romualdo e introducirse en aquel terreno enemigo con el corazón ligeramente encogido al pasar junto a aquel musgo que le llegaba casi a la altura del rostro.