– ¿Y qué hay del padre de Tomás? -preguntó el párroco.
La sonrisa de José fue mas bien amarga.
– No vale la pena hablar de eso. Ese no volverá. Por el solo hecho de haber servido en su ejército, aquí iría a la cárcel. Seguramente también se llevará al hijo a su Polonia.
El párroco suspiró.
Se avergüenzan de pertenecer a un país pequeño. Sólo les importa ahora la cultura, las grandes ciudades. Pero Narbut sí que se sentía de allí. Aunque, en aquellos tiempos, la nacionalidad era otra cosa.
– Es como si la gente fuera presa de un encantamiento.
El padre Monkiewicz movía la cabeza en señal de desacuerdo.
– No, lo que ocurre es que, en el país, hay demasiadas mezclas. La vieja Dilbin, la abuela de Tomás, es de origen alemán. Y Prusia está llena de apellidos lituanos o polacos, cuando allí todos son alemanes. Esperemos que no salga nada malo de todo este lío.
José devolvió a Tomás la Historia de Lituania después de unos meses, y las conversaciones a las que su lectura había dado lugar indudablemente no quedaron registradas ni en la piel del lomo, ni en las rígidas páginas. Vuelta a colocar en el armario, la obra siguió impregnándose de olor a moho, mientras la recorrían pequeños insectos a los que les gusta la vida en la humedad y la penumbra.
José nunca fue a ver a Surkont para proponerle su silencio a cambio del maderaje para la escuela, aunque está comprobado que, durante mucho tiempo, llevó intención de hacerlo. La decisión no era fáciclass="underline" a un lado de la balanza, había que poner la propia finalidad inmediata del acto, o sea, la escuela y, al otro lado, unos principios y el bien de los más necesitados, que recibirían tierras, de haber parcelación. Se impusieron los principios. Pero esto no determinaba en absoluto qué medios se emplearían. Cabían tres posibilidades: una, comunicar abiertamente a Surkont que estaban al corriente de todo y que, en la ciudad, se diría, a quien había que decirlo, que lo que no es verdad, no es verdad. Es decir, sería como declarar la guerra; dos, no demostrar nada, actuar en secreto, y en secreto presentar la queja a las autoridades; y tres, esperar y, antes de entrar en acción, observar qué saldría de todas aquellas estratagemas. Esta última solución parecía la mejor, pues la precipitación es enemiga del sentido común y más de un problema se resuelve favorablemente con tan sólo un poco de paciencia.
37
Tomás poseía un Estado propio. De hecho, por ahora sólo lo tenía sobre el papel, pero en él podía arreglarlo y cada día cambiarlo todo a su gusto. La idea le vino mirando unos largos rollos de papel vegetal que el abuelo y tía Helena (quien ahora iba por allí a menudo) extendían encima de la mesa. Pintadas con acuarelas, podían verse figuras geométricas y líneas divisorias: eran los planos de las tierras pertenecientes a Ginie. Las superficies claras, uniformemente coloreadas, se transparentaban a través del papel.
El Estado de Tomás era totalmente inaccesible, rodeado por todas partes de barrizales, parecidos a los que habita la serpiente de cabeza roja. Debería estar totalmente cubierto de bosques, pero, tras pensarlo bien, decidió introducir en él un poco del claro verdor de los prados. No harían falta carreteras, pues una selva virgen atravesada por una carretera no sería una auténtica selva virgen, así que, para comunicarse habría una red de ríos unidos por líneas azules de canales y lagos. Las personas especialmente invitadas podrían pasar, claro está, pues había marcado unos pasos secretos entre los barrizales. Todos los habitantes -no muchos, porque el país se destinaría ante todo a cobijar cómodamente a los animales: bisontes, alces y osos- vivirían exclusivamente de la caza.
Llegaron los fríos otoñales, y Tomás se quedó sin mesa, pues la que estaba en la parte de la casa cerrada durante el invierno, la transportaron a la nueva ala. Junto a ella, estudiaban los planos y tenían lugar aquellas largas conversaciones en las que se repetía la palabra «reforma», y durante las cuales él temía las preguntas indiscretas de su tía Helena. Por eso, cuando se sentía amenazado, recogía sus mapas y papeles y se instalaba en la pequeña mesita del cuarto de la abuela Dilbin. Ésta no le molestaba en absoluto, porque estaba casi siempre en cama, enferma. A cambio, tenía que escuchar sus quejas y gruñidos, pues, según ella, todos la habían olvidado y se sentía como entre extraños; se moriría en aquel agujero y jamás volvería a ver a sus hijos, jamás. Maldecía a los lituanos por su infame ingratitud. Si Konstanty y Teodoro, y todo el ejército polaco, no hubieran luchado contra los bolcheviques, ya verían qué hubiera quedado de su Lituania. Y, por eso, el padre de Tomás y su tío recibían esa recompensa: no poder volver a su tierra natal, ni por unos días, como si fueran criminales. Sus cartas llegaban después de dar un gran rodeo por Letonia y, por lo tanto, con mucho retraso: entre Polonia y Lituania, incluso esto había sido prohibido. Para recibir pronto las cartas, hacía verdaderas comedias. Tomás observaba los subterfugios de que se valía para obligarles a mandar los caballos al pueblo para recoger el correo, si habían estado unos días sin ir. Simulaba estar a punto de morirse para que alguien fuera a buscar al doctor Kohn, hasta en días de grandes aguaceros. Luego, sus dedos temblaban al romper los sobres, parpadeaba aprisa, y unas manchas rojizas aparecían en sus mejillas.
Tomás no podía tomarla en serio, ni le impresionaban sus susurrantes quejas y, al mismo tiempo, sentía una especie de irritación cada vez que la oía hablar de su Konstanty. La abuela Misia y tía Helena decían de él que era un cara dura. Ahora había llegado a ser oficial de carrera, lugarteniente de los ulanos, lo cual indicaba que había mentido y no había dicho que sólo tenía tres cursos de bachillerato, porque, para ser oficial, hay que haber terminado los estudios secundarios. Con su perpetua manía de citarlo, la abuela se ponía en ridículo. También criticaba sin parar la vida en Ginie: que si estaba a merced de los Surkont, en una casa en la que ni siquiera se sirven comidas decentes, que si no tenía a quien dirigir la palabra, que si Antonina era allí la dueña, e incluso que si el tabaco casero que Tomás le cortaba en pequeñas tiras para liar cigarrillos era malo (pues, según ella, no tenían buen aspecto hasta que no recortaba con unas tijeras las hebras que sobresalían del tubito; cuando estaban colocados en la cajita, todos iguales, le gustaba removerlos). Tomás sólo escuchaba a la abuela con atención cuando le explicaba lo magnífico que sería cuando, por fin, viniera su madre y se los llevara de allí a los dos, a él y a ella.