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Muchos días a la semana, Tomás iba al pueblo a tomar clases con José. Cuando escribía cifras, se aplicaba mucho y deseaba que su maestro lo elogiara; no le importaba el hecho de que las dos abuelas y tía Helena no respetaran en absoluto a José. Éste alzaba los hombros cuando apoyaba los codos en la mesa; la nuez de su cuello musculoso subía y bajaba, y su aspecto de pesada solidez inspiraba confianza. Quizás era lo que más falta le hacía a Tomás; alguien que dijera: esto está bien, esto está mal, y él pudiera tener la seguridad de que era así.

De vez en cuando, aparecían funcionarios lituanos y, entonces, la abuela Misia y tía Helena se escondían, pues consideraban que no convenía recibirles con excesiva cortesía; no querían mancillarse con la poco adecuada compañía de aquellos «porquerizos», como les llamaban, ya que, más que verdaderos funcionarios, eran en realidad campesinos. Tomás miraba por la puerta entreabierta y los veía sentados con el abuelo, quien simulaba beber, para incitarlos a ellos a beber vodka. Luego, el abuelo subía a su coche hasta el granero, y allí Pakienas les cargaba uno o dos sacos de avena para sus caballos.

Estas visitas intensificaban las conversaciones sobre «negocios», en las que tomaba parte incluso la abuela Misia, mientras se balanceaba frente a la estufa, ora sobre un pie, ora sobre el otro. También por negocios el abuelo iba ahora a la ciudad. Colocaba el dinero y los documentos en una bolsa de tela, que se colgaba del cuello, y, para más seguridad, la sujetaba con imperdibles a la camiseta. Encima, se ponía la camisa, un jersey de lana y el chaleco.

Entre las puntas del cuello duro introducía el nudo de la corbata que sujetaba con una goma. De un bolsillo a otro del chaleco colgaba la gruesa cadena del reloj.

Como consecuencia de sus visitas a Borkuny, Tomás se dedicaba a escribir en un cuaderno especial, que parecía un libro, en la habitación de la abuela Dilbin o, si no podía aguantarla por más tiempo, en el comedor bajo la lámpara. Recortó con cuidado unas cuartillas de papel, pegó los bordes, les puso unas tapas de cartulina y escribió encima: Pájaros. Al hojearlo (cosa que nadie hacía, pues el valor de la obra consistía en que era secreto, y Tomás habría odiado al que se hubiese atrevido a hacerlo), se habrían encontrado, primero, con unos títulos, en letras más grandes y subrayadas, y, debajo, con letra más pequeña, la descripción. Le costó mucho vencer su inclinación por los garabatos; escribía con la pluma, despacio, sacando la lengua. Su esfuerzo fue coronado por el éxito, porque el conjunto no se presentaba nada mal.

Tomemos como ejemplo los picos. Ante todo, el que más le gustaba, y aparecía en invierno en el parque, era grande y de colores variados. Sólo una especie, la grande, tiene la cabeza roja. Así pues, escribía: «Pico dorsiblanco (Picus leucotos L.)» y, debajo: «Habita en bosques frondosos con viejos árboles decrépitos, así como en densos bosques de coníferas. En invierno, se acerca a los poblados».

O bien, «Pico negro {Picus martius L.), el mayor de la familia de los picos. Es negro, con una mancha roja en la cabeza. Anida en bosques de coníferas o abedules».

Tomás había visto un pico negro en Borkuny: no de cerca, pues no permite que nadie se le acerque; sólo se le puede entrever un instante entre los troncos de los abedules y el eco se lleva su agudo y chirriante crri-crri-crri.

De hecho, ignoraba que, después del nombre latino, se escribía «L.», o «Linni» en recuerdo del naturalista sueco Linneo, quien fue el primero en clasificar las especies, pero nunca dejaba de poner esta inicial para que su libro sobre los pájaros no se diferenciara en nada de otras clasificaciones sistemáticas. Los nombres latinos le encantaban a Tomás por su sonoridad: por ejemplo, el escribano (Emberisa Citrinella), o bien el zorzal (Turdus Pilaris), o el arrendajo {Garrulus Glandarius). Algunos de estos nombres se distinguían por tener una enorme cantidad de letras, y los ojos de Tomás debían saltar continuamente de su cuaderno a la página del antiguo tratado de ornitología para no dejarse ninguna. Ahora bien, si los repetía varias veces, sonaban muy bien: el cascanueces era nada menos que Nucifraga Caryocatactes, sin duda una palabra mágica.

Aquel cuaderno demostraba la capacidad de Tomás para centrar su atención en lo que le apasionaba. El esfuerzo valía la pena, porque encerrar un pájaro en un escrito y ponerle un nombre equivale casi a poseerlo para siempre. ¡Qué interminable cantidad de colores, tonos, chirridos, silbidos y aleteos! Al volver las páginas, lo tenía todo ante sus ojos, y Tomás actuaba ordenando, en cierta manera, aquel exceso de existencia. En realidad, en los pájaros, todo causa inquietud: sí, existen, pero ¿podemos simplemente afirmarlo y luego nada? La luz centellea en sus plumas cuando vuelan; del cálido amarillo interior de los picos, que los polluelos abren en su nido escondido entre las ramas, nos llega como una corriente de relación amorosa. Y la gente considera que los pájaros no son más que un detalle sin importancia, algo así como un adorno móvil, casi ni se fijan en ellos, cuando lo que deberían hacer ante semejantes maravillas, es dedicar toda su vida a una sola finalidad: meditar sobre la felicidad.

Esto (más o menos) es lo que pensaba Tomás, y ni la «reforma» ni los «negocios» le afectaban, aunque el apasionamiento con el que oía hablar de ellos le forzaba a tomarlo en consideración. Oía continuamente: «Pogiry», «Baltazar», «el prado», y era lo suficientemente listo como para entender de qué se trataba, aunque no le cayera bien. Deseaba, ciertamente, que al abuelo le salieran bien las cosas, pero habría preferido que no hablara de ello con tía Helena.

38

Baltazar engordaba a ojos vista. Algunos sufrimientos del alma propician la gordura y son quizás más dolorosos que aquéllos por los que se adelgaza. Cuando oyó hablar del célebre rabino de Szylely, al principio se lo tomó a broma, pero luego su risa se convirtió en una angustiosa duda: ¿sería prudente rehusar una ayuda que a lo mejor podía salvarlo? Decidió tan sólo esperar a poder hacer el viaje en trineo. Con las primeras nieves, llegaron las heladas, cogió frío en los trineos, entró en una taberna para calentarse, se emborrachó y pasó allí la noche, recostado en un banco. Por la mañana, ardor en el estómago, la carretera inhóspita, rígidas columnas de nieve en polvo que el viento, aullando, levanta en torbellino y que hieren con sólo mirarlas. Por fin, llegó a Szylely. La casa del rabino, grande, con el tejado de madera que se hundía de viejo, estaba al final de la calle; se llegaba a la puerta tras atravesar un patio inclinado. Ya en el vestíbulo, le rodearon tres o cuatro personas. Había un montón de gente, jóvenes y viejos, que le preguntaban de dónde venía y para qué. Dejó el látigo en un rincón, se desabrochó la pelliza, sacó el dinero y contó la cantidad que, según decían, había que dejar como ofrenda. Finalmente, le introdujeron en una habitación donde un hombre barbudo, con la gorra hundida hasta la frente, sentado detrás de una mesa, estaba escribiendo en un libro muy grande. Éste le dijo a Baltazar que él no era el rabino, pero que tenía que explicarle a él el motivo de su visita, y él se lo repetiría al rabino: era el reglamento. Entonces, Baltazar, indeciso, empezó a rascarse la melena despeinada y se sintió indefenso. Creía, a pesar de todo, en una especie de rayo que lo traspasaría y le revelaría toda la verdad, incluso a sí mismo. ¿Hablar? Apenas salieran unos pocos sonidos de su boca, se notaría la falsedad y la falta de medios para poder expresarse. Tendría que ir desgranando confesiones totalmente contradictorias y, para colmo, allí, ante aquel judío desconocido, que no cesaba de mover la pluma y ni siquiera le había pedido que se sentara (sólo al cabo de un rato le indicó una silla). De lo que Baltazar fue capaz de balbucear se desprendía que no sabía qué hacer consigo mismo, que vivía y no vivía y que se moriría si aquel santo varón no le ayudaba. El judío dejó la pluma a un lado, hundió la mano en la barba y le preguntó: «;Tienes hacienda propia? ¿Mujer e hijos?». Y, después, añadió: «¿Son los pecados los que no te dejan vivir? ¿Unos pecados muy graves?». Baltazar asintió, aunque no sabía bien si eran los pecados, el miedo u otra cosa lo que no le dejaba en paz. «¿Y rezas a Dios?», siguió indagando el judío. No entendió la pregunta. Si uno está mal y desea mejorar, es evidente que es Dios quien debería solucionarlo, pero ¿y si no quiere hacerlo? No hay manera de acceder a El. Baltazar iba a la iglesia, como es debido, y por eso movió afirmativamente la cabeza: sí, rezaba.