Luego, pasó mucho rato esperando otra vez en el vestíbulo apoyado contra la pared, mientras cantidades de personas entraban y salían, sacudiéndose la nieve de las botas. El griterío iba en aumento, y el aire parecía más espeso con tantas voces y tanta gesticulación, delante de sus narices. De pronto, desde dentro, se oyó una llamada, y toda la multitud, Baltazar incluido, volvió a entrar en tromba en la habitación donde estaba el escribiente; se abrió otra puerta y, entre apretujones, se encontró en otra habitación oscura, cuyo extremo opuesto, al fondo, estaba casi todo ocupado por una mesa negra. En medio de tanto ruido, rumor de pasos y exaltación, se oyó una orden: «¡Silencio!», y todas las voces repitieron: «¡Silencio! ¡Silencio!».
Por una puerta lateral, entró el rabino; detrás de él, el secretario barbudo. El rabino era menudito, con cara de jovencita: como la cara de Santa Catalina en un cuadro de la iglesia de Ginie. Junto a las mejillas, sus cabellos rubios y esponjosos formaban ricitos. Iba vestido de oscuro, su blanca camisa estaba abrochada debajo de la barbilla con un botón brillante; en la cabeza, llevaba un solideo de seda. Entró con aire azorado, los ojos bajos, pero, cuando su ayudante hizo una señal a Baltazar para que se acercara y el rabino levantó los párpados, le observó durante un tiempo con una mirada penetrante, echando un poco la cabeza hacia atrás y alisándose con la mano las solapas de su levita. Ante él, Baltazar se sentía como un gigante indefenso.
Sin dejar de mirarle de aquel modo, pronunció unas palabras en su lengua. La estancia se llenó de susurros; los que se apretujaban detrás de Baltazar se balancearon, y de nuevo se oyó: «¡Silencio! ¡Silencio!». El secretario tradujo al lituano:
– Él dice: «Ningún-hombre-es-bueno».
Y el rabino volvió a hablar al otro lado de la mesa, y el barbudo tradujo:
– Él dice: «El-mal-que-has-hecho-hombre-no-es-más-que-tu-propio-destino».
Baltazar sentía que le empujaban por detrás, en el silencio lleno de siseos y expectación, oía al barbudo:
– Él dice: «No-maldigas-hombre-tu-propio-destino-porque-quien-cree-que-tiene-el-destino-de-otro-y-no-el-propio-morirá-y-será-castigado-no-pienses-hombre-có-mo-podría-ser-tu-vida-porque-si-fuera-distinta-no-sería-la-tuya». Ha dicho.
Baltazar comprendió que esto era todo. Otro hombre se hallaba ahora frente al rabino y éste le hablaba. Abriéndose paso con dificultad entre la multitud, salió de la casa, furioso. ¿De manera que para aquello había hecho veinte verstas con aquel frío glacial? ¡Malditos judíos! ¡Y maldita su propia estupidez! Sin embargo, una vez pasado el pueblo, mientras su bota, que pendía más allá del travesaño inferior de los trineos, abría un surco en la blancura, su cólera desapareció. En su lugar, surgió una gran congoja. ¿Qué esperaba en realidad? ¿Un sermón de una hora, o unas pocas palabras? Daba lo mismo. Y esto no era lo peor, lo peor era aquella especie de vacío total, que hace que uno tenga ganas de aullar: ni trompetas de ángeles, ni lenguas de fuego, ni espadas que se bifurcan por su extremo como el aguijón de una serpiente. Sí, avanzaba por la carretera: a su espalda, casas; ante él, leños grises y el bosque; sobre él, nubes. Y él, ¿qué? ¿Tan sólo que había nacido, que moriría y que debería aprender a soportar su suerte? Lo mismo, siempre lo mismo, tanto si era un cura como si era un rabino. Pero nadie llegaba al meollo de la cuestión. ¡Qué felicidad si, ahora, de pronto, apareciera a la orilla del cielo la cabeza enorme de un gigante que hiciera una hondísima inspiración, y todo, Baltazar incluido, fuera tragado por sus fauces! Pero nada semejante ocurriría. ¿A qué viene irritarse contra el judío? Era un hombre como todos los demás, lleno de vana palabrería, ¿pero acaso habría alguien que supiera decir algo distinto? Aunque te sientas enloquecer de dolor, vendrán y te soltarán otro discurso. Han sabido inventar máquinas, pero, con excepción de aquel «nació y murió», no saben de hecho nada de nada.
Un poco más, y hasta llegaría a creer que algo positivo había sacado de su visita a Szylely. Las primeras palabras del rabino le habían infundido un poco de esperanza. ¿Quién sabe si todo el mundo sufre y siente remordimientos, sin confesarlo? Si todos se reunieran y se contaran unos a otros todos sus pecados, ¿no se sentirían mejor? Pero, ¿quién se atrevería a hacerlo? ¿Cómo? ¿Es que nadie es bueno? Seguramente acudiría también alguien con pecados leves. Pero no tener pecados, ¿es suficiente? Hmm, aquí se dio cuenta de que el judío era muy astuto y que aún tenía para rato de darle vueltas a la cuestión.
Se quitó los guantes y lió un cigarrillo. El caballo trotaba a buen paso y los cascabeles de la collera resonaban en el vacío. De unas varas de mimbre, saltó una liebre que se alejó brincando a lo largo del arroyo helado. Oscurecía, en el bosque era ya casi de noche, pero aún le dio tiempo para ver unas señales entalladas en los pinos. Estaban a punto de ser talados. Baltazar había leído en el periódico que el Gobierno había vendido mucha madera a Inglaterra. Aquel pino, por ejemplo, no llevaba entalladura. ¿Por qué? Porque estaba torcido. El tronco que, al principio creció recto, se inclinó de pronto horizontalmente, y de ese brazo se disparó hacia arriba un palo recto como una vela. Quizás el rabino se refiriera a esa clase de destino. El pino no tiene posibilidad de volver a empezar. Tiene que empezar a partir de lo que ya existe, aunque esté torcido. Lo demás puede ser recto. Y el hombre, ¿puede volver a empezar de nuevo desde el principio? Tampoco.