– No, hombre, volcarás la mesa, y luego ¿qué? Yo sé que lo que quieres en realidad no es esto, sino preguntar algo. Pregunta, te sentirás aliviado. Te echas esto en el gaznate, pero dejas de pensar sólo por un instante, mientras te quema la garganta. ¿Quieres saber?
Baltazar iba desmoronándose, con los brazos abiertos, sobre las tablas de la mesa, a merced de aquella comadreja débil, pero feroz.
– Cuando uno hace algo, ¿acaso es porque no habría podido actuar de otra manera? Eso es lo que te atormenta, ¿verdad? Si soy lo que ahora soy, es porque en ésa u otra circunstancia actué de ésa u otra manera. Pero ¿por qué actué de aquel modo? ¿No será porque, desde un principio, soy como soy? ¿Es por eso?
Bajo la mirada, que venía hacia él desde el espacio, y que iba adoptando distintos rostros a su alrededor, aunque fuera en sí inmutable, Baltazar asentía con la cabeza.
– ¿Te duele que la simiente sea mala y que de la simiente de una ortiga no crezca una espiga de trigo?
– Claro que sí.
– Te daré un ejemplo. Fíjate en una encina. La miras y ¿qué ves? ¿Debería crecer allí donde está?
– Sí, debería.
– Pero un jabalí habría podido hozar la tierra y comerse la bellota. Si miraras otra vez aquel mismo lugar, ¿pensarías que allí debería crecer una encina?
Baltazar se retorcía entre los dedos un mechón de pelo.
– No lo pensarías. ¿Por qué? Porque todo lo que ha ocurrido parece como si hubiera tenido que ocurrir sin que pudiera ser de otra manera. El hombre es así. Tú mismo, más tarde, te convencerás de que no habrías sido capaz de ir a la ciudad a contarle a las personas indicadas que Surkont declaró los bosques como prados y que intentó hacer trampa.
– Yo no pienso acusarle de nada.
– El Baltazar bueno ama a Surkont. No, lo que tú tienes es miedo de que tu queja no sirva para nada, porque él paga a los funcionarios y se enterará de todo, y entonces ya no te defenderá frente a su hija. Y también tienes miedo de ganar. Podrían anexionarte al bosque estatal y, aunque a lo mejor te nombraran guarda forestal, te preguntarían también para qué necesitas tú tantas tierras. No mientas. Y no te salvarás maldiciendo tu destino.
– Es que yo nunca sé por qué hago las cosas. Por ejemplo, una vez llamé a unos casamenteros, pero ya no recuerdo por qué. Y aquel… ruso… habría podido solamente darle un susto. No recuerdo.
– ¡Ah!
¡Aaah! Nunca sabremos luchar contra ese grito que resuena dentro de nosotros mismos. La mayor injusticia estriba en el hecho de que arranquemos la hoja del calendario, nos calcemos las botas, probemos los músculos del brazo y vivamos al día. Pero, al mismo tiempo, por dentro nos corroe el recuerdo de los propios actos, sin recordar sus motivaciones. Pues, una de dos: o esos actos tienen su raíz en nosotros mismos, en nuestro propio ser, que es el mismo de hoy, y entonces pasa a ser horrible convivir con él, pues hasta hace que nuestra piel huela mal; o es que los ha cometido otro, con el rostro oculto, lo cual es quizás aún más dramático, pues ¿por qué, debido a qué maldición, no podemos librarnos de él?
Baltazar preveía que Surkont se saldría con la suya
Eligió la inacción por cansancio, o por desconfianza hacia sí mismo, hacia su propia naturaleza, o hacia aquellos que solapadamente se infiltran en ella. Si se mantenía inactivo, tantos menos motivos tendría después para arrepentirse. Además, si ya se habían enredado las cosas, ¡que se acabaran de enredar de una vez por todas! Durante algún tiempo, llegó hasta a pegar a su mujer, pero luego desistió, y se encerró en sí mismo, pesado y silencioso. Quizá fuera razonable abandonar la casa y buscar con tiempo alguna tierra en otro lugar, acogiéndose a la reforma, pero ¿cómo volver a empezar de cero, cómo vivir en una choza cubierta de paja y empezar a construir una vez más?
¿Y para qué? ¡Que las cosas sigan como están! La partición no significaba que los Juchniewicz fueran forzosamente a vivir al bosque. También sabía, por otro lado, que, si a Surkont le ocurría algo, todo entonces dependería de la hija.
Su mujer, en un tercer alumbramiento, le dio una hija. Cuando la abuela la trajo de Pogiry para enseñársela, Baltazar pensó que no se acordaba de cómo había sido, ni en qué noche, ni si le había causado placer. La niña se parecía a un gatito, y a Baltazar. Celebró un bautizo fastuoso, y los invitados trataron de convertir en una broma el hecho de que se abalanzara con un cuchillo sobre alguien: él mismo no se enteró hasta el día siguiente, al despertar.
40
Los cascabeles tintinean, el caballo resuella, los trineos se deslizan sin ruido. Sobre el blanco manto de nieve, a ambos lados del camino, unas huellas. Un cuadrado torcido: es una liebre. Si el cuadrado se alarga significa que la liebre corre aprisa. La huella de un zorro sigue una línea recta -una pata tras otra- y trepa por la colina, allí donde la nieve reluce bajo el sol, hasta el bosquecillo de abedules de color azul violeta. Los pájaros dibujan tres líneas convergentes, a veces el rastro de la cola, o una señal borrosa de las plumas de las alas.
A causa del frío, la nariz de tía Helena se llenaba de venitas y sobresalía, más oscura, de la cara sonrosada, por encima del cuello de la pelliza. Ésta había perdido su colorido de origen y se había vuelto marrón, pero la de Tomás, aún muy nueva, recordaba por sus tonos vivos el pelaje veraniego de las ardillas. Por eso, y también porque era suave, a Tomás le gustaba frotarse la mejilla con la manga. La gorra con orejeras del abuelo, demasiado grande para él, le caía continuamente sobre los ojos, y Tomás se la levantaba una y otra vez con paciencia. Helena se cubría con un gorro redondo de borrego, color gris.
En Borkuny, los senderos junto a la casa se habían puesto amarillos por la nieve pisoteada; se veían salpicaduras de agua, rugosas, que se habían helado tras estrellarse en el suelo, y montones de estiércol de caballo entre los que correteaban a saltitos los gorriones. Barbarka, con sus largas medias de lana y sus zuecos, se afanaba en servir la mesa. Era la hora de la merienda. Los tres estaban sentados a la mesa; Tomás se aburría, se levantaba y se iba a mirar las armas de caza colgadas de la pared. Una especie de complicidad entre Romualdo y Helena ponía nervioso a Tomás. Le parecía descubrir entonces a otro Romualdo que no era tan bueno como había creído, que se hacía cómplice de los adultos y que prodigaba bromas, coreadas por las risitas entrecortadas de tía Helena. También le inducía a marcharse cuanto antes las idas y venidas de Barbarka quien, llena de ira, no se sabía bien por qué, se mordía los carnosos labios. Pero, si le obligaban a quedarse sentado a la mesa, se perdía hasta tal punto en sus sueños, que el «¡Come!» de Helena le producía un sobresalto. Nadie habría podido adivinar sus pensamientos, que no eran muy decentes. Las sonrisas y las invitaciones a comer y a beber le parecían poco naturales. ¿Por qué todos representaban una comedia, hacían muecas, se imitaban, cuando en realidad eran tan diferentes? Nadie enseñaba a los demás lo que tenía de auténtico. Cuando estaban reunidos, todos cambiaban. Por ejemplo, Romualdo, cuando se mostraba tal como era, decía: «Es hora de cagar», se agachaba junto a un árbol y luego se limpiaba con una hoja, sin esconderse de nadie; allí, en cambio, todo eran amabilidades y besuqueo de manos. Helena también se abría de piernas, y por ellas bajaba un chorrito; pero, allí, se comportaba como si no tuviera nada en aquel sitio, como si hubiera dejado aquella parte de sí misma en casa: tan noble y pura. Incluso Barbarka. ¿Por qué ella también? Barbarka, tan hermosa que hasta daba miedo, ¿también se agachaba, con sus mejillas arreboladas? ¿A ella también le salía aquello por allí, entre la pelambrera? Tomás temblaba cuando la miraba mientras se imaginaba aquellas cosas, pues de su frente lisa y de los rayos azules de sus ojos a aquello, no mediaba mucha distancia. Todos ellos sabían unos de otros que hacían aquellas cosas; entonces ¿por qué se comportaban como si no lo supieran? A decir verdad, cada una de aquellas visitas forzadas, en las que se veía obligado a presenciar sus aburridas muestras de buena educación, provocaba en él la misma actitud díscola, pero nunca tanto como en las visitas a Borkuny aquel invierno. ¡Qué bonito sería si todos se desnudaran, se agacharan unos frente a otros y se pusieran a hacer sus necesidades! ¿Seguirían diciendo bobadas demasiado tontas para que las dijeran cada uno por separado? No, les vencería el sentido del propio ridículo. La gran dosis de placer que le producía imaginar ese tipo de escenas se avivaba con el deseo de triunfar sobre cada uno de sus disfraces, de arrancarles sus pretensiones. Tomás se juró a sí mismo no ser nunca como ellos. Pero su protesta se dirigía sobre todo contra Helena, quien contagiaba al señor Romualdo, o lo forzaba a adoptar aquellas actitudes simiescas.