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No usaba corpiños, enaguas de lana, ni corsés. En invierno lo que más le gustaba era acercarse al fuego, arremangarse las faldas y calentarse el trasero: esta posición indicaba que estaba dispuesta a conversar. Este gesto de provocación hacia los buenos modales le impresionaba mucho a Tomás.

Los enfados de la abuela Misia quedaban sin duda en la superficie; dentro, en su interior, se ocultaba algo así como una carcajada; dejada de lado, apartada de los demás con indiferencia, debía de pasárselo en grande. Tomás imaginaba que estaba hecha de un material muy duro y que, en su interior, funcionaba una suerte de maquinita que no necesitaba cuerda, un ptrpeiuuru mobile, para el cual el mundo exterior era totalmente innecesario. Utilizaba toda clase de subterfugios para poder acurrucarse cómodamente dentro de sí misma.

Le interesaba por encima de todo cualquier forma de magia, los espíritus y la vida de ultratumba. Su única lectura eran las vidas de los santos, pero seguramente no buscaba en ellas simplemente el contenido; de hecho, la embriagaban, y la transportaban a un mundo de ensueño las palabras mismas, el sonido de las frases piadosas. Jamás le dio a Tomás lección alguna de moral. Por la mañana (si es que se decidía a abandonar su refugio, que olía a cera y jabón), se sentaba con Antonina e interpretaban sueños. Si se enteraba de que alguien había visto al demonio, o de que en la vecindad quedaba alguna casa deshabitada porque se oían ruidos de cadenas o el rodar de barriles, sentía una alegría indescriptible. Cualquier signo del otro mundo la llenaba de buen humor, pues era la prueba de que el hombre no está solo en la tierra, sino acompañado. En cualquier acontecimiento, por nimio que fuera, advertía augurios y señales de las Fuerzas. Hay que saber entender y comportarse; entonces las Fuerzas que nos rodean nos servirán y nos ayudarán. La abuela Misia sentía tal curiosidad por estos seres que nos rodean en el aire, y a los que codeamos continuamente sin darnos cuenta, que trataba de muy distinta manera a las mujeres del pueblo que conocían secretos y magias, e incluso les regalaba trozos de tela o una rodaja de embutido para tirarles de la lengua.

Se ocupaba muy poco de la hacienda, lo suficiente como para poder controlar al abuelo y vigilar que no se llevara algo para sus protegidos, pues él solía hacerlo, a escondidas, para evitar discusiones. Nunca hacía nada por nadie -las necesidades de los demás no le pasaban siquiera por la imaginación-; libre de remordimientos y consideraciones sobre cualquier tipo de obligación para con el prójimo, simplemente vivía. Si Tomás conseguía alguna vez hacerle una visita en la cama, en la alcoba cerrada con una cortina, junto al reclinatorio de madera labrada y la almohadilla de terciopelo rojo, se sentaba a sus pies y se apoyaba en sus rodillas cubiertas con una manta (no podía sufrir los edredones acolchados); entonces, sus ojos aparecían rodeados de arruguitas, las mejillas coloradas sobresalían más que de costumbre, y todo eran muestras de cordialidad y presagios de historietas divertidas. A veces, alguna de sus travesuras provocaba su enfado, le llamaba malo y payaso, pero no le impresionaba porque sabía que la abuela le tenía afecto.

Los domingos, para ir a la iglesia, se ponía unas blusas oscuras que se abrochaban hasta el cuello con corchetes, más arriba de la chorrera. Usaba una cadenita de oro con cuentas menudas como cabezas de alfileres, y el medallón, que a veces le dejaba abrir (no contenía nada), se lo guardaba en el bolsillo junto a la cintura.

6

Distintas clases de Fuerzas observaban a Tomás a pleno sol, entre el verdor, y lo juzgaban según el campo de sus conocimientos. Aquéllas que poseen el don de salirse fuera del tiempo, movían melancólicamente sus transparentes cabezas, porque eran capaces de apreciar las consecuencias del éxtasis en el que vivía Tomás. Estas Fuerzas conocen, por ejemplo, las composiciones con las que los músicos han tratado de expresar la felicidad; pero, para apreciar la vanidad de sus esfuerzos, basta con acercarse a la cama de un niño que acaba de despertar, en una mañana de verano, oyendo por la ventana el silbido del mirlo, un coro de cacareos, cloqueos y graznidos desde el corral, todas las voces en medio de la luz que nunca acabará. La felicidad es también el tacto: con los pies desnudos, Tomás pasaba desde la lisa superficie de la madera del suelo hasta el frescor del mosaico de piedra en el corredor y la redondez del pavimento en el sendero, sobre el que se secaba el rocío. Hay que tener en cuenta que era un niño solitario, en medio de un reino que podía variar a su antojo. Los demonios, que se encogían rápidos cuando él se acercaba y se escondían debajo de las hojas, se comportaban como las gallinas que, cuando se asustan, estiran el cuello y muestran su ojo inexpresivo.

Sobre el césped, en primavera, aparecían unas flores llamadas «llavecitas de san Pedro». A Tomás le gustaban mucho: la hierba uniformemente verde y, de pronto, esa claridad amarilla, sobre un tallo desnudo, realmente como un manojo de pequeñas llaves, y en cada una un pequeño círculo rojo. Las hojas de la parte baja eran arrugadas, agradables al tacto, como el terciopelo. Cuando en los parterres florecían las peonías, las cortaban con Antonina para llevarlas a la iglesia. Hundía en ellas su mirada y todo él hubiera deseado introducirse en aquel palacio rosado; el sol atraviesa sus paredes y, al fondo, entre el polvillo dorado, corretean los menudos insectos: uno de ellos se le introdujo una vez en la nariz por haber aspirado el perfume con demasiada fuerza. Saltando sobre una pierna, seguía a Antonina cuando iba a buscar carne a una gruta excavada en tierra, en el jardín. Bajaban por una escalera de madera, y Tomás disfrutaba palpando con los dedos de los pies el frío de las losas de hielo extraídas del Issa y cubiertas de paja. Afuera, un calor agobiante; allí, todo tan distinto, ¿quién hubiese podido adivinarlo? Le costaba creer que la gruta no seguía más adentro y que terminaba allí, con aquella pared de obra que rezumaba humedad. Y también los caracoles. Por los senderos mojados después de la lluvia, pasaban de un césped a otro, dejando atrás una huella de plata. Si se les cogía con la mano, se escondían en su caparazón, pero volvían a salir en seguida si se les cantaba: «Caracol, col, col, saca los cuernos y ven al sol». Si todo esto les gustaba a los mayores, era de una manera, como podían fácilmente comprobarlo las Fuerzas, en cierto modo vergonzante; por ejemplo, ensimismarse contemplando la anilla blanquecina sobre el caparazón de un caracol, decididamente no era cosa de adultos.

A Tomás el río le parecía inmenso y lleno de ecos: las palas de las lavanderas golpeaban tac-tac-tac y, a lo lejos, otras les contestaban, como si hubiera un tácito acuerdo para comunicarse a distancia. Era toda una orquesta, y las mujeres nunca se equivocaban; cada nueva lavandera que entraba cogía en seguida el ritmo. Tomás se refugiaba entre los arbustos, subía al tronco de un sauce y solía pasar horas enteras escuchando y contemplando el agua. En la superficie, correteaban las arañas, alrededor de cuyas patas se forman pequeños hoyos. Estaban también las cantáridas, gotas de metal tan resbaladizas que el agua no las mojaba, que bailaban dando vueltas, siempre dando vueltas. Iluminados por un rayo de sol, bosques de plantas en el fondo y, entre ellas, bancos de pececillos que se dispersan en todas direcciones y vuelven a reunirse: movimientos de cola, fugas, otros movimientos de cola. A veces, desde el fondo, subía hasta la luz un pez mayor que los demás, entonces el corazón de Tomás empezaba a latir de emoción. Saltaba en su rama cuando, en el centro del río, se oía un chapoteo, luego un brillo fugaz y unos círculos que iban agrandándose. Como algo extraordinario, pasaba a veces una barca: aparecía y desaparecía tan aprisa que no le daba ni tiempo de observarla. El pescador se sentaba muy al fondo, casi en el agua, movía su remo de dos palas y arrastraba tras de sí una cuerda.