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La señora Bukowski criaba gran cantidad de patos. Un detalle dio que pensar a Tomás. Los patos se paseaban alrededor de la casa picoteando la hierba, o bien procuraban revolcarse en una pequeña concavidad que se llenaba de agua después de las lluvias; aparte de esto, no tenían más que barro húmedo, que, en tiempo seco, se resquebrajaba en grietas zigzagueantes. «¿Por qué no se acercarán al lago?» preguntó. Víctor hizo una mueca algo despreciativa, y su respuesta, una vez extraída de su balbuceo habitual, venía a decir; «¡Bah. si lo supieran!». Ignoraban que allí mismo existía un paraíso donde podrían bucear en un agua cálida llena de algas, de anchas hojas desparramadas sobre las soñolientas profundidades y de escondrijos entre los juncos. Al contemplar sus picos planos, que avanzaban dando chasquidos, y aquella expresión en las mofletudas mejillas, Tomás sentía compasión de su ridícula limitación. ¿Había algo más fácil que ir paseando hasta el lago? Llegarían allí en diez minutos. Hasta unos años más tarde, Tomás no fue capaz de llevar hasta el final su incipiente y poco claro pensamiento filosófico: los hombres eran unos infelices. Igual que aquellos patos.

La belleza de aquella primavera en la que cumplió doce años no escatimó a Tomás ciertas inquietudes, y quizás, en cierta medida, incluso contribuyó a fomentárselas. Por primera vez, advirtió que él mismo no era del todo él mismo. El uno era tal como él lo sentía en su interior, y el otro, el exterior, el corpóreo, era tal como había nacido, y en éste nada dependía de él. Cuando Barbarka lo llamó «tonto» desconocía su admiración por ella, porque, de haberla sabido, no le habría herido de aquella manera. Lo juzgaba por su exterior, y esa dependencia de su propio rostro («Tomás tiene la cara como un culo tártaro»), de sus gestos y de sus movimientos, que deben asumirse, le pesaba cruelmente. ¿Y si él no fuera como los demás, sino peor, organizado de otra manera? Romualdo, por ejemplo, es musculoso, seco, tiene las rodillas prominentes. Tomás se tocaba los muslos y los encontraba demasiado gruesos. Se ponía de perfil frente a un espejo y se miraba el trasero demasiado saliente, pero, si oía de pronto unos pasos, fingía que sólo pasaba por allí, sin detenerse a mirarse. El pelo de los demás crecía a ambos lados de la raya, pero por mucho que él se cepillara y tratara de peinarse, tenía tan poco éxito como si se tratara de peinar un perro a contra pelo.

De modo que vivía dentro de sí, como en una prisión. Si los demás se burlan de nosotros es que no son capaces de penetrar en nuestra alma. Llevamos en nuestro interior nuestra propia imagen, unida al alma, pero, a veces, una sola mirada peculiar puede romper esa unión y mostrarnos que no, que no somos como nos gustaría ser. Además, se vive dentro de sí mismo y, al mismo tiempo, observándose desde fuera, con dolor. Así pues, Tomás añoraba aún más su Reino de la Selva, cuyo plano guardaba en un cajoncito cerrado con llave. Tras pensarlo con detención, llegó a la conclusión de que no admitiría en él a mujer alguna, ni Helena, ni la señora Bukowski, ni Barbarka. Los hombres también saben entornar los ojos y mirar fríamente, pero lo hacen tan sólo cuando establecen esa especie de relación con las mujeres y únicamente en su presencia. Cuando su espíritu se dirige a nobles fines, los hombres no se preocupan de pequeñeces, como por ejemplo, del aspecto externo de la gente.

Las hojas de los tilos junto a la casa de Ginie se transformaron de menudas yemas en grandes manos verdes, y taparon la campanilla colgada en el interior de una casita carcomida, colocada muy alto en la bifurcación de un tronco.

Tomás no recordaba que la hubieran usado nunca; jamás se colgó de ella ninguna cuerda y nadie hubiera podido alcanzarla Por la tarde, durante los oficios del mes mariano, la luz que penetraba en la iglesia a través de la ventana era amarilla, y las flores exhalaban un suave perfume alrededor de la imagen azul de la Virgen.

Llegan las lluvias veraniegas, tras las cuales los caminos quedan encharcados en un barro color chocolate, en los que se abren paso los últimos hilillos de agua. Al pisar con el pie desnudo, entre los dedos aparece como una pasta blanda. Luego, el agua rellena la huella cóncava dejada por el talón.

44

La ventana de la habitación de la abuela Dilbin estaba abierta, y los ruiseñores cantaban entre las malezas junto al estanque, aunque todavía había algo de luz. Ella se despertó de un sueño pesado lleno de visiones. Le parecía que alguien estaba junto a su cama. «¡Arturo!», gritó. Pero no había nadie, y se dio cuenta por fin de que se encontraba allí, que habían pasado los años y que las letras doradas sobre la losa de la tumba debían de haberse borrado con las lluvias.

Bronia Ritter, con sus rubias trenzas, cazaba una mariposa en el cristal de la ventana, a la que luego soltaba, y contemplaba las sombras de la noche en el techo, y dos mechones de pelo blanco descansaban sobre la almohada. Las paredes de su casa en Riga la protegían del mal, y el tiempo no penetraba por ellas. Tras una infancia demasiado feliz, suele caerse en un precipicio, sin poder creer aún que sólo eso es lo verdadero y que ya no resonará la risa alegre que transformará lo irrevocable en una broma. ¿Qué significaba todo aquello? La cucharilla que extiende la mermelada en el pan, la falda de seda tornasolada de la madre, la hermana que le pone un lazo en el pelo, suena el timbre de la puerta, y el padre deja sobre la consola su bolsa a cuadros, que siempre lleva cuando vuelve de visitar a sus pacientes. ¿Por qué, a partir de allí, se le asignaba aquel camino y no otro? Imposible aceptar que éste fuera precisamente su destino. Pero hay que reconocer los hechos, aunque no puedan comprenderse. Tan sólo una triste novela que en seguida se dejará a un lado. No, no puede dejarla a un lado. Pero, ¿por qué precisamente yo?

Luego, esa larga caída. Todo ocurrió aquel día, al volver de la iglesia con Arturo, mientras la nieve se fundía sobre sus pestañas. La vacilante luz de las velas oscilaba en los candelabros y los tablones de madera crujían en la casa, que desde entonces pasaría a ser su casa. «¡No, no!» Era como descubrir que la muerte existe. Las guirnaldas de papel con las que se adorna el árbol de Navidad, el villancico cantado a coro, y las flores y los aros de los niños en el jardín, se rompen, se diluyen y, por debajo, aparece la crueldad, que es lo único auténtico. «¡No! ¡No!». Así sería por los siglos de los siglos. Arturo era bueno. Pero ella estaba supeditada a la fuerza, a la terrible organización del mundo al que él se había acostumbrado. El olor a tabaco y a cuero la introducían en un mundo en el que cada uno no es sino un objeto, en el que la práctica de agradables tradiciones resulta una falsedad que oculta torpemente la crudeza de la ley. Y, entonces, surge la pregunta, llena de asombro: ¿de modo que es así? Nadie se rebela contra ello, todo ha sido sacralizado y reconocido de ese modo, a pesar de que ninguna palabra crea la unión o lo cambie todo.