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A decir verdad, no sabía quién era Arturo, ni siquiera cuando, en su rostro, que parecía de cera, los bigotes proyectaban su sombra, mientras ella colocaba los cirios junto a su féretro, pensando a pesar suyo: «Es una cosa». Un resorte cargado de energía que actuaba según sus propios principios. Solía mitigar su violencia chupando la caña de su pipa. No le gustaba hablar de sí mismo. En la espalda, llevaba la cicatriz de unos latigazos. «Fue después de una revuelta en el presidio» comentaba farfullando. Esa era toda la explicación que sabía dar. Había viajado, en trineo tirado por renos, allí donde siempre es de noche o siempre de día, en las tundras de Siberia. Durante la Revolución, había vivido en los bosques, erguido y delgado como siempre, vestido con su amplio casacón y su cinturón de ancha hebilla. Recordaba con satisfacción a un oficial ruso de los dragones cayendo del caballo, muerto por él; le había disparado con su fusil de caza una sola vez, como si se tratara de un jabalí. La puntería había sido siempre para él motivo de orgullo. Dejó notas y cuentas que indicaban: «Para Matilde Zidonis, 50 rublos». «ParaT. K., 20 rublos.» Ella sospechaba que la había estado engañando, pero nunca se lo demostró. En el testamento, encontraron unos legados sin una clara motivación para algunos campesinos de las aldeas circundantes: sus hijos.

Las fechas se mezclaban en su memoria, inviernos, primaveras, pequeños acontecimientos, una enfermedad, invitados, Teodoro había nacido en el año 1884… Sí, ella aún no tenía diecinueve años. ¿Acaso había llorado el día en que supo que había muerto ahogado Konstanty, con quien habría sido feliz? Seguramente no. Quedó inmóvil, ensimismada, contemplando el interior de algo, al igual que se contemplan los torbellinos de un torrente, o las llamas de un hogar. En su cofre, guardaba el cuaderno de la clase de dibujo; en él había un solo dibujo de Konstanty. Hasta hoy lo guardaba allí, en el cofre.

Un ruiseñor cantaba a todo pulmón y otro le respondía. Por la ventana entraba humedad. Todo lo que ha sido pierde fuerza, se tambalea y se desvanece, y entonces el hombre reza pidiendo ayuda, porque duda de haber vivido. Si la estrella que se enciende en el cielo verdoso está realmente a millones de millas de distancia, si tras ella gravitan otras estrellas y otros soles, y si todo cuanto nace pasa sin dejar rastro, entonces sólo Dios puede salvar del absurdo el pasado. Aunque sólo fuera un pasado de dolor. Con tal de que se lo pudiera distinguir de un sueño.

– Tomás, cierra la ventana, entra frío.

Su voz chirriaba, como las bisagras de una puerta que se abre despacio. Tomás captó aquel tono nuevo. Hacía ya mucho tiempo que la observaba: los dedos cruzados y, junto a la barbilla, las mejillas caídas, separadas de aquélla por un surco; el cuello era delgado, con dos pliegues de piel. Ella volvió su rostro hacia él, los ojos, como de costumbre, no del todo ocupados por lo que había ante ella.

Era su nieto. ¿Buena, o mala sangre? ¿La virilidad y la turbulencia de Arturo, o su temor a la dureza de todo aquello que nos hiere aquí en la tierra? ¿Acaso poseerá la sangre de esos salvajes? Ella tenía la culpa de que Teodoro no fuera como su padre, sino blando y en realidad débil. También se sentía culpable con respecto a Konstanty. Y aquel chico podría acabar siendo como Konstanty, si salía a ella.

– Szatybelko ha traído una carta. Está aquí, mira.

En una esquina de la mesilla de noche, cubierta de medicamentos, había unas cuartillas y, debajo, un sobre. La letra inclinada, irregular, de la que Tomás no sabía descifrar ni una sola frase, era de su padre. El escrito, en el que algunas letras habían sido repasadas con tinta para hacerlas más legibles, era de su madre.

– Mamá dice que ahora vendrá seguro, dentro de dos meses a lo sumo.

– ¿Por dónde entrará? -preguntó Tomás.

– Ya lo tiene todo previsto. Sabes que la frontera está cerrada, de modo que legalmente no puede entrar. Pero dice que conoce una aldea por donde podrá hacerlo.

– ¿Y nosotros nos iremos con ella, por allí, o por Riga?

La abuela buscó el rosario que yacía en algún lugar junto a ella. Tomás se inclinó y se lo dio. Se había caído al suelo.

– Irás tú solo. Yo ya no necesito nada.

– ¿Por qué dice eso, abuela?

Sintió una gran indiferencia y, precisamente por eso, rabia contra sí mismo.

La abuela no contestó. Gimió y trató de incorporarse. Tomás se inclinó sobre ella y trató de ayudarla. Su espalda encorvada en la camisola de fustán y las hondas arrugas del cuello por detrás de las orejas…

– Estas almohadas. Se hunden. ¿Podrías levantarlas un poco?

A la piedad que sentía Tomás le faltaba plenitud. Habría querido que fuera más auténtica, pero para ello habría tenido que esforzarse, y le irritaba el hecho de sentirla como algo tan artificial. Ahora la abuela le parecía menos irritante que de costumbre. No se detuvo a pensar por qué, era como menos transparente, sin todas aquellas astucias suyas, demasiado fáciles.

– Hay muchos ruiseñores este año -observó la abuela.

– Sí, abuela, muchos.

Ella empezó a pasar las cuentas del rosario, y Tomás no sabía si irse o quedarse.

– ¡Cuántos gatos! -dijo ella por fin-. ¡Cómo es que estos pájaros no tienen miedo de cantar!

45

¿Realmente no hay testigos? La hierba tupida, aplastada por la suela del zapato, se yergue lentamente a medida que se pisa otras briznas; luego, el roce de las varitas rugosas contra la caña de la bota; un tordo, que había huido asustado, vuelve al lugar donde estaba buscando gusanos de tierra. Y aquellos dos, sentados en el fondo de un pequeño pozo, cuyas paredes están cubiertas de espesas hojas. Por encima de sus cabezas, pasan lentamente unas nubecillas. Un brazo oscuro rodea las espaldas protegidas por una blusa blanca. Una hormiga trata de liberarse del peso que le ha caído encima inesperadamente.

Es la época del año en que el cuclillo aún deja oír su cucú, pero ya su trino parece a menudo una carcajada, poco antes de enmudecer hasta la primavera siguiente. Nadie cuenta sus llamadas, que son el presagio de los años que aún quedan por delante. Todo son susurros en lo más hondo del bosque y ligeros tintineos de espuelas.

Pero he aquí que se acercaba, andando lentamente, el mago Masiulis. Llevaba una bolsa de tela colgada del hombro, en la que recogía hierbas. Se inclinaba, dejaba a un lado su bastón y, con una pequeña navaja, arrancaba una raíz que le serviría para alguno de sus fines ocultos. Oyó el sonido de una voz humana. Dio unos pasos, apartó unas hojas y, sin ser visto, entornó los ojos con expresión de burla, pues el gesto con el que la mujer ponía en orden su vestido significaba simplemente: aquí no ha pasado nada. Era un acto aislado para siempre y, ahora, empezaría a hablar de cosas anodinas, como si acabara de volver de una de esas aventuras con las que una suele tropezarse durante un paseo por los reinos de la noche. Masiulis, soltó las ramas, retrocedió hasta la linde del bosque, se sentó en una piedra y encendió una pipa.