Masiulis no estaba exento de pasiones. Por lo que de él se sabía, había alimentado con burlas su sabiduría y, a decir verdad, también con desprecio. Con desprecio hacia la naturaleza humana, incluyendo la suya propia. En cierta ocasión, comentó con alguien (evidentemente cuesta adivinar por qué lo hizo) que el hombre era como una oveja sobre la que Dios habría colocado otra oveja de aire, y la oveja de verdad no quería de ninguna manera ser ella misma, sino la otra. En esta frase radicaba sin duda la clave de sus magias. Cuando se tiene esta imagen del hombre, no es de extrañar que se quiera ayudar a las ovejas siempre que tengan dificultades para mantenerse en el aire.
Masiulis no tenía motivo alguno para ver con simpatía a la pareja que había sorprendido en el bosque. Siempre que dos personas se apartaban de aquel modo de los demás, él se sentía en cierto modo ofendido, pues era como si a ellos les pareciera que sólo a ellos les ocurría algo como aquello. Quizás no llegara a sentirse ofendido, pero sí le divertía y le incitaba a la mordacidad. Después de todo, cuando dos perros se comportan de un modo indecente a la vista de todos, se les apalea, pues sus largas lenguas y su expresión dulzona permiten suponer que no tienen en absoluto sentido del propio ridículo; sólo piensan en su placer y se quedan allí, protegidos por la seguridad de que nadie más que ellos experimenta aquello en aquel momento. En cuanto a la pareja del bosque, Masiulis masculló con enfado: «¡Mira la yegua ésa!», y aquel desprecio iba dirigido al púdico gesto de Helena Juchtiiewicz mientras se arreglaba el vestido.
Por una curiosa coincidencia, pocos días después, Barbarka fue a ver a Masiulis para pedirle ayuda, porque nadie más podía aconsejarla, o curarla. Masiulis no preguntaba, como el cura en el confesionario: «¿Cuántas veces, hija mía?», porque sabía que son muchas las veces, aunque, a decir verdad, el padre Monkiewicz, cuando escuchaba los pecados de sus parroquianos, lo único que esperaba oír era un fuerte propósito de enmienda. Un fuerte propósito de enmienda consiste en ese suspiro que lanzamos hacia Dios para que contemple nuestro ferviente deseo de librarnos del gusto de pecar, para que luego, cuando volvamos a caer en las mismas tentaciones, no lo tome demasiado mal. Puesto que lo ve todo, ve también que, en realidad, somos unos ángeles que ceden en contra de su voluntad a las necesidades del cuerpo, pero que no lo aprueban plenamente y se entristecen por estar hechos de ésa y no de otra manera. En cuanto abandonaba el confesionario, Barbarka, como todos, sabía que había descargado parte del fardo, pero que se aprestaba a cargar con otro.
Para el problema que le había caído en suerte a Barbarka existen métodos femeninos conocidos y probados: por ejemplo, añadir a la comida un poco de sangre de menstruación, y el hombre a la que va destinada queda como atado por unos hilos invisibles. Pero este sistema no habría dado resultado, o lo que necesitaba Barbarka era contar sus penas a alguien. El brujo la recibió bien y habló mucho rato, mientras a ella se le deslizaban las lágrimas, de vergüenza también, por las manos. Si Romualdo se enterara de que había ido a ver a Masiulis con esa historia, la pegaría con todo el derecho del mundo, porque, de hecho, lo que hacía Masiulis era sublevarla contra él. A su antiguo rencor se mezclaba el recuerdo de lo que había visto aquel día al espiar a aquella pareja. Por eso, no le dio el filtro de amor, que se hierve y luego se va echando de a poco en la comida; en cambio, le aconsejó que dejara de pensar en aquel viejo asqueroso, gentilhombre traidor que se sentía atraído por las señoras de la nobleza.
Al volver a casa, Barbarka tenía los ojos hinchados. Pero, en el sendero que atravesaba el bosquecillo, se detuvo y, con el pie descalzo, borró, pensativa, las huellas de unos cascos de caballo. «¡Bah!, ¿Qué sabrá él? ¿Acaso conoce a Romualdo?» No, y ella, en cambio, sí. Hay secretos que no pueden revelarse a nadie. Es viejo, es cierto. Pero ¿quién hay como él…? Dobló el dedo gordo del pie y recogió con él arena y pinocha. No, hay que hacerlo de otra manera.
Barbarka tenía veintidós años. Sus faldas revoloteaban, rozando sus muslos, mientras caminaba con creciente seguridad. Alzaba la barbilla, y los labios se le hinchaban en una sonrisa que denotaba fuerza. Se detuvo allí donde se abría la vista sobre los edificios de las dependencias y recorrió con la mirada los tejados, las poleas del pozo y el huerto de árboles frutales, como si fuera la primera vez.
Evidentemente, había que hacerlo de otra manera. Cómo, ya lo vería más adelante. Por ahora, no había trazado más que un esbozo de sus decisiones, pero ya era suficiente. Es saludable llorar, como ella acababa de hacerlo en casa de Masiulis. Algo da la vuelta en nuestro interior y, como en un relámpago, vemos el error de soportar nuestro destino con humildad. ¿Marcharse lejos de Borkuny? ¡De ninguna manera!
Así pues, la visita al brujo no había sido inútil, sólo que el resultado había sido el opuesto al que había deseado. Masiulis se había dejado llevar demasiado por sus propias pasiones, que eran saludables mientras incitaban a la sabiduría, pero no cuando lo dominaban. Su comportamiento fue claramente contrario a su vocación.
Romualdo estaba frente al establo arreglando un arado a golpes de martillo. Ya en la cocina, Barbarka se lavó la cara con la palma de la mano en el agua del cubo y se miró en un espejo. No quería que se notara nada. Para hacerlo con habilidad, tenía que sorprenderlo. Se pasó la lengua por los labios para que no parecieran resecos.
46
Lucas Juchniewicz lloriqueaba, sentado en un rincón del sofá. Se enternecía con la misma facilidad con que caía presa de la tristeza.
– Pero, querido Lucas -trataba de consolarlo la abuela Misia-, aún no ha ocurrido nada, a lo mejor no procederán a la parcelación.
– Sí, la harán -gemía-. Seguro. ¡Sinvergüenzas, ladrones, nos echarán a la calle con un saco a la espalda! ¿Dónde nos meteremos, pobres de nosotros? -y se secaba los ojos con el revés de la mano.
La hacienda, que desde hacía tiempo arrendaban los Juchniewicz, tenía, de hecho, que ser parcelada por no se sabe qué ley de reforma agraria, y no era fácil negarle a Lucas la razón. Tía Helena estaba sentada a su lado con una sombra de suave resignación en la mirada. El abuelo, sentado frente a ellos en una silla, carraspeaba.
– Os trasladaréis a vivir aquí, naturalmente. Incluso será mejor; nos ayudaréis en la hacienda. Además, con esta reforma, es preferible que Helena viva aquí.
– Pero José nos ha denunciado -suspiró Helena.
– Ese sinvergüenza, ya os lo decía yo. Tus lituanos son todos así -la abuela Misia se dirigía al abuelo, imitando burlonamente su modo de hablar-: esa gente buena, querida, no hará nada malo. ¡Sí, yo les daría con un látigo -¡con un látigo!-, y ya veríais si aprenderían!