– Un pecado -murmuró.
– ¿Qué pecado? -y el sacerdote acercó el oído a sus labios.
– He dudado… de que Dios… existe y de que… me escucha.
Sus dedos se cerraron sobre la manga del sacerdote.
– Un pecado.
– Te escucho.
– No he amado… a mi marido… Que me perdone.
Es muy difícil avanzar entre la niebla. Y añadió, apenas un murmullo de hojas:
– Mi hijo… diré…
El sacerdote alzó una mano: «Ego te absolvo», dijo en voz alta. El blanco círculo de la hostia se acercaba a ella en la tenue luz de la contraventana entreabierta.
Una pelota cae en la grava del sendero, rebota, encuentra la mano que la esperaba, la hierba brilla bajo el rocío de la mañana, los pájaros cantan, muchas generaciones de pájaros han pasado por allí desde entonces, la abuela Mohl, enterrada en el panteón familiar, en Imbrody, devana un ovillo de lana y llama: «Broncia, separa las manos, así» y arrolla la suave hebra alrededor de sus muñecas. Ella le había regalado a Broncia, en cierta ocasión, una cruz de coral con una pequeña ventanita en el centro. Al acercar el ojo a ella, la mirada penetraba en una habitación donde se celebraba la Santa Cena. Jesús parte el pan, y unos rayos inmateriales surgen de su cabeza en todas direcciones, sobre el fondo de una pared agrietada. Las cosas grandes y pequeñas se igualan: aquella mirada hacia el interior del coral con venitas más claras y una voz de mujer en el exhausto amanecer del alumbramiento («¡Un hijo!»)… Las barras de trineo rechinan, el miedo al espacio y los movimientos de Cristo no fueron, sino que son; el tiempo se reduce, ya nada mide el reloj o la arena de la clepsidra. Los labios ya no tienen la fuerza de abrirse; desde allí, desde afuera, llega la ayuda, la oblea se pega a la lengua, se abre el coral, y ella, que se ha vuelto pequeña, se acerca allí, a la mesa, y Él mismo le tiende una mitad de la rebanada de pan que acaba de partir. Lejos, lejos, en otro país, yacen sus pies que el padre Monkiewicz toca, con aquel dedo grande y ancho de hijo, de nieto de labradores y segadores, humedeciendo su piel con el óleo.
Siempre que el párroco se encontraba a la cabecera de un agonizante, tenía el presentimiento de que no estaba solo junto a la cama, sino que también los Seres Invisibles estaban sentados allí, en fila, o en cuclillas, o agitándose en el aire -agitación y golpes de espadas. Aquellos a quienes atrae el dolor se complacen en los efluvios de la desesperación que se elevan allí donde el futuro se desvanece. Todo lo que insinúan con sus susurros tiende a reforzar en el hombre el cuidado de sí mismo y a atraparlo en sus propias redes. Al mismo tiempo, al desplegar ante él visiones de felicidad, le enseñan la Necesidad, que no había sabido dominar. No es de extrañar, pues, que se mantengan a la espera de la maldición que arrancarán de sus labios el fraude de su vida pasada y la falsa promesa de libertad. Haciendo la señal de la cruz, el sacerdote ahuyentaba a esos seres que insisten en exigir pruebas y más pruebas, con el fin de vencer cuando se pone en cuestión al Dios Oculto. ¡Dame una señal de tu poder, y entonces creeré que no me encamino hacia la nada, hacia la podredumbre de la tierra! Así rastrean y procuran que este pensamiento sobreviva a la progresiva desaparición de todos los demás pensamientos.
Pero, en la mesilla de noche de Micaela Surkont, quedó aquella carta, prueba de que las oraciones no son escuchadas. Si el hecho de haber engendrado a un fruto mancillado reforzaba en Broncia Ritter la convicción de ser peor que los demás, la carta la habría sin duda reafirmado aún más en su dolor. ¿Era justo no habérsela entregado? Quizá lo que se le exigía era la superación de la suprema dificultad: confiar aun cuando le había sido ya claramente negada toda razón de hacerlo. Al apiadarse de ella y evitarle el golpe, la gente la ayudaba de la única forma en que puede hacerlo la gente; es decir, impartiéndose ilusiones los unos a los otros, porque la crueldad de las sentencias venidas desde arriba acostumbra a parecer siempre excesiva.
– ¿Duerme?
– Acaba de dormirse.
El doctor Kohn dejó unas dosis de morfina y explicó cómo tenían que utilizar la jeringa en caso de que no cedieran los dolores. Cuando, a lo largo de sus frecuentes visitas, le preguntaban sobre la naturaleza de aquella enfermedad, contestaba primero: «Probablemente un cáncer», y luego sencillamente: «Cáncer». Su presencia, a esas alturas, ya no podía suponer un alivio. Sí, en cambio, la presencia del padre Monkiewicz, pues, cuando él se retiró, el pecho de la enferma se movía con una respiración sosegada. El sacerdote recogió los faldones de su sotana y se sentó en el comedor, junto a la mesa, donde se sentía más seguro. Tras algunos comentarios de circunstancia, expresó la opinión de que había sido un buen año para el centeno.
– El barómetro indica lluvia -suspiró el abuelo-. ¡Ojalá tengamos tiempo de entrojar!
Y le acercó la mermelada.
El párroco tenía unas ganas enormes de saber algo acerca de las complicaciones político-familiares.
– ¡Pobre señora Dilbin! Encontrarse así, sin sus hijos. Pero qué remedio, si están lejos.
Y no se atrevió a decir más.
– Están lejos -asintió el abuelo-. Ya sabe, el hombre va allí donde encuentra trabajo.
– Y, naturalmente, el mundo no es en todas partes igual a este agujero -la abuela no perdía ocasión para mostrarse cáustica con el país.
– Sí, ya se sabe, el deber es el deber.
El párroco atribuyó naturalmente a una gentileza del señor Surkont el saco de harina que encontró en su coche -un regalo muy bien recibido antes de la siega-, pues ella, aquella bruja avariciosa, sabía muy bien que él jamás se habría atrevido a reclamar bienes terrenales. Tomás colocó la cabezada al caballo y le introdujo el bocado entre los labios verdecidos por el heno que había estado mordisqueando. Un suave olor a miel llegaba desde los tilos, en los que se afanaban las abejas, hurgando entre sus flores zumbantes. Entretanto, Broncia Ritter erraba lentamente por los límites del tiempo.
51
Se necesita mucho oficio para colocar las gavillas en el largo carro de adrales, casi como para construir una casa. Cuando el edificio está terminado, se pasa el nudo corredizo de una cuerda por el extremo de una viga, que los años han vuelto lisa y escurridiza. Sirve para prensar la carga con el fin de evitar que se caiga cuando el carro se ladea. Generalmente, dos hombres tiran de la cuerda por atrás para que la viga se apoye con firmeza; es peligroso, porque, si la viga se les escapara, podría romperles el lomo a los caballos. Finalmente, el carretero se coloca arriba de todo; al conducir, ve ante sí los caballos pequeños como ardillas. Al entrar por la puerta del troje, el conductor se acuesta encima de las gavillas: es la única manera de pasar. Esos fajos rectangulares y amarillos se balanceaban todo el día a lo largo de la alameda y, cuando rozaban los avellanos, dejaban tras de sí, colgadas de sus ramas, largas briznas de paja. El aire era pesado, y las nubes bajas se hinchaban; antes del anochecer, empezó a llover. La lluvia fue aumentando en intensidad y, toda la noche, no cesó el aguacero.