Maddy detestaba el estilo de Newbury, que tampoco le caía bien como persona. Las pocas veces que se habían visto, se había mostrado arrogante y paternalista con ella.
– Es seco, soso y no tiene ningún atractivo ante las cámaras -dijo, desesperada-. Dios santo, dormirá a los espectadores. Hacía que hasta los conflictos de Oriente Medio pareciesen aburridos.
– Es un reportero experto.
– Igual que Greg. Nuestros indices de audiencia nunca habían sido tan altos.
– Tus índices de audiencia nunca habían sido tan altos, Mad. Los suyos empezaban a bajar. No quise preocuparte, pero Greg habría conseguido que cayeras junto con él.
– No lo entiendo -dijo ella-. Y no sé por qué no me lo dijiste.
– Porque no quería disgustarte. Esto es un negocio, Mad. Así es el mundo del espectáculo. Tenemos que mantener la vista fija en nuestros objetivos.
Sin embargo, Maddy seguía deprimida cuando regresó a su despacho y llamó a Greg.
– No puedo creerlo, Greg. Nadie me lo contó. Cuando vi que eran las diez y no habías llegado, pensé que estabas enfermo. ¿Qué diablos pasó después de mi partida? ¿Cabreaste a alguien?
– Que yo sepa, no -respondió él, afligido. Le gustaba trabajar con Maddy, y ambos sabían que el programa era un éxito. Pero Greg entendía mejor la situación-. A la mañana siguiente del día que te fuiste, Tom Helmsly -que era el productor ejecutivo del programa- me llamó a su despacho y me dijo que habían decidido dejarme marchar; o sea, para ser exactos, que me despedían. Dijo que tú y yo estábamos demasiado unidos y nos habíamos vueltos demasiado informales, que en las altas esteras opinaban que empezábamos a recordar a Abbot y Costello.
– ¿De dónde sacaron eso? ¿Cuándo fue la última vez que tú y yo hicimos un chiste en el programa?
– Hace tiempo, pero creo que la palabra clave aquí es «unidos». Parece que alguien piensa que mantenemos una relación demasiado personal. Joder, Maddy, tú eres mi mejor amiga. Y tengo la impresión de que hay alguien en tu vida a quien eso no le hace gracia. -No lo dijo con todas las palabras, pero fue como si lo hubiera hecho.
– ¿Te refieres a Jack? Greg, eso es una tontería.
Maddy no podía creerlo. No era razón suficiente para echar a Greg, y Jack jamás pondría en peligro el programa por razones personales. Sin embargo, era extraño que hubiesen elegido a Brad Newbury como sustituto. Se preguntó si Greg pensaba que Jack estaba celoso de él, pero eso le parecía imposible.
– Puede que te suene absurdo, Mad, pero eso se llama «aislamiento». ¿Nunca se te había ocurrido? ¿Cuántos amigos tienes? ¿Con qué frecuencia ves a otras personas? Conmigo no tenía alternativa, porque trabajábamos juntos. Pero se ocupó de alejar a todos los demás, ¿no? Piensa en ello.
– ¿Por qué iba a querer aislarme?
Parecía confundida, y Greg se preguntó si debía insistir en el tema. Él había advertido el problema hacía tiempo, pero era obvio que ella no lo veía, así que dio por sentado que intentaba negarlo.
– Quiere aislarte, Mad, con el fin de controlarte. Él dirige tu vida, toma decisiones por ti y jamás te consulta los asuntos del programa. Ni siquiera te comunica que os vais de viaje a Europa hasta la noche anterior. Por el amor de Dios, te trata como a un títere, y cuando no le gusta lo que haces, te dice que eres escoria y que sin su ayuda volverías a vivir en una caravana. ¿Cuántas veces te ha dicho que sin él no serías nadie? ¿No te das cuenta de que es una mentira podrida? Sin ti, él tendría el informativo de menor audiencia de todas las cadenas de televisión. Si algún día decides dejar la WBT, las cadenas más importantes del país se disputarán tu persona y podrás trabajar en la que elijas. ¿A qué te suena eso? ¿A un marido enamorado, o a algo mucho mas familiar?
Ella nunca se había permitido atar cabos de esa manera, pero al oír a Greg se sintió súbitamente asustada. ¿Y si era cierto que Jack trataba de aislarla? De pronto recordó todas las ocasiones en que le había dicho que era su «dueño». Se estremecía solo de pensarlo.
– Suena a maltrato psicológico, ¿no? -dijo en voz apenas audible.
– Bueno, ahí tienes tu gran noticia. ¿Alguna otra novedad? -dijo Greg-. ¿Vas a decirme que nunca lo habías pensado? No te pega palizas los sábados por la noche, pero no necesita hacerlo porque te controla de otra manera, y cuando te portas mal o no le gusta lo que haces, te lleva a Europa, te retira de la cadena durante dos semanas y me despide a mí. Creo que estás casada con un déspota. -No dijo «con un hombre que te maltrata», pero para él significaba lo mismo.
– Es posible que tengas razón, Greg -dijo, debatiéndose entre el deseo de defender a Jack y el de entender a su ex compañero de trabajo. Greg no le había pintado un cuadro bonito, pero ella no discrepaba con él. Sencillamente, no sabía qué hacer.
– Lo siento, Mad -musitó Greg. Maddy significaba mucho para él, y hacía mucho tiempo que le enfurecían las cosas que le hacía Jack. Lo que más le entristecía era que ella no parecía darse cuenta de nada. Pero Greg sí. Y estaba convencido de que esa era una de las razones por las que lo habían echado. Era demasiado peligroso para estar tan cerca de Maddy-. Lo que te está haciendo equivale a maltratarte.
– Eso parece -admitió ella con tristeza-. Pero no estoy segura. Quizá estemos sacando las cosas de quicio, Greg. Jack no me pega. -Sabía que esa no era la única forma de maltratar a alguien, pero no quería ver ni oír lo que ocurría. Sin embargo, resultaba difícil pasarlo por alto.
– ¿Crees que te respeta?
– Creo que me quiere -fue su respuesta automática, influida en gran medida por el reciente viaje a Europa-. Creo que desea lo mejor para mí, aunque no siempre acierte en lo que hace.
Greg no estaba de acuerdo, y lo único que pretendía era que ella analizase la vida que llevaba con Jack.
– Yo pienso que los hombres a menudo aman a las mujeres que maltratan. ¿No te parece que Bobby Joe te quería?
– No.
No podía creer que Greg estuviese comparando a Bobby Joe con Jack. Era una idea aterradora, y no quería escucharla. Una cosa era que Jack la maltratase; otra, oírselo decir a Greg. Hacía que el horror de los malos tratos volviese a parecer pavorosamente cercano.
– Bueno, es posible que no te quisiera. Pero piensa en algunas de las cosas que te hace Jack. Te lleva de aquí para allá como si fueses una cosa, un objeto que ha comprado y pagado. ¿Demuestra amor cuando te dice que sin él no serías nada? Y pretende que te lo creas. -Lo peor era que ella lo creía, y Greg lo sabía-. Maddy, intenta convencerte de que es tu dueño.
Al oír esas palabras, Maddy sintió un escalofrío. Era lo mismo que le había dicho Jack en Europa.
– ¿Por qué lo dices?
– Porque no me está maltratando a mí y no es mi dueño, Maddy. Quiero que me hagas un favor.
Ella pensó que iba a pedirle que hablase con Jack para que este lo reincorporara al trabajo. Y estaba dispuesta a hacerlo, aunque dudaba que Jack la escuchase.
– Haré lo que me pidas -prometió.
– Te tomo la palabra. Quiero que vayas a las reuniones de un grupo de mujeres maltratadas.
– Eso es una tontería; no lo necesito. -La sugerencia le sorprendió.
– Quiero que decidas eso después de haber ido. Creo que no tienes mucha idea de lo que te está pasando ni de lo que te están haciendo. Prométeme que lo harás. Yo te buscaré un grupo. -Era exactamente lo que ella había intentado hacer por Janet McCutchins, pero esta tenía el cuerpo lleno de cardenales. No era su caso-. Pienso que te abrirá los ojos. Si es necesario, te acompañaré.
– Bueno… tal vez… si encuentras uno… ¿Y si alguien me reconoce?
– Puedes decir que vas a acompañarme a mí. Maddy, mi hermana pasó por esto. Intentó suicidarse dos veces antes de comprender lo que le estaba ocurriendo. Yo la acompañé. Era como una reposición de Luz de gas. Y tenían cuatro hijos.