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– Estaré en contacto.

Puso la radio del coche, pero durante cinco minutos repitieron lo mismo una y otra vez. Tras un breve titubeo, Maddy llamó a Bill para darle la noticia.

– No puedo hablar mucho -explicó rápidamente-. Debo mantener la línea libre. ¿Te has enterado?

– Acabo de oírlo por la radio. Dios mío, no puedo creerlo.

Lo de Kennedy se repetía, aunque para Maddy era peor. No se trataba solo de un hecho histórico o político; ella conocía a los protagonistas.

– Estoy yendo hacia Bethesda. Te llamaré.

– Cuídate.

No tenía necesidad de cuidarse, pues no corría peligro. Pero Bill se lo dijo de todas maneras, y después de colgar se quedó contemplando el jardín por la ventana y pensando en ella.

Durante las cinco horas siguientes, la actividad de Maddy fue una locura. En el hospital había una zona restringida para los periodistas y puestos de café en el exterior. El secretario de prensa acudía a hablar con ellos cada media hora. Todos trataban de entrevistar a los empleados del hospital, pero de momento no había novedades ni historia.

El presidente había entrado en el quirófano a mediodía y a las siete de la tarde aún no había salido. La bala le había perforado un pulmón y causado daños en un riñón y el bazo. Milagrosamente, no había tocado el corazón, pero el presidente sufría una importante hemorragia interna. Y nadie había visto a la primera dama, que estaba esperando a su marido en la sala de recuperación, observando la intervención mediante un circuito cerrado de televisión. No había nada más que decir hasta que el paciente saliera del quirófano y los médicos pudiesen evaluar su estado. Estos calculaban que seguiría allí hasta medianoche. Y Maddy también, por lo tanto.

En el vestíbulo había más de un centenar de fotógrafos sentados en los sofás, las sillas, sobre los bolsos de las cámaras e incluso en el suelo. Por todas partes había vasos de cartón y bolsas de comida rápida. Un grupo de reporteros esperaba en el exterior del edificio, fumando. Parecía una zona de guerra.

Maddy y el cámara que le habían asignado se habían apostado en un rincón de la sala y conversaban en voz baja con un grupo de periodistas conocidos, reporteros de otras cadenas y de periódicos importantes.

Había hecho un resumen de la noticia en la puerta del hospital para el informativo de las cinco. A las siete la habían filmado en el vestíbulo. Elliott Noble estaba en el estudio y se comunicaba con ella regularmente. Maddy volvió a salir en antena en las noticias de las once, aunque no pudo decir nada nuevo. Los médicos que atendían al presidente se mostraban moderadamente optimistas.

Era casi medianoche cuando Jack la llamó al móvil.

– ¿No puedes conseguir algo más interesante, Mad? Por Dios, esto es un muermo, estamos emitiendo siempre lo mismo. ¿Has intentado ver a la primera dama?

– Está esperando fuera del quirófano, Jack. No la ha visto nadie más que los agentes del servicio secreto y el personal del hospital.

– Entonces ponte una bata blanca, joder. -Como de costumbre, la presionaba para que hiciera las cosas mejor.

– No creo que nadie tenga más información que nosotros. Todo está en manos de Dios.

Aún no sabían si el presidente sobreviviría. Jim Armstrong no era joven, y curiosamente ya le habían disparado antes. Pero la vez anterior vez solo había sufrido una herida superficial.

– Supongo que esta noche te quedarás allí -dijo Jack. Era más una orden que una pregunta, pero Maddy ya había previsto quedarse.

– Quiero estar aquí por si pasa algo. Habrá una conferencia de prensa en cuanto acabe la intervención. Nos han prometido que hablaremos con uno de los cirujanos.

– Llámame si hay alguna novedad importante. Ahora me voy a casa.

Seguía en la cadena, como la mayoría del personal. Había sido una jornada interminable y todo indicaba que les esperaba una larga noche. Pero si el presidente no se recuperaba, los días siguientes serían aún peores. Por el bien de la primera dama, Maddy esperaba que saliera de esta. Lo único que podían hacer ahora era rezar. Todo estaba en manos de Dios y de los cirujanos.

Después de la llamada de Jack, Maddy tomó otro café. Había bebido litros de café y no había comido prácticamente nada en todo el día. Pero estaba demasiado afligida por lo sucedido para sentir hambre.

Al cabo de un rato llamó a Bill, y al ver que no respondía enseguida se preguntó si estaría durmiendo. Cuando por fin contestó, Maddy notó con alivio que no tenía voz de dormido.

– ¿Te he despertado? -preguntó.

Él la reconoció en el acto y dijo que se alegraba de oírla. Había visto todos los boletines emitidos desde el hospital y tenía el televisor encendido por si Maddy volvía a aparecer.

– Lo siento, estaba en la ducha. Deseaba que me llamases. ¿Cómo va todo?

– No hay novedades -respondió, cansada pero contenta de hablar con él-. Estamos sentados, esperando. Debería salir del quirófano en cualquier momento. No puedo dejar de pensar en Phyllis.

Maddy sabía cuánto amaba la primera dama a su marido. Todos lo sabían, pues ella no lo ocultaba. Llevaban cincuenta años casados, y Maddy no soportaba la idea de que su matrimonio acabase de esa manera.

– Supongo que no has podido verla, ¿no? -preguntó Bill, aunque no había visto a la primera dama en ningún informativo.

– Está arriba. Ojalá pudiese verla, no por nosotros, solo para decirle que estamos a su lado -respondió Maddy.

– Estoy segura de que ya lo sabe. Dios, ¿cómo es posible que pasen estas cosas? A pesar de todas las medidas de seguridad, de vez en cuando nos dan un susto como este. Vi la cinta del atentado en cámara lenta. El tipo salió de la nada y le disparó. ¿Cómo está el agente herido?

– Lo operaron esta tarde. Dicen que su estado es estable. Tuvo suerte.

– Espero que Jim también la tenga -dijo Bill con tono solemne-. ¿Y tú? Debes de estar agotada.

– Casi. Hemos estado toda la tarde de pie, esperando una novedad.

Ambos recordaron el atentado contra John Kennedy en Dallas. Había sucedido cuando Bill estaba en su primer año de universidad, y antes de que Maddy naciera, pero ella había visto la filmación.

– ¿Quieres que te lleve comida? -preguntó Bill con tono de preocupación. Maddy sonrió.

– Aquí hay unos dos mil donuts y toda la comida rápida de Washington. Pero gracias por el ofrecimiento. -Vio que un grupo de médicos se acercaba a un micrófono y le dijo a Bill que tenía que colgar.

– Llámame si pasa algo. Que no te preocupe despertarme. Estaré aquí si me necesitas.

A diferencia de Jack, que se había limitado a quejarse porque los boletines eran aburridos.

Uno de los médicos llevaba bata verde, gorro y polainas de papel, de modo que Maddy dedujo que acababa de salir del quirófano. En cuanto subió a la tarima que habían montado en el vestíbulo, todos los periodistas se congregaron a su alrededor.

– No vamos a dar ninguna noticia dramática -dijo con seriedad mientras las cámaras empezaban a enfocarlo-; tenemos razones para ser optimistas. El presidente es un hombre fuerte y sano, y desde el punto de vista médico la operación ha sido un éxito. Hemos hecho todo lo que hemos podido y los mantendremos informados durante la noche. El presidente está fuertemente sedado, pero cuando lo dejé comenzaba a recuperar el conocimiento. La señora Armstrong me ha pedido que les dé las gracias a todos. Ha dicho que lamenta mucho que tengan que pasar la noche aquí -añadió con una sonrisa cansina-. Eso es todo por el momento.

El cirujano se bajó de la tarima sin hacer más comentarios. Ya les habían advertido que no habría preguntas. Los médicos no disponían de más información. El resto estaba en manos de Dios.

El móvil de Maddy sonó en cuanto el médico se hubo marchado. Era Jack.

– Hazle una entrevista.

– No puedo, Jack. Ya nos avisaron que no responderían preguntas. Ese hombre ha estado operando durante doce horas y nos ha dicho todo lo que sabe.