No sabía si estaba cerca de los pies o de la cabeza de la joven, y lo último que deseaba era derribar un bloque de cemento encima de ella o del niño. Sin embargo, hacer hablar a Anne era casi tan difícil como mover las piedras.
Maddy hablaba incluso sola mientras empujaba y escarbaba. Dio un empujón tan fuerte que estuvo a punto de hacerse daño y, sorprendentemente, movió un enorme bloque de cemento, creando un espacio lo bastante grande para introducir el torso en él. Comenzó a reptar por él y casi de inmediato supo que había encontrado a Anne. Su voz sonaba muy cercana, y de repente tocó a Andy. Estaba tendido a pocos centímetros de la mano de su madre, moviéndose libremente. Maddy no podía verlo, pero lo examinó a tientas y lo estrechó contra su cuerpo. El niño dejó escapar un grito de horror. Maddy no sabía si estaba herido, pero volvió a dejarlo en el suelo y continuó reptando hacia Anne. La joven estaba callada cuando la tocó. Ni siquiera sabía si seguía respirando.
– Anne… Anne… -Le acarició la cara y palpó su cuerpo con cautela hasta que creyó entender lo que había ocurrido. Una enorme viga aplastaba el tronco de la chica que, a juzgar por la humedad de su ropa, estaba sangrando. Sobre sus piernas había otra viga. Estaba atrapada, y aunque Maddy trató frenéticamente de liberarla, no lo consiguió. Las vigas eran más pesadas que los bloques de cemento, y no sabía que encima de las vigas había piedras-. Anne… Anne… -continuó llamándola mientras el niño lloriqueaba a su lado.
Finalmente, la joven despertó y habló.
– ¿Dónde estás? -No sabía qué había pasado.
– Aquí, a tu lado. Y Andy está bien. -Lo estaba al menos si se lo comparaba con su madre.
– ¿Nos han encontrado?
Anne empezaba a perder el sentido otra vez, y habida cuenta de las heridas que debía de haber sufrido al caerle encima las vigas, Maddy tenía miedo de sacudirla.
– Todavía no, pero lo harán. Te lo prometo. Aguanta.
Maddy volvió a coger a Andy en brazos y lo estrechó contra su pecho. Luego, con el fin de convencer a la joven de que no se diese por vencida, se tendió a su lado y colocó la carita del niño junto a la de ella, como seguramente habrían hecho al nacer el pequeño. Anne se echó a llorar.
– Voy a morir, ¿no?
No había una respuesta cierta para esa pregunta, y ambas lo sabían. Anne no tenía ya dieciséis años. En unos instantes había alcanzado la madurez, y bien podría haber tenido cien años.
– No lo creo -mintió Maddy-. No puedes. Tienes que ser fuerte por Andy.
– No tiene padre -le confió Anne-. Se desentendió de él. No lo quería.
– Mi hija tampoco tuvo un padre -dijo Maddy, tratando de tranquilizarla.
Por lo menos hablaba. Lizzie tampoco había tenido una madre, pensó Maddy con culpa, pero no habló de ello con Anne.
– ¿Vives con tus padres? -preguntó, empeñada en hacerla hablar.
De repente notó que el niño había dejado de llorar. Le puso un dedo bajo la nariz y comprobó con alivio que respiraba. Estaba dormido.
– Me escapé de casa a los catorce. Soy de Oklahoma. Cuando nació Andy, llamé a mis padres, pero ellos me dijeron que no querían saber nada de ninguno de los dos. Tienen otros nueve hijos, y mamá dice que solo le he dado problemas… Andy y yo vivimos de la Seguridad Social.
Era un drama, pero no tan terrible como el que estaban viviendo en esos momentos. Maddy se preguntó si sobrevivirían o si los encontrarían mucho después de que hubiesen muerto y pasarían a formar parte de una historia siniestra. Pero no iba a permitirlo. El niño y su jovencísima madre tenían derecho a vivir. Salvarlos era su único objetivo.
– Cuando Andy crezca, le contarás lo que pasó aquí. Pensará que eres maravillosa y valiente, y con razón… Estoy orgullosa de ti -dijo conteniendo las lágrimas y pensando en Lizzie.
Se habían encontrado después de diecinueve años, y ahora cabía la posibilidad de que Lizzie volviera a perderla. Pero no debía pensar en esas cosas. Tenía que mantener la mente clara, y mientras hablaba con Anne notó que comenzaba a marearse. Se preguntó cuándo se quedarían sin aire, si comenzarían a jadear o simplemente se sumirían en un sueño, apagándose como velas. Comenzó a tararear en susurros para tranquilizar al bebé y a Anne. Pero la joven se había dormido otra vez, y nada de lo que Maddy hacía servía para despertarla. Cuando la tocó, Anne gimió, de modo que supo que seguía viva. Sin embargo, todo parecía indicar que estaba consumiéndose rápidamente.
En el exterior del edificio, Bill por fin había localizado al equipo de la cadena. Se identificó y descubrió que estaba hablando con el productor que había atendido el teléfono un rato antes. Ahora estaba dirigiendo a los cámaras y reporteros.
– Creo que Maddy está dentro -dijo Bill con aflicción-. Me dijo que iba a venir a comprar papel de regalo.
– Yo tuve el extraño presentimiento de que estaba aquí -confesó Rafe Thompson-, pero me dije que era una locura. Aunque no habría podido cambiar nada. Están haciendo todo lo posible para sacar a la gente que quedó atrapada.
Rafe se preguntó de dónde se conocían Bill y Maddy, hasta que él le dijo que ambos eran miembros de la comisión de la primera dama. Al productor le pareció un buen tipo. Había pasado horas ayudando a los equipos de salvamento. Tenía el abrigo destrozado, la cara sucia y las manos ensangrentadas. Todos estaban nerviosos y agotados. Era más de medianoche y Maddy no había aparecido aún. Rafe había hablado varias veces con Jack, que seguía gritándoles desde el Ritz Carlton. La desaparición de Maddy no lo había conmovido: había dicho que seguramente estaría «tirándose a alguien» y que, cuando la encontrase, la mataría. Rafe y Bill temían que la gente que había puesto la bomba ya lo hubiese hecho. De momento, nadie se había atribuido el atentado.
La cadena no había mencionado la posibilidad de que Maddy estuviese atrapada entre los escombros del centro comercial. No tenía sentido dar esa información hasta que estuvieran seguros de ella. A las cuatro de la mañana, los equipos de salvamento habían hecho grandes progresos. Después de ocho horas de trabajo incansable, poco antes de las cinco, rescataron a un hombre llamado Mike. Parecía sangrar por todas partes, pero tras horas de excavar túneles y mover vigas y bloques de cemento había salvado a cuatro personas. Al salir, contó a los hombres que lo rescataron que había oído a otras dos mujeres pero no había conseguido llegar hasta ellas. Se llamaban Anne y Maddy, y una de ellas estaba con un bebé. Antes de que se lo llevaran en la ambulancia, hizo lo que pudo para orientar al personal de salvamento sobre el paradero de esas mujeres. Rafe lo oyó y fue a contárselo a Bill, mientras los trabajadores volvían a entrar para seguir las vagas instrucciones de Mike.
– Está dentro -dijo con tono sombrío.
– Dios mío… ¿La han encontrado? -Temía preguntar si estaba viva o muerta, y la expresión de Rafe no era tranquilizadora.
– Todavía no. Uno de los hombres que acaban de rescatar dijo que había dos mujeres… una de ellas es Maddy. Ella le contó que era reportera de televisión y le dio el nombre de la cadena.
Los temores de ambos se habían confirmado, pero solo podían esperar. Durante dos horas más, observaron cómo sacaban cadáveres, supervivientes con miembros amputados y niños que deberían ser identificados por unos padres histéricos. A las siete, Bill se echó a llorar. Ya no podía creer que Maddy siguiese viva. Habían pasado casi once horas. Se preguntó si debía llamar a Lizzie, pero no tenía nada que decirle. A esas alturas el país entero estaba al tanto de lo ocurrido. Era la obra de unos locos.
Bill y Rafe estaban sentados sobre unos altavoces cuando entró un equipo de salvamento nuevo y un trabajador de la Cruz Roja les ofreció café. Rafe aceptó, agradecido, pero Bill se sentía incapaz de tragar nada.
Rafe no había hecho más preguntas acerca de la relación de Bill con Maddy, pero en el curso de la noche se había dado cuenta de lo mucho que Bill la quería y se compadeció de él.