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Esa misma tarde, a última hora, llegaron a Purchase, en Nueva York. Se trataba de una próspera comunidad, llena de grandes residencias, colegios privados y sedes de grandes compañías rodeadas de zonas ajardinadas. Maya la consideró una zona perfecta para situar un centro de investigación secreto. La instalación estaría cerca de la ciudad de Nueva York y de los aeropuertos locales, y al mismo tiempo la Tabula podría ocultar fácilmente sus actividades tras un muro de piedra.

Se alojaron en un hotel, y Maya durmió unas cuantas horas con la espada a su lado. Al levantarse, halló a Hollis afeitándose en el baño.

– ¿Estás listo? -le preguntó.

Hollis se puso una camiseta limpia y se recogió el cabello.

– Dame unos minutos -contestó-. Un hombre debe tener buen aspecto antes de lanzarse a la lucha.

A las diez de la noche salieron del hotel, pasaron con la camioneta ante el Old Oaks Country Club y giraron hacia el norte por una carretera local. No les costó localizar el centro de investigación. Había reflectores de sodio instalados sobre el muro y un guardia de seguridad sentado en su garita de la entrada. Hollis controló el retrovisor, pero nadie los seguía. Un par de kilómetros más allá, cogió un desvío y aparcó en un montículo, cerca de un bosquecillo de manzanos. Los frutos habían sido recogidos hacía semanas, y el suelo estaba cubierto de hojas muertas.

Dentro de la camioneta estaba todo en silencio, y Maya comprendió que se había acostumbrado a la música que salía de los altavoces: había sido su apoyo durante todo el camino.

– Va a ser difícil -dijo Hollis-. Estoy seguro de que el centro de seguridad está lleno de guardias.

– No tienes por qué venir.

– Mira, sé que haces esto por Gabriel; pero también tenemos que rescatar a Vicki. -Hollis contempló el cielo nocturno a través de la ventanilla-. Es inteligente, valiente y defiende lo que es justo. Cualquier hombre se consideraría afortunado formando parte de su vida.

– Suena como si desearas ser esa persona.

Hollis se echó a reír.

– Si fuera afortunado no estaría sentado en una vieja camioneta con una Arlequín. Sois vosotros los que tenéis demasiados enemigos.

Se apearon del vehículo y se abrieron camino por la espesura. Maya llevaba su espada y la escopeta de combate. Hollis había cogido el fusil semiautomático y la bolsa de lona llena de herramientas. Cuando salieron del bosque, cerca de la zona norte del muro del centro de investigación, no tardaron en localizar la boca de ventilación que surgía del suelo. La abertura estaba cubierta por una pesada rejilla de hierro.

Hollis rompió dos candados con el cortafríos y levantó la rejilla con la palanqueta. Iluminó el conducto con la linterna, pero el haz de luz no alcanzaba más allá de tres o cuatro metros. Maya notó el contacto del aire caliente.

– Según el plano, este conducto conduce directamente a los sótanos -dijo a Hollis-. No sé si habrá espacio suficiente para moverse, de modo que iré yo primera bajando de cabeza.

– ¿Cómo sabré si estás bien?

– Me harás descender a intervalos de un metro. Si todo va bien, tiraré de la cuerda dos veces para que sigas soltando.

Maya se colocó el arnés de escalar mientras Hollis fijaba una polea en el borde de la rejilla. Cuando todo estuvo a punto, la Arlequín se metió por el conducto de ventilación llevando unas cuantas herramientas bajo la chaqueta. El túnel estaba oscuro, caliente y era justo lo bastante ancho para que cupiera una sola persona. Tuvo la impresión de que la bajaban al fondo de una gruta.

Con doce metros de cuerda desenrollados, Maya llegó a un empalme en forma de «T» donde el túnel se dividía en direcciones opuestas. Cabeza abajo, sacó el martillo y el escoplo y se dispuso a perforar la plancha metálica. Cuando la herramienta golpeó el conducto, el sonido la envolvió. El sudor le caía por la cara a medida que golpeaba con el martillo, una y otra vez. De repente, el cincel perforó el acero y apareció una rendija de luz. Maya acabó de cortar el agujero y dobló la plancha hacia dentro. Dio dos tirones a la cuerda, y Hollis la bajó hasta un túnel subterráneo con suelo de cemento y paredes de ladrillo. Todo él estaba lleno de cañerías, tendidos eléctricos y conductos de ventilación. La única iluminación provenía de una serie de bombillas fluorescentes situadas cada seis metros.

Les llevó diez minutos tirar una segunda cuerda y bajar la bolsa con las herramientas. Cinco minutos después, Hollis estaba a su lado.

– ¿Cómo subiremos? -preguntó.

– En la esquina norte del edificio hay una escalera de emergencia. Hemos de conseguir encontrarla sin hacer saltar las alarmas.

Siguieron el túnel y se detuvieron en la primera puerta que encontraron. Maya sacó un pequeño espejo de maquillaje y lo sostuvo en un ángulo determinado. Al otro lado había una pequeña caja de plástico con una lente difusora curvada.

– Los planos indican que tienen detectores infrarrojos de movimiento. Son dispositivos que captan la energía infrarroja emitida por los objetos, y la alarma se dispara si se alcanza cierto nivel.

– ¿Y para esto hemos traído el oxígeno?

– Exacto.

Maya metió la mano en la bolsa y sacó la bombona. El recipiente parecía un termo con una espita en un extremo. Con cuidado, alargó la mano más allá de la puerta y roció el detector. Cuando el dispositivo quedó cubierto de hielo, siguieron avanzando por el túnel.

Los que habían construido la zona subterránea habían pintado los números de cada sector en las paredes, pero Maya no comprendía su significado. En algunos sectores del túnel se escuchaba un zumbido mecánico que sonaba como el de una turbina de vapor; sin embargo, no se veía rastro de la maquinaria. Tras caminar diez minutos, llegaron a un cruce. Dos corredores partían en direcciones opuestas sin que presentaran indicación alguna del camino correcto. Maya buscó en uno de sus bolsillos y sacó el generador de números aleatorios. Decidió que impar significaría a la derecha y oprimió el botón. Apareció «3.531».

– Vamos por la derecha -le dijo a Hollis.

– ¿Por qué?

– Por nada en particular.

– El túnel de la izquierda parece más ancho. Propongo que vayamos por allí.

Se dirigieron a la izquierda y pasaron diez minutos explorando cuartos de almacenaje vacíos. Al final, llegaron a un callejón sin salida. Cuando dieron media vuelta encontraron los pequeños signos del laúd que Maya había ido grabando en las paredes con su cuchillo.

Hollis parecía molesto.

– Esto no quiere decir que tu maquinita de números tuviera razón. Por favor, Maya, dame un respiro. Ese número no significaba nada.

– Significaba que fuéramos por la derecha.

Entraron en un segundo corredor e inutilizaron el correspondiente detector de movimiento. De repente, Hollis se detuvo y señaló hacia arriba. En el techo había instalada una pequeña caja plateada.

– ¿Eso es un detector de movimiento?

Maya negó con la cabeza.

– No. No hables.

– Sólo dime qué es.

La Arlequín lo cogió del brazo y ambos corrieron por el túnel. Abriendo una puerta de hierro entraron en una sala del tamaño de un campo de fútbol que estaba llena de pilares maestros.

– ¿Qué demonios ocurre? -preguntó Hollis.

– Eso era su sistema de apoyo. Un detector de sonido. Seguramente está conectado a un programa informático llamado Eco. El ordenador filtra los ruidos mecánicos y detecta las voces humanas.

– Entonces, ¿saben que estamos aquí?

Maya abrió el estuche portaespadas.

– El detector debe de haber rastreado nuestras voces hará unos veinte minutos. Vamos. Tenemos que encontrar esas escaleras.

La zona de los cimientos tenía sólo cinco puntos de luz: una bombilla en cada esquina y otra más en el centro. Salieron del rincón y caminaron por entre las grises columnas hacia la luz del centro. El suelo de cemento estaba lleno de polvo y el aire resultaba caliente y enrarecido.