Las luces parpadearon y se apagaron. Durante unos segundos, quedaron sumidos en la más completa oscuridad hasta que Hollis encendió la linterna. Se lo veía tenso y listo para el combate.
Oyeron entonces un ruido de algo que crujía y rozaba, como si alguien abriera trabajosamente una puerta. Se hizo el silencio. Luego, la puerta se cerró con estrépito. Maya sintió un cosquilleo en la punta de los dedos. Puso la mano en el brazo de Hollis para que no se moviera, y los dos escucharon una especie de ladridos que casi parecían risotadas.
Hollis dirigió la linterna entre dos filas de columnas, y vieron que algo se movía en las sombras.
– Segmentados -dijo-. Los han enviado para que acaben con nosotros.
Maya rebuscó en la bolsa y sacó el soplete de gas. Sus dedos se movieron nerviosamente al abrir la espita y aplicar el mechero. Una llama azul surgió con un suave zumbido. Sostuvo el soplete en alto y avanzó unos pasos.
Oscuras formas corrieron entre los pilares. Más risas. Los segmentados estaban cambiando de posición, trazando círculos alrededor de ellos. Maya y Hollis permanecieron espalda contra espalda en el pequeño círculo de luz.
– No se los mata con facilidad -le advirtió Hollis-. Y si les disparas, las heridas les cicatrizan enseguida.
– Habrá que darles en la cabeza.
– Si puedes, hazlo. Siguen atacando hasta que son despedazados.
Maya dio media vuelta y vio una manada de hienas a unos cinco metros de distancia. Había entre ocho y diez segmentados, que se movían deprisa. Pelaje amarillento moteado de negro. Hocicos fuertes y chatos.
Uno de los segmentados dejó escapar un agudo ladrido parecido a una risa. La manada se dividió, corrió entre los pilares y atacó desde lados opuestos. Maya dejó el soplete en el suelo y metió un cartucho en la recámara de la escopeta. Esperó a que los segmentados estuvieran un poco más cerca y entonces disparó al que iba primero. Las postas le acertaron de pleno en el pecho y lo lanzaron hacia atrás, pero los otros siguieron adelante. Hollis disparó su rifle contra el otro grupo.
Maya cargó y disparó hasta vaciar el cargador. Soltó la escopeta, agarró la espada y la apuntó hacia delante como si de una lanza se tratara. Un segmentado saltó por el aire y se ensartó en la hoja. El pesado cuerpo cayó a los pies de Maya que le arrancó desesperadamente la espada para asestar rápidas cuchilladas a los otros dos segmentados que la atacaban. Las bestias aullaron cuando la hoja se abrió paso por sus gruesos pellejos.
La Arlequín se volvió y vio a Hollis corriendo y alejándose de ella, intentando introducir un nuevo cargador en su rifle mientras tres segmentados lo perseguían. Se volvió, dejó la linterna en el suelo y, agarrando el rifle como un bate, golpeó de lleno al primero, arrojándolo a un lado. Las otras dos bestias saltaron sobre él, y Hollis cayó hacia atrás en la oscuridad.
Maya cogió el soplete con la mano izquierda, aferró la espada con la derecha y corrió hacia su compañero mientras éste forcejeaba con sus atacantes. De un tajo cortó la cabeza de un segmentado y al otro le clavó la espada en la barriga. Hollis tenía la chaqueta desgarrada y el rostro cubierto de sangre.
– ¡Levántate! -gritó Maya-. ¡Tienes que levantarte!
Hollis se puso rápidamente en pie y metió otro cargador en el rifle. Un segmentado malherido intentaba alejarse arrastrándose, pero Maya lo decapitó de un tajo. Los brazos le temblaban cuando se incorporó. El segmentado tenía la boca abierta y la Arlequín le vio los dientes.
– Prepárate -avisó Hollis-. Aquí vienen de nuevo. -Alzó el rifle y empezó a murmurar una plegaria Jonesie: «Rezo a Dios con todo mi corazón. Que su Luz me proteja del mal que…».
Un aullido sonó a sus espaldas. Entonces fueron atacados desde tres direcciones distintas. Maya luchó con su espada, lanzando tajos y mandobles a los dientes y garras que se le echaban encima, a las rojas lenguas y los enloquecidos ojos que ardían de odio. Hollis empezó disparando tiro a tiro, pero enseguida cambió a ráfagas. Los segmentados siguieron atacando hasta que el último de ellos se lanzó contra Maya. La Arlequín blandió la espada, presta para abatirlo, pero Hollis se adelantó y descerrajó un tiro en la cabeza de la bestia.
Permanecieron juntos, rodeados de cadáveres. Maya se sentía aturdida, impresionada por la violencia del ataque.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó Hollis con voz tensa y fatigada.
Maya se volvió para mirarlo.
– Eso creo. ¿Y tú?
– Uno de ellos me ha desgarrado el hombro, pero creo que todavía soy capaz de mover el brazo. Vamos. Hemos de seguir adelante.
Maya devolvió la espada a su estuche y, llevando la escopeta en la mano, buscó el camino hacia el otro extremo de sala subterránea. Sólo tardaron unos minutos en localizar una puerta de seguridad protegida por sensores electromagnéticos. Un cable iba desde ellos hasta una caja de conexiones que Hollis abrió. Había cables e interruptores por todas partes, pero estaban identificados por colores. Eso lo hizo más fácil.
– Aunque ahora ya saben que estamos dentro del edificio -explicó Maya-, no quiero que se enteren de que hemos llegado a la escalera.
– ¿Qué cable hay que cortar?
– Nunca cortes nada. Eso siempre activa la alarma.
«Nunca evites una decisión difícil -le había dicho su padre en más de una ocasión-. Sólo los idiotas creen que pueden garantizar la respuesta correcta.»
Maya decidió que los cables que había que manipular eran el verde y el rojo que llevaban corriente. Utilizó el soplete para derretirles el aislante y a continuación los empalmó con unas pinzas.
– ¿Funcionará? -preguntó Hollis.
– Quizá no.
– ¿Nos estarán esperando?
– Probablemente.
– Suena prometedor.
Hollis sonrió ligeramente y eso hizo que Maya se sintiera mejor. Él no era como su padre ni como Madre Bendita, pero estaba empezando a pensar al modo Arlequín. Uno tenía que aceptar lo que deparara el destino y a pesar de todo demostrar coraje.
Cuando abrieron la puerta de hierro no ocurrió nada. Se encontraban debajo del todo de una escalera de emergencia con bombillas en cada rellano. Maya subió el primer peldaño y a continuación empezaron a moverse con rapidez.
Tenían que encontrar al Viajero.
57
Kennard Nash se dirigió a uno de los técnicos que controlaban el ordenador cuántico y le dijo algo. A continuación, le dio una palmada en el hombro, igual que un entrenador que envía a uno de sus jugadores de nuevo al campo, y volvió junto a Michael.
– Hemos recibido un mensaje preliminar de nuestros amigos -le explicó-. Eso normalmente significa que la transmisión principal tendrá lugar dentro de cinco o diez minutos.
Ramón Vega, el guardaespaldas del general, llenó los dos vasos de vino mientras Michael Corrigan mordisqueaba una galleta salada. El Viajero disfrutaba sentado en la oscura estancia y observando el tanque de cristal lleno de helio líquido. Pequeñas explosiones se sucedían dentro del verde líquido a medida que los conmutadores de electrones del corazón del ordenador eran manipulados dentro de una jaula de energía.
Los electrones existían en ese mundo, pero la propiedad cuántica de la superposición permitía que esas partículas estuvieran activas e inactivas, arriba y abajo, girando a la izquierda y a la derecha, todo al mismo tiempo. Durante un instante imperceptible, en un sitio y en otro, cruzando a una dimensión desconocida. Y en ese otro dominio, una civilización estaba esperando con otro ordenador. La máquina capturaba los electrones, los ordenaba en fragmentos de información y los devolvía.
– ¿Está usted esperando algo en concreto? -preguntó Michael.
– Un mensaje de ellos. Y puede que también una recompensa. Hace tres días les transmitimos toda la información que conseguimos cuando usted entró en el Segundo Dominio. Eso era lo que esperaban de nosotros: que les proporcionásemos la ruta abierta por un Viajero.