El arma cayó al suelo con un ruido metálico. En el desierto aparcamiento, el sonido sonó alto y claro. Los dos hombres se miraron mutuamente y el Viajero vio a su oponente con total claridad. El rostro de Shepherd había asumido la máscara Arlequín, pero algo en su boca no funcionaba. La torcía ligeramente, como si no supiera si sonreír o fruncirla.
– Adelante, Gabriel, intenta recogerla…
Alguien silbó -un silbido agudo y penetrante-, y Shepherd se dio la vuelta justo cuando un cuchillo surcaba el aire y se le clavaba en la garganta. Sus manos soltaron la espada, y cayó de rodillas.
Maya y Hollis salieron por la puerta abierta. La Arlequín miró de pasada a Gabriel, asegurándose de que se encontraba a salvo, y a continuación se acercó al herido.
– Tú traicionaste a mi padre -le dijo-. ¿Sabes lo que le hicieron? ¿Sabes cómo murió?
Los ojos de Shepherd apenas podían ver, pero asintió levemente, como si la admisión de su culpa pudiera de algún modo salvarle la vida. Maya juntó las manos, como una religiosa que se dispusiera a orar. Luego lanzó una rápida patada hacia delante que dio en el mango del cuchillo y lo clavó aún más profundamente en la carne de su enemigo.
59
Maya apuntó con su escopeta al hombre que llevaba puesta la bata blanca.
– ¡No! -intervino Vicki rápidamente-. Es el doctor Richardson, un científico amigo que nos está ayudando a escapar de aquí.
Maya sopesó rápidamente la situación y llegó a la conclusión de que Richardson estaba asustado y era inofensivo. Ya se ocuparía de él si le entraba el pánico una vez en los túneles. Gabriel estaba vivo. Eso era lo único que importaba.
Mientras Hollis les contaba cómo habían conseguido entrar en el centro de investigación, Maya se acercó al cuerpo de Shepherd. Pisó la sangre que goteaba entre las grietas del cemento, se arrodilló ante el cadáver y recuperó su cuchillo. Shepherd había sido un traidor, pero ella no se alegraba de haber acabado con él. Se acordó de lo que él le había dicho en el almacén de recambios para coches: «Somos iguales, Maya. Ambos fuimos educados por gente que creía en una causa perdida».
Cuando regresó con el grupo, vio que Hollis discutía con Gabriel mientras que Vicki se interponía entre los dos, como intentando lograr que llegaran a un compromiso.
– ¿Qué problema hay? -preguntó la Arlequín.
– Habla con Gabriel -le contestó Hollis-. Está empeñado en que busquemos a su hermano.
La idea de volver a entrar en el centro de investigación pareció aterrorizar a Richardson.
– Tenemos que marcharnos de inmediato. Estoy seguro de que los vigilantes ya nos estarán buscando.
Maya cogió a Gabriel del brazo y lo llevó aparte de los demás.
– Tienen razón. Es peligroso que nos quedemos. Puede que consigamos volver en otra ocasión.
– Sabes que esa ocasión no se va a presentar -contestó Gabriel-. Y, aunque volviéramos, Michael ya no estaría aquí. Se lo llevarán a cualquier otra parte, con más guardias y más vigilancia. Ésta es mi única oportunidad.
– No puedo permitir que lo hagas.
– Tú no me controlas, Maya. Yo tomo mis propias decisiones.
Maya tenía la sensación de que ella y Gabriel estaban unidos igual que dos escaladores que treparan un acantilado. Si cualquiera de ellos resbalaba y caía, arrastraría al otro con él. Ninguna de las lecciones de su padre la había preparado para una situación como aquélla.
«Piensa en un plan -se dijo-. Arriesga tu vida, no la suya.»
– De acuerdo. Tengo una idea -repuso intentando mantener un tono lo más sosegado posible-. Tú te marchas con Hollis, que te sacará de aquí, y yo te prometo quedarme y buscar a tu hermano.
– Aun suponiendo que lo encontraras, Michael no confiaría en ti. Siempre ha desconfiado de todo el mundo. Sin embargo, a mí me escuchará. Sé que lo hará.
Gabriel la miró a los ojos, y durante una fracción de segundo, Maya sintió el vínculo que los unía. Presa de la desesperación, la Arlequín intentó tomar la decisión correcta, pero resultaba imposible. En ese momento, ya no intervenían las decisiones, sino el destino.
Corrió hacia Richardson y le arrancó de la bata la tarjeta de identificación.
– ¿Esto me abrirá todas las puertas de por aquí?
– Más o menos la mitad.
– ¿Dónde está Michael? ¿Sabe dónde lo retienen?
– Normalmente lo tienen en una suite vigilada de una serie de habitaciones que hay en el bloque de administración. En este instante, nos encontramos en el extremo norte del centro de investigación. Administración se halla al otro lado del cuadrilátero, en su lado sur.
– ¿Y cómo llegamos allí?
– Utilicen los túneles y manténganse alejados de los corredores elevados.
Maya sacó unos cartuchos del bolsillo y empezó a cargar la escopeta.
– Volved al sótano -le dijo a Hollis-. Llévate a los dos por el conducto de ventilación. Gabriel y yo volvemos por Michael.
– No lo hagas -repuso Hollis.
– No tengo alternativa.
– Ordénale que venga con nosotros. Oblígale.
– Eso es lo que haría la Tabula, Hollis. Nosotros no nos comportamos así.
– Gabriel quiere ayudar a su hermano. Vale. Eso lo entiendo, pero sólo conseguiréis que os maten a los dos.
Maya cargó un cartucho en la recámara, y el seco ruido resonó en la desierta zona de aparcamiento. Maya nunca había oído a su padre decir «gracias». Se suponía que los Arlequines no debían estar agradecidos a nadie. No obstante, deseaba decir algo a la única persona que había luchado a su lado.
– Buena suerte, Hollis.
– Eres tú la que vas a necesitarla. Echa un rápido vistazo y sal pitando de aquí.
Unos minutos más tarde, ella y Gabriel caminaban por el túnel de hormigón que pasaba por debajo del cuadrilátero. El aire era caliente y estaba enrarecido, y se oía correr el agua por las negras cañerías adosadas a la pared.
Gabriel no dejaba de mirarla de refilón. Parecía incómodo, casi culpable.
– Lamento todo esto. Sabes que mi intención era que te marcharas con Hollis.
– Ha sido elección mía, Gabriel. No protegí a tu hermano estando en Los Ángeles. Ahora tengo otra oportunidad.
Llegaron al edificio de administración, al otro lado del cuadrilátero, y la tarjeta del doctor Richardson les permitió subir por la escalera y llegar al vestíbulo. Maya también la utilizó para entrar en uno de los ascensores y subir hasta el tercer piso. Los dos caminaron rápidamente por los enmoquetados corredores mirando en despachos y salas de reuniones vacías.
Maya se sintió rara sosteniendo su escopeta al tiempo que miraba entre máquinas de café, archivadores y pantallas de ordenador con salvapantallas de angelitos volando por un cielo azul. Se acordó del empleo que había tenido en la empresa de diseño londinense. Allí había pasado horas sentada en un blanco cubículo con la foto de una isla tropical pinchada en la pared. Todos los días a las cuatro en punto una gorda mujer bengalí pasaba empujando su carrito con el té. En esos momentos, aquella vida se le antojaba tan distante como cualquiera de los dominios.
Cogió una papelera de un despacho, y los dos volvieron a los ascensores. Cuando llegaron al segundo piso, dejó la papelera atrancando la puerta. Despacio, empezaron a caminar por el pasillo. Cada vez que llegaban a una puerta y la abría, Maya obligaba a Gabriel a mantenerse dos metros por detrás de ella.
Los pasillos estaban iluminados con plafones empotrados que proyectaban un tipo especial de sombra en el suelo. Al final del corredor, una de las sombras parecía algo más oscura.