A los oídos de Gabriel llegaba el constante rugido del tráfico de coches, camiones y autobuses que se dirigían al sur. Todas las mañanas solía caminar hasta la verja que rodeaba la parte de atrás de la propiedad para ver qué le había dejado la autopista. La gente no dejaba de tirar cosas por las ventanillas de sus coches: envoltorios de comida rápida, diarios, una muñeca Barbie con el pelo teñido, teléfonos móviles, un trozo de queso de cabra al que faltaba un bocado, condones usados, herramientas de jardinería y una urna de cremación llena de cenizas y dientes ennegrecidos.
El cobertizo independiente que servía de garaje estaba cubierto de pintadas y el césped lleno de malas hierbas. A pesar de todo, Gabriel nunca tocaba el exterior de la casa. Se trataba de un disfraz, igual que los harapos de los príncipes perdidos. El verano anterior había comprado una pegatina de una secta religiosa para el parachoques que ponía: «Estaremos condenados para siempre de no ser por la sangre de Nuestro Señor». Gabriel había recortado todo salvo «condenados para siempre» y pegado el rótulo en la puerta principal. Cuando los agentes inmobiliarios y los vendedores a domicilio empezaron a evitar la casa, tuvo la impresión de haber logrado una pequeña victoria.
El interior de la vivienda estaba limpio y resultaba agradable. Todas las mañanas, cuando el sol alcanzaba determinada altura, las habitaciones se llenaban con sus rayos. Su madre decía que las plantas limpiaban el aire y proporcionaban pensamientos positivos, de manera que Gabriel tenía una treintena de plantas por toda la casa, colgando del techo o en macetas por el suelo. Dormía en un futón en uno de los dormitorios y mantenía todas sus pertenencias en unas bolsas de viaje de lona. Su casco de kendo y su armadura se hallaban en un soporte especial al lado de la estantería donde estaba su espada shinai de bambú y la japonesa tradicional que había heredado de su padre. Si por la noche se despertaba y abría los ojos tenía la impresión de que allí había un guerrero samurái velando su sueño.
El segundo dormitorio estaba vacío salvo por varios cientos de libros apilados junto a la pared. En lugar de apuntarse a una biblioteca y buscar un libro concreto, Gabriel leía cualquier ejemplar que se cruzara en su camino. Varios de sus clientes solían regalarle los libros que ya habían leído, y él se llevaba los que encontraba tirados en las salas de espera o en la cuneta de la autopista. Los había de gran tirada y tapas blandas, informes técnicos sobre aleaciones y tres novelas de Dickens con manchas de humedad.
Gabriel no pertenecía a ningún club ni a partido político. Su principal creencia consistía en vivir fuera de la Red. En el diccionario, «Red» es un entramado de líneas verticales y horizontales que se usa para situar en el espacio cierto objeto o lugar. Si uno observa la civilización de cierto modo, se diría que cualquier empresa comercial o programa gubernamental forma parte de una inmensa Red. Las diferentes líneas y retículas podían localizar y definir la ubicación de uno, podían averiguarlo todo de uno.
La Red estaba formada por líneas rectas en una llanura. Sin embargo, aún resultaba posible tener vida secreta. Uno podía trabajar en la economía sumergida o moverse con la rapidez suficiente para que las líneas no llegaran nunca a localizar su posición. Gabriel no tenía cuenta bancaria ni tarjeta de crédito. Usaba su nombre verdadero, pero el apellido que figuraba en su permiso de conducir era falso. A pesar de que llevaba dos móviles, uno para asuntos personales y el otro por trabajo, ambos estaban registrados a nombre de la empresa inmobiliaria de su hermano.
La única conexión de Gabriel con la Red se hallaba en el escritorio de su sala de estar. Unos años antes, Michael le había regalado un ordenador que había conectado a internet a través de una línea ADSL. Navegar por la red permitía a Gabriel bajarse música trance de Alemania, hipnóticos bucles de sonido producidos por una serie de DJ pertenecientes a un misterioso grupo llamado Die Neunen Primitiven. La música lo ayudaba a dormir cuando regresaba a casa por las noches. Mientras cerraba los ojos oyó a una joven mujer cantar: Lotus eaters lost in New Babylon. Lonely Pilgrim, find your way home.
Prisionero de su sueño, cayó por la oscuridad atravesando nubes, nieve y lluvia. Dio contra el tejado de una casa, pasó a través de las tablas de cedro, la tela asfáltica, y las vigas de madera. Y en esos momentos volvía a ser un crío, de pie en el pasillo del segundo piso de la granja de Dakota del Sur. Y la casa estaba en llamas. La cama de sus padres, la cómoda y la mecedora de su habitación humeaban, se chamuscaban y ardían. «Sal -se dijo-. Encuentra a Michael. Ocúltate.» Pero el niño que era, la pequeña figura que caminaba por el pasillo, no parecía oír sus advertencias de adulto.
Algo estalló detrás de una pared y se produjo un sonido sordo y martilleante. Entonces, el fuego subió rugiendo por la escalera, enroscándose por la barandilla y el pasamanos. Aterrorizado, Gabriel se quedó en el pasillo mientras las llamas se arrojaban sobre él en una ola de ardiente dolor.
El móvil que descansaba al lado del futón empezó a sonar. Gabriel levantó la cabeza de la almohada. Eran las seis de la mañana, y la luz del sol se abría paso a través de un resquicio en las cortinas. «No hay ningún incendio -se dijo-. Sólo otro día.»
Cogió el teléfono y escuchó la voz de su hermano. La voz de Michael sonaba preocupada, pero eso era algo normal. Desde la infancia había desempeñado el papel de responsable hermano mayor. Cada vez que tenía noticia de un accidente de moto por la radio, Michael lo llamaba para comprobar que se encontraba bien.
– ¿Dónde estás? -preguntó Michael.
– En casa. En la cama.
– Ayer te telefoneé cinco veces. ¿Por qué no contestaste a mis llamadas?
– Era domingo. No me apetecía hablar con nadie. Dejé los móviles en casa y me fui con la moto a Hemet para saltar.
– Haz lo que te dé la gana, Gabe, pero dime adónde vas. Empiezo a preocuparme cuando no sé dónde te encuentras.
– De acuerdo. Intentaré recordarlo. -Gabriel rodó de costado y vio sus botas de puntera metálica y el conjunto de cuero tirados en el suelo-. ¿Qué tal tu fin de semana?
– Como siempre. Pagué unas cuantas facturas y jugué al golf con un par de promotores inmobiliarios. ¿Has visto a mamá?
– Sí. El sábado me pasé por la residencia.
– ¿Va todo bien en ese nuevo sitio?
– Está cómodamente instalada.
– Ha de ser algo más que cómoda.
Dos años antes, su madre había sido hospitalizada para una operación de vejiga de rutina, y los médicos le habían descubierto un tumor maligno en la pared abdominal. A pesar de que se había sometido a quimioterapia, el cáncer había hecho metástasis y se le había extendido por todo el cuerpo. En esos momentos vivía en una casa de reposo de Tarzana, un barrio de las afueras en el valle de San Fernando.
Los hermanos Corrigan se habían repartido las responsabilidades del tratamiento de su madre. Gabriel la iba a ver día sí y día no y hablaba con los empleados del centro. Su hermano mayor pasaba una vez por semana y lo pagaba todo. Michael siempre sospechaba de los médicos y enfermeras, y si apreciaba falta de diligencia hacía que trasladaran a su madre a otro establecimiento.
– No quiere marcharse de ese sitio, Michael.
– Nadie está hablando de marcharse. Sólo quiero que los médicos hagan su trabajo.
– Ahora que ha dejado la quimioterapia, los médicos ya no son tan importantes. Son las enfermeras y las auxiliares las que cuidan de ella.
– Si hay el más mínimo problema, házmelo saber de inmediato. Y cuídate. ¿Vas a trabajar hoy?
– Sí. Eso creo.
– Ese incendio de Malibú está empeorando, y ahora hay otro en el este, cerca del lago Arrowhead. Todos los pirómanos parecen haber salido con la caja de cerillas en ristre. Debe de ser cosa del tiempo.