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Las empleadas de la residencia fregaban el suelo y cambiaban las sábanas constantemente. A pesar de todo, el edificio olía a orines y a flores muertas. Gabriel subió por la escalera hasta el segundo piso y caminó por el pasillo. Las lámparas fluorescentes del techo emitían un suave zumbido.

Su madre dormía cuando entró en la habitación. El cuerpo se había convertido en un pequeño bulto bajo la blanca sábana. Siempre que visitaba la residencia, Gabriel se esforzaba por recordar cómo había sido su madre cuando él y Michael eran pequeños. Le gustaba cantar para sí cuando estaba sola, principalmente viejas canciones de rock and roll tipo Peggy Sue o Blue Suede Shoes. Le encantaban los cumpleaños o cualquier ocasión que la familia tuviera para celebrar una fiesta. A pesar de que vivían en habitaciones de motel, siempre estaba dispuesta a celebrar Arbor Day o el día más corto del año.

Gabriel se sentó al lado de la cama y cogió la mano de su madre. La notó fría, de modo que se la estrechó con fuerza. A diferencia de los demás pacientes de la residencia, su madre no había llevado con ella cojines especiales ni fotos enmarcadas que pudieran transformar el estéril entorno en un pequeño hogar. Su único gesto personal se había producido cuando solicitó que le desconectaran el televisor del cuarto y se lo llevaran. El cable de la antena había quedado enrollado en el suelo igual que una fina serpiente. Una vez a la semana, Michael le enviaba un ramo de flores frescas a la habitación. La última entrega de una docena de rosas databa de casi siete días atrás, y los pétalos caídos casi habían formado una alfombra alrededor del blanco jarrón.

Los ojos de la señora Corrigan parpadearon y se abrieron para contemplar a su hijo. Tardó sólo unos segundos en reconocerlo.

– ¿Dónde está Michael?

– Vendrá el miércoles.

– El miércoles no. Será demasiado tarde.

– ¿Por qué?

Ella soltó la mano y habló en tono tranquilo.

– Voy a morir esta noche.

– ¿De qué estás hablando?

– Ya no quiero más dolor. Estoy cansada de este viejo cascarón.

«Cascarón» era el modo en que su madre se refería a su cuerpo. Todo el mundo tenía un cascarón y llevaba a todas partes una pequeña cantidad de algo llamado La Luz.

– Todavía estás fuerte -dijo Gabriel-. No vas a morir.

– Llama a Michael y dile que venga.

Cerró los ojos, y Gabriel salió al pasillo. Ana estaba allí, sosteniendo unas sábanas limpias.

– ¿Qué te ha dicho?

– Me ha dicho que va a morir.

– A mí me dijo lo mismo cuando empecé mi turno -comentó Ana.

– ¿Quién es el médico de guardia esta noche?

– Chattarjee, el indio; pero ha salido a cenar.

– Hazlo llamar a través de megafonía. Ahora. Por favor.

Ana bajó al mostrador de las enfermeras mientras Gabriel conectaba el móvil. Marcó el número de Michael, y su hermano respondió a la tercera llamada. Al fondo se oía ruido de gente.

– ¿Dónde estás? -preguntó Gabriel.

– En el estadio de los Dodger, en la cuarta fila. Justo detrás de la base de llegada. Es estupendo.

– Yo estoy en la residencia. Has de venir sin pérdida de tiempo.

– Me pasaré a las once, Gabe. Puede que un poco más tarde, cuando haya acabado el partido.

– No. Esto no puede esperar.

Gabriel oyó más ruidos de multitud y la apagada voz de su hermano diciendo: «Disculpe, disculpe». Seguramente Michael había abandonado su asiento para alcanzar las escaleras del estadio de béisbol.

– No lo entiendes -protestó Michael-. Esto no es por diversión. Es por negocios. He pagado un montón de dinero por esos asientos. Esos banqueros van a financiar la mitad de mi nuevo edificio.

– Mamá ha dicho que va a morir esta noche.

– ¿Y qué opina el médico?

– Ha salido a cenar.

Uno de los jugadores debió de conseguir un tanto porque el público empezó a corear.

– ¡Pues ve a buscarlo! -gritó Michael.

– Ella está convencida. Creo que puede ocurrir. Ven tan deprisa como puedas.

Gabriel desconectó el móvil y regresó a la habitación de su madre. Una vez más le cogió la mano, pero esta vez pasaron varios minutos antes de que ella abriera los ojos.

– ¿Está Michael aquí?

– Lo he llamado. Se encuentra de camino.

– He estado pensando en los Leslie…

Aquél era un nombre que Gabriel nunca había oído. A ratos, su madre solía mencionar a cierta gente y contar historias acerca de ellos; pero Michael estaba en lo cierto: ninguna tenía sentido.

– ¿Quiénes son los Leslie?

– Amigos de la universidad. Estaban en la boda. Cuando tu padre y yo nos fuimos de luna de miel, les dejamos que se quedaran en nuestro apartamento de Minneapolis. El suyo lo estaban pintando y… -La señora Corrigan cerró los ojos con fuerza, como si intentara verlo todo-. Entonces volvimos de nuestra luna de miel y nos encontramos a la policía allí. Unos hombres habían entrado por la noche y matado a tiros a nuestros amigos mientras dormían en nuestra cama. La intención de los asesinos era acabar con nosotros, pero se equivocaron.

– ¿Querían matarte? ¿A ti? -Gabriel se esforzaba por mantener la calma porque no quería sobresaltarla e interrumpirla-. ¿Cogieron a los asesinos?

– Tu padre me obligó a meterme en el coche, y empezamos a conducir. Fue entonces cuando me contó quién era en realidad.

– ¿Y quién era?

Pero entonces la madre de Gabriel calló de nuevo, flotando en un mundo de sombras que estaba a medio camino del más allá. Él siguió sosteniéndole la mano hasta que se despertó nuevamente e hizo la misma pregunta de antes:

– ¿Ha venido Michael? ¿Va a venir?

El doctor Chattarjee regresó a la residencia a las ocho en punto, y Michael apareció unos minutos más tarde. Como de costumbre, estaba alerta y rebosante de energía. Todos se quedaron de pie ante el mostrador de las enfermeras mientras Michael intentaba averiguar lo que sucedía.

– Mi madre dice que va a morir.

Chattarjee era un educado hombrecillo que vestía una manchada bata de médico. Examinó el historial de la madre de los Corrigan para demostrar que era consciente del problema.

– Los enfermos de cáncer dicen con frecuencia cosas así, señor Corrigan.

– ¿Y cuáles son los hechos?

El médico hizo una anotación en el expediente.

– Puede morir en los próximos días o en las próximas semanas. Es imposible de precisar.

– ¿Y esta noche?

– Sus constantes no han variado.

Michael se alejó del doctor Chattarjee y fue hacia la escalera para subir. Gabriel siguió a su hermano. En la escalera únicamente estaban ellos dos. Nadie más podía oírlos.

– Te ha llamado «señor Corrigan».

– Así es.

– ¿Cuándo has empezado a utilizar tu verdadero nombre?

Michael se detuvo en el rellano.

– Lo he estado haciendo desde el último año, sólo que no te lo había dicho. En estos momentos tengo un número de la seguridad social y pago impuestos. Mi nuevo edificio de Wilshire Boulevard va a tener un propietario legal.

– Entonces, formas parte de la Red.

– Yo soy Michael Corrigan, y tú eres Gabriel Corrigan. Ésos somos nosotros.

– Ya sabes lo que dijo papá…

– ¡Maldita sea, Gabe! No podemos repetir una y otra vez la misma conversación. Nuestro padre estaba loco. Y mamá era tan débil que le seguía la corriente.

– Entonces, ¿por qué nos atacaron aquellos hombres y quemaron nuestra casa?

– Por culpa de nuestro padre. Obviamente debió hacer algo malo, algo ilegal. Nosotros no somos culpables de nada.

– Pero la Red…

– La Red no es más que la vida moderna. Todo el mundo tiene que enfrentarse a ella. -Michael tendió la mano y la apoyó en el brazo de Gabriel-. Eres mi hermano, ¿de acuerdo? Pero también eres mi mejor amigo. Estoy haciendo esto por los dos. Lo juro por Dios. No podemos seguir comportándonos como cucarachas, escondiéndonos detrás de la pared cada vez que alguien enciende la luz.