– Me alegro de verte. -Tenía una voz suave y siseante-. ¿Quién es tu amigo?
– Es mi hermano, Gabriel.
– La familia es importante. Haz siempre piña con tu familia. -El Señor Bubble se acercó y estrechó la mano de Gabriel-. Tienes un hermano muy listo. Quizá demasiado listo esta vez -dijo acomodándose en el sillón junto al televisor.
Michael se sentó frente a él en la esquina de la cama. Desde que habían salido huyendo de su granja de Dakota del Sur, Gabriel había visto a su hermano convencer a desconocidos de que tenían que comprar algo o formar parte de algún proyecto suyo. Sin embargo, el Señor Bubble no iba a resultar tan fácil de convencer. Uno apenas podía ver sus ojos tras las gafas ahumadas; además, en sus labios había una leve sonrisa, como si se dispusiera a presenciar una comedia.
– ¿Has hablado con tus amigos de Filadelfia? -preguntó Michael.
– Se tardará un poco en organizar eso. Te protegeré a ti y a tu hermano durante unos días hasta que el problema haya quedado resuelto. Entregaremos el edificio de Melrose a la familia Torrelli. Como pago, me quedaré con tu participación en la propiedad Fairfax.
– Eso es demasiado a cambio de un solo favor -contestó Michael-. De ese modo yo me quedo sin nada.
– Cometiste un error, Michael, y ahora hay gente que quiere matarte. De un modo u otro, el problema debe quedar resuelto.
– Puede que eso sea cierto, pero…
– La seguridad es lo primero. Pierdes el control de los dos edificios de oficinas, pero sigues con vida. -Sin dejar de sonreír, el Señor Bubble se recostó en su asiento-. Considéralo una oportunidad para aprender.
8
Maya sacó la cámara y el trípode del hotel Kampa, pero dejó su maleta y la ropa en la habitación. En el tren rumbo a Alemania inspeccionó cuidadosamente el equipo de vídeo, pero no pudo encontrar cuentas localizadoras. Estaba claro que su vida como ciudadana había llegado a su fin. Una vez la Tabula hallara al taxista muerto la perseguirían y la matarían a la primera oportunidad. Sabía que le iba a ser difícil ocultarse. Lo más probable era que la Tabula le hubiera tomado un montón de fotografías durante los años pasados en Londres. También podían haber conseguido sus huellas digitales, una prueba de voz o una muestra de ADN a través de los pañuelos que había tirado a la papelera en la oficina.
Al llegar a Munich se acercó a una mujer paquistaní en la estación de tren y consiguió la dirección de una tienda de ropa islámica. Se sintió tentada de cubrirse de pies a cabeza con el burka que llevaban las mujeres afganas, pero lo voluminoso de la indumentaria le habría dificultado el manejo de las armas. Acabó comprándose un chador negro para ponérselo encima de la ropa occidental, un pañuelo hiyab para la cabeza y gafas oscuras. De vuelta a la estación, destruyó toda su documentación británica y sacó su pasaporte de reserva, que la convertía en Gretchen Voss, estudiante de medicina, hija de padre alemán y madre iraní.
El viaje en avión resultaba peligroso, de modo que tomó el tren hasta París. Allí fue hasta la estación de metro Gallièni y cogió el autobús diario que salía rumbo a Inglaterra. El vehículo iba lleno de trabajadores senegaleses inmigrantes y de familias norteafricanas cargadas con bolsas de ropa vieja.
Cuando el autobús llegó al canal de la Mancha, todos salieron y se pasearon por el enorme ferry. Maya observó a los turistas ingleses comprando licores en las tiendas libres de impuestos, echando monedas en las máquinas tragaperras o mirando una comedia en el televisor. La vida resultaba de lo más normal -casi aburrida- cuando uno era ciudadano. Ninguno de ellos parecía darse cuenta -ni tampoco preocuparse- de que estaba siendo vigilado por la Gran Máquina.
En Inglaterra había cuatro millones de cámaras en circuito cerrado, aproximadamente una cada quince personas. En una ocasión, Thorn le había dicho que un ciudadano corriente que trabajara en Londres podía ser fotografiado por unas trescientas cámaras de vigilancia distintas a lo largo de un solo día. Cuando las cámaras hicieron su aparición, el gobierno puso carteles diciendo a todos que se encontraban «seguros bajo los vigilantes ojos». Al amparo de las nuevas leyes antiterroristas, todos los países industrializados siguieron el ejemplo británico.
Maya se preguntaba si los ciudadanos escogían deliberadamente hacer caso omiso de aquella intromisión o si de verdad creían que aquello los protegía de criminales y terroristas. Daban por sentado que seguían siendo anónimos mientras caminaban por la calle. Sólo unos pocos comprendían el poder de los nuevos programas de escaneo facial. En el instante en que un rostro era fotografiado por una cámara de seguridad, podía ser transformado en una foto de color, contraste y brillo adecuados para ser comparada con la de cualquier permiso de conducir o pasaporte.
Los programas de escaneo identificaban rostros individuales, pero el gobierno también podía utilizar las cámaras para detectar comportamientos poco habituales. Los llamados programas Shadow ya funcionaban en Londres, Las Vegas y Chicago. Los ordenadores analizaban las imágenes por segundo tomadas por las cámaras y alertaban a la policía si alguien dejaba un paquete ante un edificio público o aparcaba el coche en el arcén de la autopista. Shadow detectaba a todo aquel que paseara por la ciudad fijándose en la gente a su alrededor en vez de ir directo al trabajo. Los franceses tenían una palabra para esos curiosos individuos: flâneurs. Sin embargo, en lo que concernía a la Gran Máquina, cualquier peatón que se entretuviera por las esquinas o se detuviera ante una obra en construcción resultaba instantáneamente sospechoso. En cuestión de segundos, las imágenes de esos individuos, resaltadas con color, eran enviadas a la policía.
A diferencia del gobierno británico, a la Tabula no la entorpecían ni las normativas ni los funcionarios. Su organización era relativamente pequeña y estaba bien financiada. Su centro informático de Londres podía piratear cualquier cámara de vigilancia y buscar entre las imágenes con un potente programa. Afortunadamente, si se sumaban las de Estados Unidos y Europa había tantas cámaras de vigilancia que la Tabula se veía saturada de información. Aunque consiguieran una identificación que se correspondiera con alguna de sus imágenes archivadas, era incapaz de responder con la suficiente rapidez para presentarse a tiempo en una determinada estación de tren o vestíbulo de hotel. «Nunca te pares -le había dicho Thorn-. No podrán atraparte si estás en constante movimiento.»
El peligro provenía de cualquier acción rutinaria que mostrara a un Arlequín tomando una ruta previsible hacia algún destino concreto. Los escáneres faciales acabarían descubriendo el parecido, y la Tabula podría organizar la emboscada. Thorn siempre se había mostrado muy precavido ante las situaciones que llamaba canales o ratoneras. Un canal era cuando uno se veía obligado a viajar de determinada manera, y las autoridades observaban. Las ratoneras eran canales que conducían a lugares de los que no había escapatoria, como un avión o la sala de interrogatorio de Inmigración. La Tabula contaba con la ventaja del dinero y la tecnología. Los Arlequines habían sobrevivido gracias a su valor y a su habilidad para mantener conductas aleatorias.
Cuando Maya llegó a Londres tomó el metro hasta la estación de Highbury-Islington, pero no volvió a su apartamento, sino que fue a un restaurante de comida para llevar llamado Hurry Curry. Al muchacho del reparto le dio una llave de la puerta exterior de su apartamento. Luego, le pidió que esperara un par de horas y que le dejara una cena de pollo en el pasillo de entrada. Cuando empezó a oscurecer subió a la azotea del Highbury Barn, un pub situado enfrente de su casa. Oculta tras una salida de ventilación observó a la gente que entraba a comprar licores en la tienda que había en su edificio. Los ciudadanos se apresuraban de un lado a otro llevando maletines o bolsas de la compra. Una furgoneta de reparto se hallaba aparcada cerca de la entrada de su apartamento, pero no se veía a nadie en el asiento del conductor.