Richardson no se sentía concernido por las toscas investigaciones desarrolladas en el pasado. La gente que creía viajar a mundos alternativos sólo sufría una actividad anormal en ciertas zonas cerebrales. Seguramente, santa Teresa, Juana de Arco y demás visionarias no habían sido más que epilépticas que padecían bloqueos del lóbulo temporal. Naturalmente, los nazis se habían equivocado. Esos individuos no eran ni santos ni enemigos del Estado. Sencillamente, lo que necesitaban eran sedantes de última generación y una terapia adecuada para enfrentarse al estrés emocional que imponía su enfermedad.
Cuando Richardson pasó a la parte quinta del volumen se alegró al comprobar que los datos empíricos habían sido obtenidos mediante modernas técnicas neurológicas como tomografías axiales y resonancias magnéticas. Intentó averiguar el nombre de los científicos implicados, pero habían sido tachados con rotulador negro. Los dos primeros informes detallaban la evaluación neurológica de la gente que había llegado a convertirse en Viajera. Cuando esos individuos caían en trance, sus cuerpos quedaban en estado durmiente. Las tomografías efectuadas en ese período no mostraban actividad neural alguna salvo el latido cardíaco controlado por el hipotálamo.
El tercer informe describía un experimento llevado a cabo en unas instalaciones médicas de Pekín donde un grupo de investigadores chinos había inventado algo llamado monitor de energía neural. El MEN medía la energía bioquímica producida por el cuerpo humano, y demostraba que los Viajeros tenían la facultad de crear breves impulsos de lo que Takawa había llamado La Luz. Su poder neural era increíble, unas trescientas veces superior a la débil corriente que fluía normalmente por el sistema nervioso. Los anónimos investigadores sugerían que esa energía estaba relacionada con la posibilidad de viajar a otros mundos.
«Aun así, esto no prueba nada -se dijo Richardson-. La energía satura el cerebro, y esa pobre gente cree ver ángeles.»
Pasó la página de otro informe y leyó rápidamente. En ese experimento, los científicos chinos habían acomodado a cada Viajero en unas cajas de plástico -casi como ataúdes- dotadas de dispositivos especiales para detectar actividad energética. Siempre que un Viajero había caído en trance, de su cuerpo brotaba una poderosa emanación de energía. La Luz disparaba los monitores, pasaba a través de la caja y escapaba. Richardson miró en el capítulo de anotaciones intentando hallar el nombre de los científicos y de los Viajeros; En todos los informes aparecían unas palabras como si fueran el comentario de pasada efectuado al final de una conversación: «Sujeto devuelto a custodia vigilada. Sujeto ya no muestra intención de cooperar. Sujeto fallecido».
Richardson estaba sudando. El cuarto resultaba asfixiante. La ventilación no parecía funcionar. «Abre la ventana y respira un poco de aire nocturno», se dijo. Pero, cuando descorrió las cortinas, descubrió una pared lisa. En la suite no había ventanas, y la puerta estaba cerrada.
11
La tienda bengalí de artículos de boda se hallaba en el extremo sur de Brick Lane. Si uno dejaba atrás los saris dorados y los adornos para fiestas entraba en un cuarto del fondo donde era posible conectarse a internet sin ser rastreado. Maya envió mensajes codificados a Linden y Madre Bendita. Luego, utilizando la tarjeta de crédito del propietario del establecimiento, puso una esquela en Le Monde y The Times:
Fallecido en Praga de resultas de una repentina enfermedad: H. Lee Quinn. Fundador de Thorn Security Ltd. Deja una hija, Maya. En lugar de flores, se puede enviar una aportación a la Fundación del Viajero.
Poco después, aquella misma tarde, le llegó una respuesta a un tablón de anuncios Arlequín, una pared de ladrillo cercana a Holborn Station, donde los mensajes se podían dejar en forma de pintada. Usando un trozo de tiza color naranja, alguien había dibujado el laúd Arlequín, unos números y el mensaje «cinco, seis, Bush, Green». No resultaba difícil de descifrar. Las cifras indicaban la hora y la fecha. El lugar de reunión era el 56 de Shepherd Bush Green.
Maya deslizó una pistola en el bolsillo de su impermeable y se colgó del hombro izquierdo el cilindro portaespadas. El número 56 de Shepherd Bush Green resultó ser una tienda de películas rebajadas de un callejón próximo al cine Empire. Esa tarde se proyectaba una película de karatecas chinos y un documental sobre viajes llamado: Provenza, tierra de encantamientos. Maya compró una entrada a la adormilada joven de la taquilla. Alguien había garabateado tres diamantes cruzados cerca de la entrada del cine, así que entró y encontró a un borracho durmiendo en la tercera fila. Cuando las luces se apagaron y empezó la película, la cabeza del individuo cayó hacia atrás, y éste empezó a roncar.
El documental no tenía nada que ver con la Francia ruraclass="underline" la banda sonora era una ruidosa grabación de la cantante Josephine Baker interpretando J'ai deux amours, y la pantalla mostraba imágenes de noticiarios y fotografías históricas sacadas de internet. Cualquiera que se hubiera aventurado a entrar en el cine habría pensado que se trataba de un habitual galimatías visual, una mezcolanza de imágenes de dolor, opresión y terror. Sólo Maya comprendía que la película presentaba una resumida versión Arlequín del mundo. La historia convencional que se impartía en los colegios no era más que una ficción. Los Viajeros constituían la única y verdadera fuente de transformación del mundo, mientras que la Tabula intentaba destruirlos.
Durante cientos de años, los asesinatos habían sido obra de reyes y líderes religiosos. Un Viajero podía surgir en medio de una sociedad tradicional y presentar una nueva visión que desafiaba a los poderosos. Una persona así solía congregar cierto número de seguidores y ser destruida después. Poco a poco, los gobernantes empezaron a seguir la «Estrategia de Herodes». Cuando los Viajeros resultaban ser más numerosos entre ciertos grupos étnicos o religiosos, las autoridades optaban por liquidar a esos grupos.
Al final del Renacimiento, un puñado de individuos que se llamaban a sí mismos La Hermandad empezó a organizar esos ataques. Manejando su riqueza y contactos, eran capaces de matar Arlequines o localizar a los Viajeros que huían a otros países. La Hermandad servía a reyes y emperadores, pero sus miembros se consideraban por encima de las manifestaciones del poder mundano. Lo que más valoraban era la obediencia y la estabilidad: una sociedad ordenada donde todo el mundo conociera su lugar.
En el siglo XVIII, el filósofo inglés Jeremy Bentham concibió el Panóptico, un modelo de prisión donde un único observador podía vigilar a cientos de prisioneros sin ser visto. La Hermandad utilizó el diseño del Panóptico como base teórica de sus ideas. Creía que resultaba posible controlar el mundo entero desde el momento en que los Viajeros fueran exterminados.
Aunque la Tabula tenía poder y dinero, los Arlequines habían defendido con éxito a los Viajeros durante siglos. La generalización de los ordenadores y la difusión de la Gran Máquina lo cambiaron todo. La Tabula por fin contaba con los medios para localizar y destruir a sus enemigos. Tras la Segunda Guerra Mundial, quedaron aproximadamente dos docenas de Viajeros conocidos en todo el mundo. En esos momentos no había ninguno, y los Arlequines se hallaban reducidos a un puñado de guerreros. A pesar de que La Hermandad prefería permanecer en el anonimato, se consideraba lo bastante fuerte para haber fundado una organización pública conocida como la Fundación Evergreen.