Выбрать главу

Hollis hizo una pausa y extendió las manos.

– Intentad pensar, sentir, ser reales. -Entrelazó las manos-. Eso es todo por hoy.

Los alumnos se inclinaron ante su maestro, cogieron sus bolsas de gimnasia, calzaron sus desnudos pies con sandalias y abandonaron la escuela. Hollis limpió un poco de sudor del suelo con una toalla y se volvió para sonreír a Vicki.

– ¡Vaya, esto sí que es una sorpresa! ¡Si eres Victory From Sin Fraser, la hija de Josetta Fraser!

– Yo era una cría cuando dejaste la congregación.

– Lo recuerdo. Los rezos del miércoles por la noche. El grupo de jóvenes los viernes por la noche. El club de los domingos. Siempre me gustó cantar. Había buena música en la iglesia, pero todos aquellos rezos no eran para mí.

– Estaba claro que no eras un creyente.

– Creo en muchas cosas. Isaac T. Jones fue un gran profeta, pero no el definitivo. -Hollis caminó hacia la salida-. Bueno, ¿para qué has venido y quién es tu amiga? Las clases para principiantes son los miércoles, jueves y viernes por la tarde.

– No hemos venido a aprender a luchar. Ella es mi amiga, Maya.

– ¿Y tú qué eres? -le preguntó a Maya-, ¿una blanca convertida?

– Ése es un comentario idiota -terció Vicki-. El Profeta acepta todas las razas.

– Sólo estoy intentando ajustarme a los hechos, señorita Victory From Sin Fraser. Si no has venido por las clases, será para invitarme a alguna reunión de la iglesia. Supongo que el reverendo Morganfield habrá pensado que conseguirá mejores resultados enviándome dos monadas para que hablen conmigo. Puede que tenga razón, pero no va a salir bien.

– Esto no tiene nada que ver con la congregación -intervino Maya-. Quiero contratarte como luchador. Supongo que tendrás armas o acceso a ellas.

– ¿Y quién demonios eres tú?

Vicki miró a Maya pidiendo permiso. La Arlequín movió ligeramente los ojos: «Adelante, díselo».

– Ella es Maya. Es una Arlequín que ha venido a Los Ángeles para buscar a dos Viajeros no nacidos.

Hollis pareció sorprenderse y después rió ruidosamente.

– ¡Claro, y yo soy el rey del mundo! ¡No me vengáis con estas chorradas! Ya no quedan Viajeros ni Arlequines. Los han perseguido y matado a todos.

– Confío en que todo el mundo piense igual -dijo Maya con calma-. Las cosas serán más fáciles para nosotros si nadie cree que existimos.

Hollis miró fijamente a Maya y alzó una ceja, como si pusiera en duda el derecho de la joven a estar allí. De repente separó las piernas en posición de combate y lanzó un puñetazo a media velocidad. Vicki gritó, pero Hollis continuó el ataque con otro golpe y una patada cruzada. Mientras Maya retrocedía a trompicones, el estuche portaespadas se le cayó del hombro y rodó por el suelo.

Hollis dio una voltereta que terminó con otra patada cruzada que Maya consiguió bloquear. El karateca se movió más deprisa, atacándola con toda su fuerza y velocidad. Con patadas y puñetazos empujó a Maya contra la pared. Ella paró los golpes con manos y antebrazos, cambió el peso al pie derecho y lanzó una patada dirigida a la entrepierna de Hollis que cayó hacia atrás, rodó por el suelo y volvió a ponerse en pie de un salto con otra combinación.

En ese momento luchaban de verdad y con la intención de hacerse daño. Vicki les gritó que pararan, pero ninguno parecía escucharla. Una vez repuesta de la sorpresa inicial, Maya había recobrado el dominio de la situación, y sus ojos mostraban calma y concentración. Se aproximó lanzando patadas y golpes con la intención de hacer todo el daño posible.

Hollis se alejó de ella brincando a su alrededor. Incluso en una situación así, tenía que demostrar a todos que era un luchador elegante e imaginativo. Con giros y volteretas empujó a Maya por la sala. La Arlequín se detuvo cuando tocó la funda de la espada con el pie.

Fingió lanzar un puñetazo a la cabeza de Hollis, bajó la mano y cogió el estuche. La espada surgió al instante con el guardamanos en posición, mientras Maya se lanzaba contra su atacante. Hollis perdió el equilibrio, cayó hacia atrás y Maya se detuvo. La punta de la hoja se hallaba a cinco centímetros del cuello de Hollis.

– ¡No! -gritó Vicki rompiendo el encantamiento.

La violencia y la furia se esfumaron de la sala. Maya apartó el arma mientras Hollis se ponía en pie.

– ¿Sabes? Siempre había deseado ver una de estas espadas Arlequín.

– La próxima vez que luchemos así acabarás muerto.

– Pero no volveremos a luchar. Estamos en el mismo bando. -Hollis se volvió e hizo un guiño a Vicki-. Bueno, guapas, ¿y cuánto habíais pensado pagarme?

23

Hollis se sentó al volante de la furgoneta de reparto, y Vicki se instaló en el asiento del pasajero mientras Maya se agachaba en la parte de atrás, lejos de la ventana. A medida que cruzaban Beverly Hills iba captando imágenes sueltas de la ciudad. Algunas viviendas eran de estilo español, con techos de teja roja y jardines. Otras parecían versiones modernas de las villas toscanas. Muchas de ellas eran simplemente grandes y carecían de cualquier estilo identificable, pero exhibían elaborados pórticos y balcones al estilo Romeo y Julieta. Resultaba curioso ver tantas mansiones a la vez grandiosas y carentes de personalidad.

Hollis cruzó Sunset Boulevard y se metió en Coldwater Canyon.

– De acuerdo -anunció-. Nos estamos acercando.

– Quizá estén vigilando el sitio. Aminora y aparca antes de llegar.

Hollis se detuvo unos minutos más tarde, y Maya se acercó a la parte de delante para mirar por el parabrisas. Se habían detenido en una calle residencial donde las casas se hallaban próximas a la acera. Vieron un camión del Departamento de Aguas y Electricidad aparcado a pocos metros de la casa de Maggie Resnick. Un hombre vestido con un mono color naranja trepaba a un poste mientras otros dos lo observaban desde abajo.

– Parece todo normal -comentó Hollis.

Vicki meneó la cabeza.

– No. Están buscando a los hermanos Corrigan. Un camión igual que ése ha estado aparcado los dos últimos días delante de mi casa.

Agachada en el suelo de la parte de atrás, Maya sacó la escopeta de combate de su maletín y la cargó. El arma disponía de una culata de hierro, y Maya la plegó de modo que pareciera una enorme pistola. Cuando volvió a la cabina, un vehículo todoterreno había aparcado tras el camión de la luz. Shepherd se apeó de él, hizo un gesto de asentimiento a los falsos operarios y subió los peldaños de madera que conducían a la entrada de la vivienda de dos pisos. Llamó al timbre y aguardó hasta que una mujer se presentó en la puerta.

– Pon en marcha la furgoneta y ve hacia la casa -ordenó Maya.

Hollis no obedeció.

– ¿Quién es el tío rubio ese?

– Es un antiguo Arlequín llamado Shepherd.

– ¿Y qué hay de los otros hombres?

– Son mercenarios de la Tabula.

– ¿Cómo quieres proceder?

Maya no contestó, y sus compañeros tardaron unos segundos en comprender que se disponía a acabar con Shepherd y los mercenarios. Vicki pareció horrorizarse, y la Arlequín se vio a sí misma a través de los ojos de la joven.

– No vas a matar a nadie -dijo Hollis en voz baja.

– Te he contratado, Hollis. Se supone que eres un mercenario.

– Te expliqué mis condiciones. Te ayudaré y te protegeré, pero no dejaré que te acerques a un desconocido y te lo cargues.

– Shepherd es un traidor -explicó Maya-. Trabaja para…

Antes de que pudiera concluir su explicación, la puerta del garaje se abrió y un joven a lomos de una moto salió a toda velocidad. Mientras saltaba a la acera, uno de los operarios habló a través de una radio portátil. Maya tocó el hombro de Vicki.

– Ése es Gabriel Corrigan -dijo-. Linden me explicó que iba en moto.

Gabriel giró a la derecha en Coldwater Canyon y remontó la colina hacia Mulholland Drive. Unos segundos más tarde, tres motoristas con cascos negros pasaron al lado de la furgoneta en su persecución.