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– Veo que has conocido a Garvey -le dijo.

– ¿Así se llama?

– Sí. No le gusta que lo toquen y tampoco ronronea. No creo que eso sea normal.

– No sabría decírtelo -contestó Maya-. Nunca he tenido una mascota.

En la encimera había una cafetera eléctrica. Maya se sirvió un poco en una taza amarilla y le añadió leche.

– He preparado un poco de pan de maíz. ¿Tienes hambre?

– Desde luego.

Vicki cortó una gruesa rebanada y la depositó en un plato. Las dos mujeres se sentaron a la mesa. Maya extendió un poco de mantequilla en la rebanada y le añadió mermelada de arándanos. El primer bocado le resultó delicioso y experimentó un instante de inesperado placer. En la cocina todo aparecía limpio y ordenado. En el suelo de linóleo brillaban rectángulos de sol. A pesar de que Hollis se había distanciado de su congregación, de la pared de al lado de la nevera colgaba una foto de Isaac T. Jones.

– Hollis va a ir a comprar unos recambios para la moto -anunció Vicki-, pero quiere que Gabriel se mantenga fuera de la vista y se quede aquí.

Maya asintió mientras masticaba.

– Me parece buena idea.

– Bueno, y tú, ¿qué piensas hacer?

– No estoy segura. Tengo que ponerme en contacto con mi amigo en Europa.

Vicki recogió los platos sucios y los dejó en el fregadero.

– ¿Crees que la Tabula sabe que era Hollis quien conducía ayer?

– Puede ser. Dependerá de lo que vieron los tres motoristas cuando los adelantamos.

– ¿Y qué ocurrirá si se enteran de que fue Hollis?

– Intentarán capturarlo. -La voz de Maya sonaba inexpresiva-. Luego lo torturarán en busca de información y lo matarán.

Vicki se dio la vuelta con un trapo en las manos.

– Eso fue lo que le dije, pero Hollis se lo tomó a broma y me contestó que siempre está buscando gente nueva con la que entrenar.

– Creo que Hollis puede cuidar perfectamente de sí mismo, Vicki. Es un magnífico luchador.

– Es demasiado confiado. Creo que debería…

La puerta de rejilla se abrió con un chirrido, y Hollis entró.

– Bueno, ya tengo mi lista de la compra. -Sonrió a Vicki-. ¿Por qué no vienes conmigo? Compraremos un neumático nuevo y algo de provisiones para la hora de comer.

– ¿Necesitas dinero? -preguntó Maya.

– ¿Tienes un poco?

Maya se metió la mano en el bolsillo y sacó unos cuantos billetes de veinte.

– Paga en efectivo. Cuando hayas comprado el neumático lárgate de allí enseguida.

– No tengo motivo para entretenerme.

– Evita las tiendas con cámaras de vigilancia en los aparcamientos. Esas cámaras pueden fotografiar las matrículas.

Hollis y Vicki salieron juntos, y Maya los observó alejarse. Gabriel seguía fuera, desmontando el neumático de la llanta. Maya se aseguró de que la verja estuviera cerrada y que ocultara a Gabriel de la vista de quien pudiera pasar por la calle. Pensó en discutir el siguiente paso con él, pero decidió que era mejor hablar primero con Linden. Gabriel parecía abrumado por todo lo que ella le había contado la víspera. Seguramente necesitaba tiempo para asimilarlo.

Maya volvió al dormitorio, conectó su portátil y entró en internet mediante su teléfono vía satélite. Linden debía de estar durmiendo o desconectado porque tardó más de una hora en localizarlo y seguirlo hasta una zona de chat segura. Utilizando un lenguaje neutro para no alertar a Carnivore, le describió lo acontecido.

– «La competencia ha respondido con agresivas tácticas de mercado. En estos momentos me encuentro en casa de nuestro empleado con nuestro nuevo socio.»

Maya utilizó un código de números primos aleatorios para dar a Linden la dirección de la casa. El Arlequín francés no respondió, de modo que al cabo de unos minutos Maya tecleó: «¿Comprendido?».

– «¿Puede nuestro nuevo socio viajar a otros países?»

– «Por el momento, no.»

– «¿Has visto algún indicio de esa habilidad?»

– «No. No es más que un ciudadano cualquiera.»

– «Debes presentárselo a un maestro que pueda evaluar su poder.»

– «No es responsabilidad nuestra» -contestó Maya.

Se suponía que el deber de los Arlequines terminaba en el hallazgo y salvaguarda de los Viajeros. No se inmiscuían en los viajes espirituales de nadie.

De nuevo se produjo una pausa de varios minutos mientras Linden parecía meditar su respuesta. Al fin, sus palabras aparecieron en la pantalla del ordenador.

– «Nuestros competidores se han hecho con el control del hermano mayor y lo han llevado a unas instalaciones de investigación de Nueva York. Su intención es evaluar sus posibilidades y entrenarlo. En estos momentos desconocemos sus objetivos a largo plazo, pero debemos poner en marcha todos nuestros recursos para oponernos.»

– «¿El nuevo socio es nuestro recurso principal?»

– «En efecto. La carrera ha empezado, y por el momento la competencia nos lleva la delantera.»

– «¿Y si no quiere cooperar?»

– «Utiliza todos los medios necesarios para que cambie de idea. En el sudoeste de Estados Unidos vive un maestro protegido por un grupo de amigos. Lleva a nuestro nuevo socio allí antes de tres días. Durante ese tiempo me pondré en contacto con nuestros amigos y les diré que estás en camino. Tu destino será…»

Se produjo otra pausa y acto seguido una serie de números aparecieron en pantalla. «Confirma transmisión», tecleó Linden.

Maya no respondió.

Las palabras aparecieron de nuevo exigiendo respuesta, pero esta vez en mayúsculas: «CONFIRMA TRANSMISIÓN».

«No le contestes», se dijo Maya.

Sopesó la posibilidad de salir de la casa y cruzar la frontera de México con Gabriel. Eso sería lo más seguro. Transcurrieron unos segundos. Al fin, puso los dedos sobre el teclado y escribió: «Información recibida».

La pantalla se oscureció, y la presencia de Linden se desvaneció. Maya decodificó los números con el ordenador y descubrió que se suponía que debía dirigirse a una ciudad en el sur de Arizona llamada San Lucas. ¿Qué los esperaría allí? ¿Nuevos enemigos? ¿Otro enfrentamiento? Sabía que la Tabula los estaba buscando utilizando todos los recursos de la Gran Máquina.

Ella volvió a la cocina y abrió la puerta mosquitera. Gabriel se encontraba en el camino junto a una motocicleta. Había encontrado una percha y la había desarmado para convertirla en una varilla de alambre con el gancho en un extremo. Ahora utilizaba la herramienta improvisada para asegurarse de que el eje de la rueda trasera estuviese alineada correctamente.

– Gabriel, me gustaría echar un vistazo a la espada que llevas.

– Adelante. Está en mi mochila, y la he dejado en el salón.

Maya permaneció en el umbral de la puerta sin saber qué decir. Gabriel no parecía percatarse de la falta de respeto que manifestaba hacia su arma; al final, dejó lo que estaba haciendo.

– ¿Qué pasa?

– Esa espada en concreto es muy especial. Sería mejor si me la entregaras personalmente.

Él pareció sorprendido, pero sonrió y se encogió de hombros.

– Claro. Si eso es lo que quieres… Dame un minuto.

Maya llevó su maleta al salón y se sentó en el sofá. Oyó correr el agua por las cañerías mientras Gabriel se lavaba la grasa de las manos en la cocina. Cuando entró en la sala miró a Maya como si fuera una lunática capaz de agredirlo. Ella comprendió que la silueta de sus cuchillos debía de resultar visible bajo las mangas de su suéter de algodón.