Thorn la había prevenido acerca de las incómodas relaciones que se establecían entre Arlequines y Viajeros. El hecho de que los Arlequines arriesgaran sus vidas para defender a los Viajeros no significaba que entre ellos se llevaran bien. Con frecuencia, los que cruzaban a otros dominios se volvían más espirituales. Sin embargo, los Arlequines permanecían con los pies en la tierra, mancillados por la muerte y la violencia del Cuarto Dominio.
Cuando Maya tenía catorce años había viajado a través de Europa Oriental con Madre Bendita. Cada vez que la Arlequín irlandesa daba una orden, tanto ciudadanos como zánganos se apresuraban a obedecer. «Sí, señora», «Desde luego, señora», «Esperamos que no tenga problemas». Madre Bendita había traspasado cierto límite, y la gente lo percibía al instante. Maya era consciente de que todavía no era lo bastante fuerte para tener semejante poder.
Gabriel fue hacia su mochila, sacó la espada -que se hallaba todavía dentro de su vaina de laca negra- y la presentó a Maya sosteniéndola con ambas manos.
Ella notó su perfecto equilibrio y supo de inmediato que se trataba de un arma especial. La empuñadura de piel de raya tenía una envoltura de cuerda y una incrustación de jade verde oscuro.
– Mi padre entregó esta espada al tuyo cuando tú aún eras un niño.
– No lo recuerdo -contestó Gabriel-. Para mí siempre estuvo en casa.
Sujetando la vaina entre las rodillas, Maya desenfundó la hoja lentamente, la mantuvo en alto y la examinó en toda su longitud. Se trataba de una espada de estilo Tachi, un arma que había que llevar con el filo hacia abajo. Su forma era perfecta, pero la verdadera belleza se ponía de manifiesto en el hamon, el borde de unión entre el filo templado y el resto de hoja sin templar. Las zonas claras del metal -llamadas nie- formaban un perlado contraste. A Maya le recordó las zonas de tierra de un camino entre la ligera nieve de la primavera.
– ¿Por qué es tan importante esta espada? -preguntó Gabriel.
– Fue utilizada por Sparrow, un Arlequín japonés, el último que había en Japón, el último superviviente de una larga tradición. Sparrow era famoso por su valor y sus recursos, pero entonces abrió su vida a la debilidad.
– ¿Qué debilidad?
– Se enamoró de una joven universitaria. La yakuza, que trabajaba para la Tabula, la encontró y la secuestró. Cuando Sparrow intentó rescatarla, lo mataron.
– Entonces, ¿de qué modo llegó la espada a Estados Unidos?
– Mi padre localizó a la estudiante. Estaba embarazada y se escondía de la yakuza. Él la ayudó a emigrar aquí, y ella le permitió quedarse con la espada.
– Pues si es tan importante, ¿por qué no se la quedó tu padre?
– Se trata de un talismán. Eso significa que es muy antigua y que cuenta con su propio poder. Un talismán puede ser un amuleto o un espejo. Los Viajeros pueden llevar con ellos talismanes cuando cruzan a otros dominios.
– Entonces por eso acabó en nuestro poder…
– No puedes poseer un talismán, Gabriel. Su poder existe más allá de la avaricia o el deseo humano. Sólo podemos utilizarlo o entregarlo a otra persona. -Maya volvió a admirar el filo de la espada-. Este talismán en concreto necesita ser aceitado y limpiado. Si no te importa…
– Claro que no. Adelante. -Gabriel parecía avergonzado-. No he dedicado tiempo a limpiarla.
Maya había llevado con ella el material necesario para la conservación de su espada. Metió la mano en la maleta y sacó un trozo de hosho, un papel hecho con el interior de la corteza de una morera. Willow, el Arlequín chino, le había enseñado cómo tratar con respeto un arma. Inclinó la espada levemente y empezó a frotar la suciedad y las marcas de mugre de la hoja.
– Tengo malas noticias, Gabriel. Hace unos minutos me he puesto en contacto con otro Arlequín a través de internet. Mi amigo tiene un espía en la Tabula, y me ha confirmado que han capturado a tu hermano.
Gabriel se inclinó hacia delante en su asiento.
– ¿Qué podemos hacer? -preguntó-. ¿Dónde lo retienen?
– Se encuentra en un centro de investigación vigilado, cerca de Nueva York. Incluso aunque supiera el lugar exacto resultaría muy difícil liberarlo.
– ¿Por qué no podemos avisar a la policía?
– Puede que el policía corriente sea honrado, pero eso no ayuda a nuestra causa. Nuestros enemigos son capaces de manipular la Gran Máquina, el sistema mundial de ordenadores que supervisa y controla el funcionamiento de nuestra sociedad.
Gabriel asintió.
– Mis padres lo llamaban la «Red».
– La Tabula puede entrar en los ordenadores de la policía e introducir informes falsos. Seguramente ya habrán colado algún mensaje diciendo que a ti y a mí se nos busca por asesinato.
– De acuerdo. Olvida a la policía. Vayamos a donde tienen encerrado a Michael.
– Yo sólo soy una, Gabriel. He contratado a Hollis para que luche a nuestro lado, pero no sé si es de fiar. Mi padre solía llamar «espadas» a los luchadores. No es más que otra manera de contar a la gente que está de tu lado. En estos momentos no cuento con bastantes espadas para asaltar un centro de investigación de la Tabula.
– Tenemos que ayudar a mi hermano.
– No creo que lo maten. La Tabula tiene un plan relacionado con algo llamado ordenador cuántico y la intervención de un Viajero. Desean entrenar a tu hermano para que cruce a otros dominios. Todo esto es nuevo. No sé de qué modo pretenden conseguirlo. Normalmente, los Viajeros son instruidos por individuos llamados «Rastreadores».
– ¿Qué es eso?
– Dame un minuto y te lo explicaré.
Maya examinó la hoja de nuevo y vio unas rozaduras y hendiduras en el metal. Sólo un experto japonés, un togishi, era capaz de afilarla. Lo más que podía hacer ella era engrasarla para que no se oxidase. Cogió un pequeño frasco ambarino y vertió un poco de aceite de clavo en un paño de algodón. El dulce aroma de la especia llenó la estancia mientras Maya frotaba la hoja cuidadosamente. Durante un segundo supo algo con absoluta certeza: aquella espada era muy poderosa. Había matado antes y volvería a hacerlo.
– Un Rastreador es una clase especial de maestro. Normalmente se trata de una persona con cierto entrenamiento espiritual. Los Rastreadores no son Viajeros, no pueden cruzar a otros dominios, pero saben cómo ayudar a quien posea ese don.
– ¿Y dónde se los encuentra?
– Mi amigo me ha dado la dirección de uno que vive en Arizona. Esa persona averiguará si tienes ese poder.
– Lo que realmente quiero hacer es arreglar mi moto y salir de aquí.
– Eso sería una locura. Sin mi protección, la Tabula acabaría encontrándote.
– No necesito la protección de nadie, Maya. Me he mantenido al margen de la Red casi toda mi vida.
– Pero ahora te están buscando con todas sus armas y recursos. No comprendes lo que son capaces de hacer.
Gabriel parecía enfadado.
– Vi lo que le pasó a mi padre. Los Arlequines no nos salvaron. Nadie lo hizo.
– Creo que deberías venir conmigo.
– ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene?
Maya habló lentamente, sosteniendo todavía la espada y recordando lo que Thorn le había enseñado.
– Algunos filósofos creen que la tendencia natural de la humanidad es la intolerancia, el odio y la crueldad. Los poderosos desean aferrarse a su poder y destruirán a cualquiera que los desafíe.
– Eso está bastante claro.
– La necesidad de controlar a los demás es muy fuerte, pero el deseo de libertad y la capacidad para demostrar compasión todavía sobreviven. La oscuridad está por todas partes, pero la luz subsiste.
– ¿Y tú crees que es gracias a los Viajeros?
– Aparecen en cada generación. Los Viajeros dejan este mundo y después regresan para ayudar al prójimo. Inspiran a la humanidad, nos aportan nuevas ideas y nos conducen hacia delante.