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Cuando llegaron a su calle cerca de Baldwin Hills, Vicki pidió a Hollis que aparcara en la esquina. No quería que su madre la viera en el coche y saliera corriendo de casa. Josetta supondría lo peor de Hollis: que la rebelión de su hija había sido causada por su relación secreta con aquel hombre.

Se volvió hacia él.

– ¿Cómo vas a convencer a la Tabula de que Gabriel sigue en Los Angeles?

– No tengo un plan preciso, pero ya se me ocurrirá algo. Antes de que Gabriel se marchara, grabé su voz en una cinta. Si lo oyen haciendo una llamada local supondrán que sigue en la ciudad.

– Y luego, ¿qué harás?

– Coger el dinero y adecentar mi escuela. Necesitamos un sistema de aire acondicionado porque el propietario del inmueble no quiere soltar la pasta.

Vicki debió de mostrar su decepción ante la mal disimulada actitud de fastidio de Hollis.

– ¡Vamos ya, Vicki, no te comportes como una meapilas! En las últimas veinticuatro horas no has sido así.

– ¿Y cómo es una meapilas?

– Haciendo siempre juicios morales. Citando a Isaac T. Jones a la mínima oportunidad.

– Sí, me olvidaba que tú no crees en nada.

– Creo en ver las cosas con claridad. Y me parece que está muy claro que la Tabula tiene toda la pasta y todo el poder. Hay más de una posibilidad de que localicen a Gabriel y a Maya. Ella es una Arlequín, así que no se rendirá. -Hollis meneó la cabeza-. Predigo que dentro de unas semanas habrá muerto.

– ¿Y no piensas hacer nada?

– No soy un idealista. Dejé la iglesia hace mucho. Tal como te dije, acabaré el trabajo, pero no voy a luchar por una causa perdida.

Vicki apartó la mano del tirador y se encaró con él.

– Dime, Hollis, ¿de qué te ha servido todo tu entrenamiento? ¿Para hacer dinero? ¿Eso es todo? ¿No deberías estar luchando por algo que ayudara a los demás? La Tabula quiere capturar y controlar a cualquiera que pueda ser un Viajero, y desean que los demás nos comportemos como robots, obedeciendo a los rostros que aparecen en la televisión y odiando y temiendo a gente que nunca hemos visto.

Hollis hizo un gesto de indiferencia.

– No digo que no tengas razón, pero eso no cambia nada.

– Y si se desencadena una gran batalla, ¿de qué lado estarás tú?

Vicki puso la mano en el tirador, dispuesta a marcharse; pero Hollis extendió la suya y se la acarició. Con un simple y suave tirón la atrajo hacia él, se inclinó y la besó en los labios. Fue como si la luz fluyera entre los dos y por un instante se fundieran en uno. Vicki se apartó y abrió la portezuela.

– ¿Te gusto? -preguntó él-. Reconoce que te gusto.

– Deuda No Pagada, Hollis. Deuda No Pagada.

Vicki corrió por la acera y acortó a través de un jardín vecino hasta la entrada de su casa.

«No te detengas -se dijo-. No mires atrás.»

28

Maya estudió el mapa y vio que la interestatal salía de Los Ángeles y conducía directo hasta Tucson. Si seguían el grueso trazo verde llegarían en seis o siete horas. Una ruta directa resultaba eficaz, pero también más peligrosa. La Tabula los estaría buscando en las vías principales. Maya decidió cruzar el desierto de Mojave hacia el sur de Nevada y después coger rutas secundarias hasta Arizona.

La red de carreteras resultaba confusa, pero Gabriel sabía adónde ir. Conducía su moto por delante de Maya como una escolta de policía, haciéndole gestos con la mano para indicarle que aminorara, cambiara de carril o tomara tal o cual salida. Al principio, siguieron la autopista interestatal por el condado de Riverside. Cada treinta y tantos kilómetros pasaban ante un centro comercial con enormes almacenes. Apiñadas en torno a los establecimientos se veían urbanizaciones residenciales de idénticas viviendas, todas con sus tejados de rojas tejas y verdes jardines.

Todas esas aglomeraciones tenían un nombre que aparecía en los carteles de la carretera, pero a Maya se le antojaban tan artificiales como los decorados de cartón piedra de un escenario. Le costaba creer que alguien se hubiera desplazado hasta esos lugares en carretas cubiertas para arar la tierra y levantar una escuela. Las ciudades al borde de la autopista parecían obras deliberadas, como si alguna empresa de la Tabula hubiera trazado toda la comunidad y sus habitantes hubiesen seguido las órdenes al pie de la letra comprando las casas, buscando empleos, teniendo hijos y entregándolos a la Gran Máquina.

Cuando llegaron a un pueblo llamado Twenty Nine Palms salieron de la autopista y se metieron por una carretera de doble dirección que cruzaba el desierto de Mojave. Aquél era un Estados Unidos distinto de las urbanizaciones de las autopistas. Al principio, el paisaje resultó desolado y desierto; luego pasaron por zonas de piedra rojiza, tan parecidas entre sí como las mismísimas pirámides. Había yucas, con sus hojas en forma de espada, y grandes cactos cuyas torcidas ramas recordaban brazos alzados hacia el cielo.

Una vez fuera de la autopista, Gabriel empezó a disfrutar del viaje. Se inclinaba sobre la moto a un lado y a otro, zigzagueando en plena recta desierta. De repente, empezó a ir mucho más deprisa. Maya apretó el acelerador, intentando mantener la distancia, pero Gabriel metió la quinta y abrió gas a fondo. Furiosa, Maya lo vio hacerse cada vez más pequeño hasta que finalmente lo perdió tras el horizonte.

Empezó a preocuparse cuando no lo vio regresar. ¿Y si había decidido olvidarse del Rastreador y desaparecer por su cuenta? ¿Y si le había ocurrido algo malo? Quizá la Tabula lo había capturado y en ese momento esperaban que ella apareciera. Pasaron diez minutos. Veinte. Cuando casi había perdido los nervios, un puntito surgió en la carretera ante ella. Se fue haciendo cada vez más grande, hasta que por fin Gabriel salió de entre la calina. Iba a toda velocidad cuando la sobrepasó en sentido contrario, sonriendo y agitando la mano.

«¡Idiota! -pensó Maya-. ¡Maldito idiota!»

Observándolo por el retrovisor, vio a Gabriel dar media vuelta y acelerar para atraparla. Cuando la adelantó, hizo señales con las largas y tocó la bocina. Luego aminoró y se puso a la altura de la furgoneta. Maya bajó la ventanilla.

– ¡No puedes hacer eso! -le gritó.

Gabriel se llevó un dedo a la oreja y meneó la cabeza: «Lo siento, no puedo oírte».

– ¡No corras tanto! Has de quedarte conmigo.

Gabriel sonrió como un muchacho travieso y volvió a acelerar alejándose de Maya. Nuevamente se perdió en la distancia, tragado por la bruma. Un espejismo apareció sobre el lecho de un lago seco, y la falsa agua rieló bajo el ardiente sol.

Cuando llegaron a la localidad de Saltus, Gabriel se detuvo en un establecimiento que era mitad restaurante, mitad tienda de ultramarinos y había sido construido para parecer una cabaña de troncos de los pioneros del Oeste. Llenó el depósito de gasolina y entró en el edificio.

Maya echó un poco de gasolina en la furgoneta, pagó al viejo del surtidor y entró en el restaurante por una puerta abierta. El lugar estaba decorado con aperos de labranza y lámparas hechas con ruedas de carro. En las paredes colgaban cabezas disecadas de ciervos y cabras montés. Era primera hora de la tarde y no había clientes.

Se instalaron en un reservado y encargaron la comida a una camarera de aspecto aburrido y vestida con un sucio delantal. Los platos llegaron enseguida. Gabriel devoró su hamburguesa y pidió otra mientras Maya tomaba pequeños bocados de su tortilla de champiñones.