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– ¿Se lo dijo alguna vez a tu padre?

– No nos atrevíamos a desafiarlo. A veces, mi padre nos miraba y sabía al instante lo que pensábamos. Michael y yo creíamos que nos podía leer la mente.

– ¿Y qué pensaban de él los vecinos?

– No conocíamos a casi nadie. La familia Stevenson vivía en una granja de más arriba, pero no se mostraban muy amistosos. Había una pareja mayor, Don e Irene Tedford, que vivía al otro lado del arroyo y que se presentó una tarde con dos tartas de manzana. Les sorprendió que no tuviéramos electricidad, pero ahí quedó todo. Recuerdo a Don comentando que la televisión era una pérdida de tiempo.

»Michael y yo empezamos a ir cada tarde a casa de los Tedford para que nos dieran galletas caseras. Mi padre se quedaba siempre en la granja, pero a veces mi madre iba con un cesto de ropa a su casa para hacer la colada en la lavadora eléctrica. Los Tedford tenían un hijo llamado Jerry que había muerto en una guerra, y su retrato estaba por toda la casa. Estaba muerto, pero hablaban de él como si todavía viviera.

»Todo fue bien hasta que el sheriff Randolph se presentó con su coche patrulla. Era un tipo corpulento, de uniforme y llevaba una pistola. Me dio miedo verlo llegar. Pensé que pertenecía a la Red y que mi padre tendría que matarlo.

Maya lo interrumpió.

– En una ocasión estaba en un coche con un Arlequín llamado Libra, y nos pararon por exceso de velocidad. Pensé que Libra iba a cortar el cuello de aquel policía.

– Yo me sentí igual -repuso Gabriel-. Ni Michael ni yo sabíamos qué iba a ocurrir. Mi madre preparó té frío para el sheriff Randolph y todos nos sentamos en el porche. Al principio, Randolph sólo dijo cosas agradables acerca de lo bien que habíamos arreglado la granja, pero después empezó a hablar de no sé qué impuesto local sobre bienes inmuebles. Pensaba que, por no habernos conectado a la red eléctrica, íbamos a negarnos a pagar los impuestos a causa de razones políticas.

»Al comienzo, mi padre no dijo nada y se quedó mirando a Randolph muy fijamente, concentrándose en él. De repente anunció que pagaría gustoso el impuesto, y todos nos quedamos más tranquilos. El único que no parecía contento era Michael, que se acercó al sheriff y le dijo que deseaba ir al colegio con los demás chicos.

»Cuando Randolph se hubo marchado, mi padre nos reunió en la cocina para una charla familiar. Le dijo a Michael que el colegio era peligroso porque formaba parte de la Red. Michael contestó que necesitaba aprender cosas como matemáticas, ciencias e historia. Dijo que no podríamos defendernos de nuestros enemigos si no recibíamos una educación.

– ¿Y qué ocurrió? -preguntó Maya.

– No hablamos del asunto durante el resto del verano. Al final mi padre dijo que conforme, que podíamos ir al colegio, pero que debíamos tener cuidado. No podíamos decir nuestro verdadero nombre y tampoco mencionar las armas.

»Yo me sentía nervioso por tener que encontrarme con otros chicos, pero Michael estaba muy contento. El primer día de clase, se levantó dos horas antes para elegir la ropa que se iba a poner. Me contó que todos los chicos vestían vaqueros y camisas de franela, y que nosotros teníamos que ir igual, que así seríamos como los demás.

»Mamá nos llevó a Unityville y nos matriculamos con nuestros nombres falsos. Michael y yo pasamos dos horas en el despacho mientras el ayudante del director, el señor Batenor, nos hacía unas pruebas. Los dos sabíamos leer muy bien, pero yo fallaba en matemáticas. Cuando me llevaron al aula, los alumnos me miraron. Fue la primera vez que comprendí lo diferente que era mi familia, y cómo nos veían los demás. Los chicos empezaron a cuchichear hasta que el maestro los mandó callar.

»Durante el recreo me encontré con Michael en el patio y nos quedamos mirando cómo los otros chicos jugaban a fútbol. Tal como él me había dicho, los dos íbamos con vaqueros. Cuatro chavales mayores dejaron el partido y se nos acercaron para hablar con nosotros. Todavía me acuerdo de la expresión del rostro de Michael, de lo emocionado, de lo feliz que estaba. Creía que los chicos iban a pedirnos que nos uniéramos al partido y fuéramos amigos.

»Uno de aquellos chavales, el más alto, dijo: "Sois los Miller. Vuestros padres han comprado la granja de Hale Robinson". Michael intentó darle la mano, pero el otro añadió: "Vuestros padres están chiflados".

»Mi hermano siguió sonriendo unos segundos, como si no pudiera dar crédito a lo que el otro acababa de decir porque llevaba años en la carretera forjando su propia fantasía acerca del colegio y de una vida normal. Me dijo que me apartara y entonces le soltó un puñetazo en la boca al más alto. Los demás se le echaron encima, pero no tuvieron la más mínima oportunidad porque Michael utilizaba golpes de kárate contra unos pobres campesinos. Los dejó tirados por el suelo y habría seguido golpeándolos si yo no lo hubiera apartado.

– Entonces, ¿nunca hicisteis amigos?

– La verdad es que no. Los profesores apreciaban a Michael porque sabía hablar con los adultos. Pasábamos todo nuestro tiempo libre en la granja y no nos importaba, porque siempre teníamos algo en marcha, como construir una cabaña o adiestrar a Minerva.

– ¿Quién era Minerva? ¿Vuestro perro?

– Era nuestra lechuza de seguridad. -Gabriel sonrió ante el recuerdo-. Unos meses antes de ir al colegio encontré una cría de lechuza cerca del riachuelo que atravesaba la finca de Tedford. Como no vi ningún nido cerca, la envolví con mi camiseta y me la llevé a casa.

»Mientras fue pequeña la tuvimos en una caja de cartón y la alimentamos con comida para gatos. Decidí llamarla Minerva porque había leído un libro donde explicaba que esa diosa tenía una lechuza que la ayudaba. Cuando Minerva se hizo mayor, mi padre recortó un agujero en la pared de la cocina y construyó una plataforma a ambos lados con una pequeña trampilla. Entre todos enseñamos a Minerva a empujarla para entrar en la cocina.

»Mi padre instaló la jaula de la lechuza entre unos matorrales que había al final del camino. La jaula tenía un contrapeso que abría la puerta; el mecanismo estaba atado a un sedal que cruzaba el camino. Se suponía que si aparecía un coche, éste tiraría del hilo y abriría la jaula; entonces, Minerva volaría hasta la casa y nos avisaría de que teníamos visita.

– Una buena idea.

– Quizá, pero entonces no me lo parecía tanto. Yo había visto muchas películas de espías en las televisiones de los moteles y me acordaba de todos aquellos artilugios de alta tecnología. Me parecía que, si había gente mala persiguiéndonos, íbamos a necesitar mejor protección que la de una lechuza.

»En cualquier caso, tiré del hilo, la jaula se abrió y Minerva voló colina arriba. Cuando mi padre y yo llegamos a la cocina, la lechuza había entrado por la trampilla y estaba comiendo su comida de gato. Llevamos a Minerva de vuelta a la jaula y probamos el invento una segunda vez. La lechuza voló de nuevo hacia casa.

»Fue entonces cuando pregunté a mi padre por qué había gente que quería matarnos. Me contestó que me lo explicaría cuando yo fuera un poco más mayor. También le pregunté por qué no podíamos marcharnos al Polo Norte o a cualquier otro lugar donde nadie pudiera encontrarnos. Mi padre me miró con aire cansado. "Yo podría ir a un sitio así -me dijo-, pero ni tú ni Michael ni vuestra madre podríais venir. No pienso huir y dejaros solos."

– ¿Te dijo que era un Viajero?

– No -contestó Gabriel-. Nada de eso. Pasamos varios inviernos y no ocurrió nada malo. Michael dejó de pelearse en el colegio, pero los otros chicos creían que era un embustero porque les había contado lo de la espada de jade y las armas de nuestro padre y al mismo tiempo les había dicho que teníamos una piscina en el sótano y un tigre en el granero. Les había explicado tantas historias que nadie pensó que alguna pudiera ser cierta.