»Una tarde, mientras esperábamos a que el autobús del colegio nos llevara a casa, uno de los chicos mencionó un puente de hormigón que cruzaba la autopista interestatal. Una tubería de agua corría bajo el puente, y unos años antes un chaval llamado Andy la había utilizado para colgarse de ella y pasar al otro lado de la carretera.
»"Eso no es nada -les dijo Michael-, mi hermano pequeño podría hacerlo dormido." Veinte minutos más tarde, me hallaba en el terraplén bajo el puente. Salté, me agarré a la tubería y empecé a cruzar la interestatal mientras Michael y los demás chicos miraban. Sigo pensando que podría haberlo conseguido; pero, cuando estaba a medio camino, la tubería se partió, y yo caí a la carretera. Me di un golpe en la cabeza y me partí la pierna por dos sitios. Recuerdo haber levantado la cabeza y haber visto un camión precipitándose hacia mí. Me desmayé y cuando me desperté me vi en la sala de urgencias del hospital con la pierna enyesada. Estoy casi seguro de haber oído a Michael decir a la enfermera que mi nombre era Gabriel Corrigan. No sé por qué lo hizo. Quizá creyó que yo moriría si no daba el nombre verdadero.
– Y así fue como la Tabula os localizó.
– Puede ser, pero quién sabe… Pasaron varios años sin que ocurriera nada. Un día, cuando yo tenía doce años y Michael dieciséis, estábamos sentados en la cocina haciendo los deberes después de cenar. Era enero, y fuera hacía mucho frío. De repente, Minerva entró por la trampilla aleteando y parpadeando ante la luz.
»Eso ya había ocurrido antes, cuando el perro de los Stevenson había tirado del hilo, así que me puse las botas y salí fuera en busca del perro. Di la vuelta a la casa, miré colina abajo y entonces vi a cuatro hombres salir de entre los matorrales. Iban todos de negro y llevaban rifles. Hablaron entre ellos, se separaron y empezaron a remontar la colina.
– Mercenarios de la Tabula -dijo Maya.
– Yo no sabía quiénes eran. Durante unos segundos fui incapaz de moverme. Luego, corrí a la casa y avisé a mi familia. Mi padre subió a toda prisa al dormitorio y volvió con una bolsa de viaje y la espada. Me dio la espada a mí y la bolsa a mi madre. A continuación entregó la escopeta a Michael y nos ordenó que saliéramos por la puerta de atrás y nos ocultáramos en el sótano de uno de los cobertizos. "¿Y tú?", le preguntamos nosotros. "Id al sótano y quedaos allí -nos dijo-. No salgáis hasta que oigáis mi voz."
»Mi padre cogió el fusil de asalto y salió por la puerta de atrás. Nos dijo que camináramos a lo largo de la cerca para no dejar huellas en la nieve. Yo quería quedarme y ayudarlo, pero mi madre dijo que teníamos que obedecer. Cuando llegamos al jardín, oí disparos y un hombre que gritaba. No era la voz de mi padre. De eso estoy seguro.
»El sótano no era más que un espacio para los aperos. Michael abrió la puerta, y bajamos por la escalera. Las bisagras estaban tan oxidadas que Michael no pudo cerrarla completamente. Nos quedamos los tres en la oscuridad, sentados en un peldaño de cemento. Durante un rato escuchamos tiros, pero después todo quedó en silencio. Cuando me desperté, el sol entraba por la rendija de la puerta.
»Michael la abrió y lo seguimos fuera. La casa y el granero habían ardido. Minerva volaba sobre nuestras cabezas como si buscara algo. Cuatro hombres yacían muertos en distintos lugares, a unos veinte o treinta metros unos de otros, y la sangre había derretido la nieve a su alrededor.
»Mi madre se sentó, se abrazó las rodillas y se echó a llorar. Michael y yo examinamos lo que quedaba de la casa, pero no encontramos rastro de nuestro padre. Le dije a Michael que no lo habían matado y que había escapado.
»"Olvídalo -me contestó-. Será mejor que salgamos de aquí. Tienes que ayudarme con mamá. Iremos a casa de los Tedford y les cogeremos prestada la camioneta." Volvió al sótano y salió con la espada y la bolsa de viaje. Miramos dentro y vimos que estaba llena de fajos de billetes de cien dólares. Mi madre seguía sentada en la nieve, llorando y hablando consigo misma igual que una demente. Con las armas y la bolsa, la llevamos a campo traviesa hasta casa de los Tedford. Cuando Michael llamó a la puerta, Don e Irene aparecieron en pijama.
»Yo había escuchado las trolas de Michael en el colegio, pero nadie se las creía. Sin embargo, esa vez sonaba como si creyera realmente lo que decía. Contó a los Tedford que nuestro padre era un militar que había huido del ejército y que aquella noche unos agentes del gobierno lo habían matado y quemado nuestra casa. El relato me pareció una locura, pero entonces me acordé del hijo de los Tedford muerto en la guerra.
– Una hábil mentira.
– Tienes razón. Y funcionó. Don Tedford nos dejó su camioneta. Michael ya la había conducido por la granja. Cargamos las armas y la bolsa de viaje y nos alejamos por el camino. Mi madre se tendió en el asiento de atrás. Yo la cubrí con una manta, y se durmió. Cuando miré por la ventanilla, vi a través del humo a Minerva volando.
Gabriel dejó de hablar, y Maya se quedó contemplando el cielo raso. Un camión pasó por la carretera, y la luz de sus faros penetró por entre las cortinas. De nuevo la oscuridad. El silencio. Las sombras que los rodeaban parecieron ganar peso y sustancia. Maya tuvo la impresión de que los dos yacían en el fondo de una profunda piscina.
– ¿Y qué ocurrió después de eso? -preguntó.
– Pasamos unos cuantos años yendo de un lado a otro del país hasta que conseguimos unos certificados falsos de nacimiento y nos instalamos en Austin, Texas. Cuando cumplí los diecisiete, Michael decidió que debíamos mudarnos a Los Ángeles y empezar una nueva vida.
– Entonces la Tabula os encontró, y aquí estás.
– Sí -contestó Gabriel en voz baja-. Aquí estoy.
30
A Boone no le gustaba Los Ángeles. Superficialmente, la ciudad parecía bastante normal; sin embargo, había en ella cierta tendencia a la anarquía. Recordaba haber visto el vídeo de unos disturbios en el gueto, el humo elevándose en el soleado cielo, las palmeras ardiendo. En Los Ángeles había un montón de bandas de pistoleros que dedicaban la mayor parte del tiempo a matarse unas a otras. Eso era aceptable. Sin embargo, un líder visionario como un Viajero podía poner fin a la influencia de las drogas en su comportamiento y dirigir el descontento hacia fuera.
Tomó la autopista al sur, hacia Hermosa Beach, aparcó el coche en un solar y se encaminó hacia Sea Breeze Lane. Una furgoneta de la compañía de la luz se hallaba estacionada frente a la casa del indio. Boone llamó a la puerta del vehículo; Pritchett levantó la cortinilla que cubría la ventana, sonrió y asintió con entusiasmo al verlo. Boone abrió la puerta y entró.
Los tres mercenarios de la Tabula estaban al fondo, sentados en sillas plegables de playa. Héctor Sánchez era un antiguo federal mexicano que se había visto implicado en un escándalo de sobornos. Ron Olson era un antiguo militar y policía acusado de violación. El más joven del grupo era Dennis Pritchett. Llevaba corto su cabello castaño, tenía el rostro redondeado y educadas pero severas maneras, que le daban aspecto de joven misionero. Iba a la iglesia tres veces por semana y nunca pronunciaba palabras malsonantes. Durante los últimos años, la Hermandad había empezado a enrolar verdaderos creyentes de otras religiones. Aunque se les pagaba como mercenarios, se habían unido a la Hermandad por razones morales. En lo que a ellos hacía referencia, los Viajeros eran falsos profetas que desafiaban la que ellos consideraban que era la auténtica fe. Se suponía que ese nuevo personal era más de fiar e implacable que los mercenarios habituales, pero Boone no confiaba demasiado en ellos: comprendía mucho mejor la ambición y el miedo que el celo religioso.
– ¿Dónde está nuestro sospechoso?
– En el porche trasero -contestó Pritchett-. Aquí. Echa un vistazo.