– ¿Y por qué me han traído aquí?
Lawrence dejó su vaso de vino y sonrió. A Michael le resultaba imposible saber lo que pensaba.
– Vamos a subir a ver al general Nash. Estará encantado de responder a todas sus preguntas.
Los dos hombres de seguridad lo esperaban en la sala de guardia. Sin decir palabra escoltaron a Michael fuera de la suite y por un pasillo hasta una fila de ascensores. A pocos metros de donde se hallaban había una ventana, y Michael comprobó que era de noche. Cuando llegó el ascensor, Lawrence le indicó que entrara; luego pasó la mano ante el sensor y apretó el botón del último piso.
– Escuche atentamente al general Nash, Michael. Es un hombre muy bien informado.
Lawrence volvió al pasillo, y Michael subió solo hasta la última planta.
El ascensor se abrió directamente a un despacho. Se trataba de una espaciosa estancia decorada igual que la biblioteca de un club privado inglés. Las paredes estaban cubiertas por estanterías de roble llenas de libros encuadernados en piel, y había butacones y lámparas de lectura con la pantalla de color verde. El único detalle que no encajaba eran las tres cámaras de vigilancia montadas en las esquinas del techo y que se movían lentamente a un lado y a otro, barriendo todo el despacho.
«Me están vigilando -pensó Michael-. Siempre hay alguien vigilando.»
Pasó por entre el mobiliario y las lámparas intentando no tocar nada. En un rincón, unos focos iluminaban una maqueta arquitectónica montada en un pedestal. Estaba formada por dos elementos: una torre central y un edificio en forma de anillo que la rodeaba. La estructura exterior estaba dividida en habitaciones idénticas, todas con una ventana de barrotes en el muro exterior y otra en la mitad superior de la puerta de entrada.
Parecía como si la torre fuera un monolito macizo; pero, cuando Michael se desplazó hasta el otro lado del pedestal, vio un corte vertical de la edificación. Era un laberinto de entradas y escaleras. Listones de madera de balsa cubrían las ventanas a modo de estores.
Michael oyó que una puerta se abría y vio a Kennard Nash entrando en la habitación. Cabeza calva. Anchos hombros. Cuando Nash sonrió, Michael se acordó de las veces que lo había visto en los programas de la televisión.
– Buenas noches, Michael. Soy Kennard Nash.
Nash cruzó rápidamente la habitación y estrechó la mano de Michael. Una de las cámaras dio un casi imperceptible giro, como si pretendiera captar la escena.
– Veo que ha visto el Panóptico -comentó acercándose a la maqueta.
– ¿Qué es? ¿Un hospital?
– Supongo que podría ser un hospital e incluso un bloque de oficinas, pero en realidad se trata de una cárcel diseñada en el siglo XVIII por Jeremy Bentham. Aunque envió los planos a todos los miembros del gobierno británico, nunca fue construida. Esta maqueta se basa en el diseño original de Bentham. -Nash se acercó y la examinó más de cerca-. Cada habitación es una celda cuyos muros son lo bastante gruesos para que no pueda haber comunicación entre los reclusos. La luz proviene del exterior, de manera que el prisionero siempre está iluminado y resulta visible.
– ¿Y los guardias están en la torre?
– Bentham la llamó bloque de inspección.
– Parece un laberinto.
– Ahí reside lo ingenioso del Panóptico. Está diseñado para que no se pueda ver la cara del vigilante ni oírlo acercarse. Piense en las implicaciones, Michael. En la torre puede haber un vigilante, veinte o ninguno. No hay ninguna diferencia. El prisionero supone que está siendo vigilado constantemente; y, al cabo de un tiempo, dicha suposición se convierte en parte de su conciencia. Cuando el sistema funciona a la perfección, los guardias pueden salir de la torre a comer o a pasar el fin de semana. Poco importa. Los prisioneros han aceptado su condición.
El general Nash se acercó a la librería y corrió una de las falsas paredes para mostrar un bar con copas, hielo y diversas botellas de licor.
– Son las seis y media. A esta hora suelo tomarme un whisky. Tengo bourbon, escocés, vodka y vino, pero también puedo pedir algo más sofisticado.
– Tomaré un malta con un poco de agua.
– Excelente. Buena elección. -Nash empezó a abrir botellas-. Yo formo parte de un grupo llamado la Hermandad. Hace bastante tiempo que existimos, pero durante cientos de años no hemos hecho más que reaccionar ante los sucesos para intentar reducir el caos. El Panóptico fue una revelación para nuestros miembros. Cambió nuestro modo de pensar.
»Hasta el estudiante de historia menos interesado sabe que el ser humano es avaricioso, impulsivo y cruel. Sin embargo, la prisión de Bentham nos enseñó que, con la tecnología adecuada, el control social es posible. No hace falta un policía en cada esquina. Lo único necesario es un Panóptico virtual que controle a la población. No es necesario observar literalmente a todo el mundo siempre. Lo que las masas han de asimilar es la posibilidad y la inevitabilidad del castigo. Se necesita la estructura, que la amenaza implícita se convierta en un hecho más de la vida. Cuando la gente deja a un lado su noción de privacidad da pie a una sociedad pacífica.
El general llevó dos vasos a una baja mesa de madera en torno a la que había un sofá y un par de sillones. Dejó la copa de Michael encima de un posavasos y ambos hombres se sentaron frente a frente.
– Por el Panóptico. -Nash alzó su copa brindando por la maqueta del pedestal-. Fue un invento fallido pero una gran intuición.
Michael tomó un sorbo de su whisky. No sabía a narcótico, pero tampoco podía estar seguro.
– Puede disertar de filosofía tanto como quiera, pero no me importa. Lo único que sé es que soy un prisionero.
– Lo cierto es que sabe mucho más que eso. Su familia ha vivido durante años bajo un nombre supuesto, hasta que un grupo de hombres armados asaltó su casa en Dakota del Sur. Fuimos nosotros, Michael. Aquellos hombres eran gente que obedecía nuestra antigua estrategia.
– Ustedes mataron a mi padre.
– ¿De verdad? -Kennard Nash enarcó las cejas-. Nuestros hombres registraron lo que quedó de la casa, pero no encontraron el cuerpo.
El tono de indiferencia de Nash resultaba intolerable. «Hijo de puta -pensó Michael-. ¿Cómo puedes estar ahí sentado y sonriendo?» Una oleada de furia lo invadió de la cabeza a los pies y pensó en saltar sobre Nash y agarrarlo por el pescuezo. Así, por fin, pagaría con la misma moneda por la destrucción de su familia.
El general no parecía percibir que se hallaba a punto de ser agredido. Cuando sonó su móvil, dejó el vaso y sacó el teléfono del bolsillo.
– He dicho que no se me molestara -espetó a su interlocutor-. ¿Sí? ¿De veras? Qué interesante. Bueno, ¿por qué no se lo preguntan a él?
Nash bajó el móvil y miró a Michael con el ceño fruncido. Parecía un empleado de banca que hubiera descubierto un problema en la solicitud de un préstamo.
– Lawrence Takawa está al teléfono. Dice que piensa usted atacarme o intentar escapar.
Michael aferró los brazos del sillón y contuvo la respiración unos segundos.
– No… No sé de qué me está hablando.
– Por favor, Michael. No malgaste su tiempo intentando engañarme. En estos momentos está usted siendo controlado por un escáner de infrarrojos. Lawrence Takawa dice que muestra un nivel cardíaco acelerado, alta sudoración y señales de calor alrededor de los ojos. Todo ello muestra evidente de una reacción de «lucha o escapa», lo cual me lleva a mi primera pregunta: ¿piensa atacarme o escapar?
– Dígame simplemente por qué quería matar a mi padre.
Nash escrutó el rostro de Michael y optó por proseguir con la conversación.
– No se preocupe -dijo por teléfono a Takawa-. Creo que vamos progresando. -Desconectó el móvil y se lo guardó en el bolsillo.
– ¿Acaso era mi padre un criminal? -preguntó Michael-. ¿Había robado algo?