– No le pongáis la mano encima -dijo.
Los cuatro hombres se echaron a reír y avanzaron unos pasos, entrando en la zona letal.
– ¿De dónde eres tú? -preguntó Hebilla de Plata-. Suena como de Inglaterra o algo así. Por aquí, las mujeres suelen dejar que los tíos resuelvan solos sus peleas.
– Déjala que participe -intervino Brazotes-. Tiene un bonito cuerpo.
Maya notó que la frialdad de los Arlequines se apoderaba de su corazón. Instintivamente, sus ojos calcularon distancias y trayectorias entre ella y los cuatro objetivos. Su rostro estaba como muerto, inexpresivo; a pesar de todo, intentó que sus palabras sonaran lo más claro posible.
– Si le ponéis la mano encima acabaré con vosotros.
– ¡Coño, qué miedo!
Calvorota miró a su amigo y sonrió burlonamente.
– Tienes problemas, Russ. Parece que la señorita está furiosa. ¡Ten cuidado!
Gabriel se volvió hacia Maya. Por primera vez parecía llevar las riendas de su relación, como un Viajero dando órdenes a su Arlequín.
– ¡No, Maya! ¿Me has oído? ¡Te ordeno que no…!
Se había vuelto hacia ella, dando la espalda al peligro, y Calvorota levantó el bate. Maya saltó sobre un taburete y encima de la barra. Con dos largas zancadas pasó por encima de los botes de ketchup y mostaza y propinó una patada en el cuello a Calvorota. El tipo escupió y dejó escapar un sonido gorgoteante, pero no soltó el bate. Maya saltó al suelo, al tiempo que se lo quitaba de las manos y, en un solo movimiento de giro, le asestaba un golpe en la cabeza. Se escuchó un fuerte crujido, y el hombre cayó de bruces.
Por el rabillo del ojo, Maya vio que Gabriel luchaba con Hebilla de Plata. Corrió hacia Kathy sosteniendo el bate en la mano derecha y desenfundando su estilete con la izquierda. Gordito parecía aterrorizado. Levantó los brazos como un soldado que se rindiera en plena batalla, y ella le ensartó el estilete en la palma de la mano, clavándosela a la pared de madera. El ciudadano emitió un agudo chillido, pero Maya no le prestó atención y cargó contra Brazotes. Un golpe fingido a la cabeza. Un quiebro. Partirle la rodilla. Crac. Astillas y acabar en la cabeza. Su objetivo se desplomó y Maya dio media vuelta. Hebilla de Plata estaba en el suelo, inconsciente. Gabriel había acabado con él. Gordito gimoteó cuando ella se le acercó.
– ¡No! -suplicó-. ¡Por Dios, no!
Lo dejó sin sentido con un solo golpe del bate. Al desplomarse, Gordito arrancó el cuchillo de la pared.
Maya dejó caer el bate, se inclinó y arrancó el estilete de la mano. Estaba manchado de sangre, de modo que lo limpió con la camiseta de Gordito. Al levantarse, la extrema claridad de la lucha empezó a desvanecerse. Cinco cuerpos yacían en el suelo. Había protegido a Gabriel, pero nadie había muerto.
Kathy contempló a Maya como si se tratara de un espectro.
– Váyanse -dijo-. Simplemente váyanse. Llamaré al sheriff ahora mismo, pero no se preocupen. Si van hacia el sur, le diré que fueron hacia el norte. No se preocupen, le daré los datos del coche equivocados, pero váyanse.
Gabriel salió primero, y Maya lo siguió. Al pasar ante el coyote, ella forzó el candado y abrió la puerta de la jaula. Al principio, el animal no se movió, como si hubiera perdido cualquier memoria de libertad. Maya siguió caminando y miró por encima del hombro. El coyote seguía en la jaula.
– ¡Vamos! -le gritó ella-. ¡Es tu única oportunidad!
Cuando puso en marcha la furgoneta, el coyote salió cautelosamente de la jaula y contempló el aparcamiento sin asfaltar. El súbito rugido de la moto de Gabriel lo sobresaltó. Brincó a un lado, recuperó sus andares despreocupados y trotó alejándose del restaurante.
Gabriel no miró a Maya al volver a la carretera. Las sonrisas, los saludos con la mano y el hacer «eses» con la moto se habían acabado. Ella lo había protegido, lo había salvado; sin embargo, sus acciones parecían distanciarlos. Entonces Maya supo sin asomo de duda que nadie la amaría ni le brindaría consuelo. Al igual que su padre, moriría rodeada de enemigos. Moriría sola.
34
Vestido con una bata y una máscara quirúrgica, Lawrence Takawa permanecía de pie en un rincón del quirófano. El nuevo edificio en el centro del cuadrilátero de investigación no estaba equipado para esas tareas, de modo que habían montado una instalación provisional en los sótanos de la biblioteca.
Mientras Michael Corrigan yacía en la mesa de operaciones, él observaba. La señorita Yang, la enfermera, se acercó con una manta eléctrica y envolvió con ella los pies del paciente. A primera hora de la mañana habían afeitado por completo la cabeza de Michael. Parecía un recluta que hubiera empezado su entrenamiento básico.
El doctor Richardson y el doctor Lau -el anestesista que había sido llevado desde Taiwan- acabaron de prepararse para la operación. Michael tenía una vía intravenosa en el brazo, y el tubo de plástico estaba conectado a una botella de suero. Ya le habían hecho las radiografías y resonancias del cerebro necesarias en una clínica privada de Westchester controlada por la Hermandad. La señorita Yang colgó las imágenes sobre una pantalla iluminada que había al fondo de la sala.
Richardson contempló a su paciente.
– ¿Cómo te encuentras, Michael?
– ¿Va a resultar doloroso?
– En realidad, no. Vamos a utilizar anestesia por motivos de seguridad. La cabeza ha de estar perfectamente inmóvil durante todo el proceso.
– ¿Y qué pasa si algo sale mal y me produce una lesión cerebral?
– Esto no es más que una intervención menor, Michael. No hay motivos para preocuparse.
Richardson hizo un gesto de asentimiento al doctor Lau, y el tubo intravenoso fue conectado a una pequeña jeringa.
– De acuerdo. Allá vamos, Michael. Empieza a contar hacia atrás desde cien.
A los diez segundos, Michael estaba inconsciente y respiraba con regularidad. Con ayuda de la enfermera, Richardson le fijó un cerco de acero al cráneo y apretó los acolchados tornillos. Aunque el cuerpo de Michael padeciera convulsiones, su cabeza no se movería.
– Es la hora del mapa -dijo Richardson a la enfermera.
La señorita Yang le entregó una regla metálica y flexible y un rotulador. El neurólogo pasó los siguientes veinte minutos dibujando una red en el cráneo de Michael. Comprobó el resultado un par de veces y a continuación marcó ocho puntos separados para una incisión.
Los neurocirujanos llevaban años colocando electrodos permanentes en el cerebro de pacientes que padecían depresión. Aquella estimulación en profundidad permitía a los médicos, mediante el simple giro de un botón, inyectar ínfimas cantidades de electricidad en el tejido cerebral para cambiar al instante el estado de ánimo del sujeto. Una de las pacientes de Richardson -una joven pastelera llamada Elaine- prefería la posición dos en el medidor electrónico cuando estaba en casa viendo la televisión; pero la aumentaba hasta cinco si tenía que preparar un pastel de boda. La misma tecnología que permitía que los científicos estimularan un cerebro iba a ser utilizada para seguir el rastro de la energía neural de Michael.
– ¿Le ha dicho la verdad? -preguntó Lawrence.
Richardson lo miró desde el otro lado del quirófano.
– ¿A qué se refiere?
– ¿El tratamiento puede provocarle una lesión cerebral?
– Si se desea monitorizar las funciones cerebrales de una persona con un ordenador, es necesario insertar sensores en el cerebro. Unos electrodos adheridos al cráneo no serían efectivos. De hecho podrían proporcionar información contradictoria.
– Pero, esos cables, ¿no dañarán las células cerebrales?
– Tenemos millones de células cerebrales, señor Takawa. Puede que el paciente se olvide de pronunciar la palabra «Constantinopla» o quizá no recuerde el nombre de la chica que se sentaba a su lado en la clase de matemáticas del instituto. Es irrelevante.