Cuando quedó satisfecho con los puntos de incisión, Richardson se sentó en un taburete al lado de la mesa de operaciones y estudió la coronilla de Michael.
– Más luz -dijo, y la enfermera Yang ajustó la lámpara quirúrgica.
El doctor Lau se hallaba unos pasos por detrás, observando el monitor de control y vigilando los signos vitales de Michael.
– Puede proceder -dijo después de haber comprobado el ritmo cardíaco y respiratorio del paciente.
Richardson bajó la taladradora ósea sujeta al brazo mecánico y comenzó a perforar con cuidado un pequeño agujero en el cráneo de Michael. Se escuchó un agudo zumbido, como en las consultas de los dentistas.
Retiró el taladro. Apareció una gota de sangre que se fue haciendo más grande, pero la señorita Yang la limpió con una gasa. Acoplado al segundo brazo mecánico que colgaba del techo había un aparato inyector neuropático. Richardson lo situó encima del pequeño agujero, apretó el gatillo y un hilo de cobre recubierto de teflón y del diámetro de un cabello humano quedó insertado directamente en el cerebro.
El hilo estaba conectado a un cable que llevaba información hasta el ordenador cuántico. Lawrence tenía un móvil con auricular y micrófono que estaba en permanente comunicación con el Centro de Ordenadores.
– Que empiece la prueba -ordenó por el micrófono a los técnicos-. El primer sensor ha sido insertado en el cerebro.
Transcurrieron cinco segundos. Veinte. Entonces, uno de los técnicos confirmó que estaban captando actividad neural.
– El primer sensor funciona -informó Lawrence-. Puede proceder.
El doctor Richardson deslizó una pequeña placa de electrodo a lo largo del hilo, la pegó al cuero cabelludo y retiró el hilo sobrante. Hora y media más tarde, todos los sensores habían sido insertados en el cerebro de Michael y conectados a sus placas. A cierta distancia parecía como si le hubieran pegado en el cráneo ocho monedas de plata.
Michael seguía inconsciente, de modo que la enfermera se quedó con él mientras Lawrence seguía a los dos médicos hasta la estancia contigua. Todos se quitaron las máscaras y las batas y las tiraron en un cesto.
– ¿Cuándo se despertará? -preguntó Lawrence.
– Dentro de una hora, más o menos.
– ¿Sentirá algún dolor?
– Mínimo.
– Excelente. Preguntaré al Centro de Ordenadores cuándo podemos dar comienzo al experimento.
El doctor Richardson parecía nervioso.
– Creo que usted y yo deberíamos hablar.
Los dos hombres salieron de la biblioteca y cruzaron el cuadrilátero hasta el centro administrativo. La noche anterior había llovido y el cielo seguía encapotado. Los rosales habían sido podados y mostraban sus secos brotes. El césped que bordeaba el camino se moría. Todo parecía vulnerable al paso del tiempo salvo el edificio sin ventanas que ocupaba el centro del terreno.
– He estado leyendo más informaciones acerca de los Viajeros -dijo Richardson-, y desde ahora mismo puedo prever que tendremos algunos problemas. Tenemos a un joven que quizá sea capaz de cruzar a otros dominios o quizá no.
– Eso es cierto -repuso Lawrence-. No lo sabremos hasta que lo intente.
– Los resultados de la investigación indican que, en ciertas condiciones, los Viajeros pueden aprender a cruzar por su cuenta. Es algo que puede producirse a causa de prolongadas situaciones de estrés o por un shock repentino. Sin embargo, la mayoría de Viajeros tienen algún tipo de maestro que los instruye…
– Los llaman Rastreadores -confirmó Lawrence-. Hemos estado buscando a alguien capaz de llevar a cabo esa tarea, pero hasta el momento no hemos tenido éxito.
Se detuvieron en la entrada del edificio administrativo, y Lawrence se percató de que Richardson era reticente a mirar El Sepulcro. El neurólogo paseaba la vista por el cielo o los parterres de hiedra, por cualquier sitio menos por aquel blanco edificio.
– ¿Y qué ocurre si no son capaces de encontrar un Rastreador? -preguntó el médico-. ¿Cómo sabrá Michael lo que debe hacer?
– La Fundación Evergreen tiene muchos contactos e influencias. Estamos haciendo todo lo que podemos.
– Es evidente que no se me cuenta toda la verdad -replicó Richardson-. Deje que le diga una cosa, señor Takawa, semejante actitud no ayuda al éxito del experimento.
– ¿Y qué más necesita saber, doctor?
– No se trata únicamente de los Viajeros, ¿verdad? Sólo forman parte de un objetivo más amplio, de algo relacionado con el ordenador cuántico. ¿Qué estamos buscando realmente? ¿Puede decírmelo?
– Le hemos contratado para que conduzca a un Viajero a otros dominios -repuso Lawrence fríamente-, y lo único que necesita comprender es que el general Nash no acepta el fracaso.
De vuelta a su despacho, Lawrence tuvo que ocuparse de una docena de llamadas urgentes y de casi cuarenta correos electrónicos. Habló con el general Nash sobre la intervención quirúrgica y le confirmó que el Centro de Ordenadores había detectado actividad neural en todas las secciones del cerebro de Michael. Después, pasó las dos horas siguientes redactando cuidadosamente correos electrónicos para los científicos que habían sido patrocinados por la Fundación. Aunque no podía mencionar a los Viajeros, les solicitó información lo más detallada posible acerca de cualquier tipo de droga psicotrópica capaz de proporcionar visiones de mundos alternativos.
A las seis de la tarde, el Enlace de Protección siguió el rastro de Takawa cuando éste salió del centro de investigación y regresó a su casa. Después de cerrar la puerta con llave, Lawrence se quitó la ropa de trabajo, se puso una bata de algodón negro y entró en su cámara secreta.
Deseaba informar a Linden de los últimos acontecimientos relacionados con el Proyecto Crossover; pero, en el momento en que se conectó a internet, un pequeño recuadro azul empezó a parpadear en una esquina de la pantalla. Dos años antes, después de que a Lawrence le hubiera sido concedido un nuevo código de acceso a los ordenadores de la Hermandad, había diseñado un programa especial para buscar información sobre su padre. Una vez puesto en marcha, el programa husmeaba por todo internet igual que un hurón cazando ratones en una casa abandonada. Ese día había encontrado información de su padre en los archivos de pruebas del Departamento de Policía de Osaka.
En una fotografía de Sparrow aparecían dos espadas: una con la empuñadura de oro y otra con incrustaciones de jade. Linden le había explicado en París que su madre había entregado la de jade a un Arlequín llamado Thorn y que éste, a su vez, se la había dado a la familia Corrigan. Lawrence supuso que Gabriel Corrigan debía de estar en posesión del arma cuando Boone y sus mercenarios asaltaron la fábrica de confección.
Una espada de jade. Una espada de oro. Quizá hubiera otras. Lawrence había averiguado quién había sido el más famoso de los forjadores de espadas en la historia de Japón: un monje llamado Masamune que había fabricado sus hojas cuando los mongoles intentaron invadir Japón, en el siglo XIII. El emperador había ordenado entonces que se celebraran una serie de ceremonias rituales en los templos, y muchas espadas famosas fueron hechas como ofrendas religiosas. El propio Masamune había forjado la espada perfecta -una con un diamante en la empuñadura- para inspirar a sus diez alumnos, los Jittetsu. Mientras aprendían a batir el acero, cada uno de ellos había creado una espada especial para presentársela a su maestro.
El ordenador de Lawrence había localizado la página web de un monje budista que vivía en Kioto. En ella se daban los nombres de los diez Jittetsu y sus correspondientes espadas:
Forjador Espada
1 Hasabe Kinshige Plata
2 Kanemitsu Oro