3 Go Yoshihiro Madera
4 Naotsuna Perla
5 Sa Hueso
6 Rai Kunitsugu Marfil
7 Kinju Jade
8 Shizu Kaneuji Hierro
9 Chogi Bronce
10 Saeki Norishige Coral
Una espada de jade. Una espada de oro. Las demás espadas Jittetsu habían desaparecido, probablemente en terremotos o guerras, pero la dinastía maldita de los Arlequines japoneses había protegido dos de aquellas armas sagradas. En esos momentos, Gabriel Corrigan era el portador de uno de aquellos tesoros, mientras que la otra había sido la utilizada para liquidar a los yakuzas en el sangriento banquete del hotel Osaka.
El programa de búsqueda entró en la lista de las pruebas recogidas por la policía y tradujo los caracteres japoneses al inglés: «Antigua Tachi (espada de hoja larga). Empuñadura de oro. Investigación 15.433. Falta».
«No falta -se dijo Lawrence-. Fue robada.» Seguramente la Hermandad se la había quitado a la policía de Osaka. Podía hallarse en Japón o en Estados Unidos. Quizá estuviera guardada en el centro de investigación, a pocos metros de su despacho.
Lawrence Takawa estaba presto a levantarse y volver al centro. Sin embargo, controló sus emociones y apagó el ordenador. La primera vez que Kennard Nash le había hablado del Panóptico Virtual lo hizo como si se tratara de una teoría filosófica, pero lo cierto era que en esos momentos habitaba una cárcel invisible. En un par de generaciones, todos los ciudadanos del mundo industrializado tendrían que aceptar la misma realidad: que eran constantemente rastreados por la Gran Máquina.
«Estoy solo -pensó Lawrence-. Sí. Completamente solo.» A pesar de todo, asumió una nueva máscara que lo hizo parecer alerta, diligente y dispuesto a obedecer.
35
A veces, el doctor Richardson tenía la impresión de que su antigua vida había desaparecido por completo. Soñaba con su regreso a New Haven y se sentía igual que un fantasma salido de Un cuento de Navidad de Dickens, de pie en la calle oscura y fría mientras sus antiguos amigos y colegas estaban en su casa, riendo y bebiendo.
Resultaba evidente que nunca debería haber accedido a vivir en el complejo de investigación del condado de Westchester. Había creído que tardaría semanas en disponer su partida de Yale, pero la Fundación Evergreen parecía tener una considerable influencia en la universidad. El decano de la Facultad de Medicina en persona había dado su conformidad a su año sabático con sueldo íntegro, y después preguntó si la Fundación estaría interesada en financiar el nuevo laboratorio de ingeniería genética. Lawrence Takawa contrató a un neurólogo de la Universidad de Columbia para que fuera todos los martes y jueves a dar las clases de Richardson. Cinco días después de su entrevista con el general Nash, dos individuos de seguridad se presentaron en su casa, lo ayudaron a hacer el equipaje y lo condujeron al complejo.
Su nuevo universo era confortable pero limitado. Lawrence Takawa le había entregado un Enlace de Protección electrónico para que se lo prendiera en la ropa; ese dispositivo era el que determinaba su acceso a los distintos departamentos del centro de investigación. Richardson podía acceder a la biblioteca y al edificio de administración, pero le estaba vedada la zona de ordenadores, el centro de investigación genética y el bloque sin ventanas conocido como El Sepulcro.
Durante su primera semana había trabajado en los sótanos de la biblioteca, practicando sus habilidades como cirujano con cerebros de perros y monos e incluso el gordo cadáver de un tipo de barba blanca a quien el personal llamaba Kris Kringle. En esos momentos, con los hilos de cobre y teflón debidamente insertados en el cerebro de Michael Corrigan, Richardson pasaba la mayor parte del tiempo en su pequeño apartamento del centro administrativo o en alguno de los reservados de lectura de la biblioteca.
El Libro verde le había proporcionado un resumen de las diversas investigaciones neurológicas llevadas a cabo con Viajeros. Ninguno de aquellos informes había sido hecho público, y gruesos trazos negros ocultaban los nombres de los distintos equipos investigadores. Según se desprendía, los científicos chinos habían recurrido a la tortura con un Viajero tibetano; las notas al pie describían shocks eléctricos y químicos. Cuando un Viajero moría durante una sesión de tortura, un discreto asterisco aparecía al lado del número del caso del sujeto.
Richardson creía haber entendido los aspectos clave de la actividad cerebral de los Viajeros. El sistema nervioso producía una leve descarga eléctrica. Cuando el Viajero entraba en estado de trance, la descarga se hacía más potente y mostraba claramente un modelo de pulsación. De repente, todo parecía desconectarse en el cerebro. La respiración y la actividad cardiovascular quedaban reducidas al mínimo. Salvo por un nivel de respuesta básico en la medula oblongata, el paciente se hallaba en un estado de muerte cerebral. Durante esos momentos, la energía neurológica del Viajero se hallaba en otros dominios.
La mayoría de Viajeros mostraba un vínculo genético con algún pariente o familiar que también tenía el mismo don, pero no era sistemático. Un Viajero podía surgir en medio de la China rural o nacer en el seno de una familia de campesinos que nunca había cruzado a otros mundos. En esos momentos, un grupo de investigadores de la Universidad de Utah estaba preparando una base de datos secreta con la genealogía de todos los Viajeros conocidos y sus antepasados.
El doctor Richardson no estaba seguro de cuál era la información restringida y cuál la que podía compartir con el resto del personal. Su anestesista, el doctor Lau, y la enfermera de quirófano, la señorita Yang, habían sido trasladados desde Taiwan para el experimento. Cuando los tres se reunían para almorzar en la cafetería, charlaban de asuntos ordinarios o de la afición de la enfermera a los antiguos musicales norteamericanos.
A Richardson no le apetecía hablar de Sonrisas y lágrimas ni de Oklahoma. Lo que le preocupaba era el posible fracaso del experimento. No contaban con ningún Rastreador para que guiara a Michael y su equipo tampoco había recibido ningún narcótico especial que pudiera hacer que la Luz del Viajero saliera del cuerpo de éste. El neurólogo había enviado un correo electrónico solicitando la colaboración de los demás grupos que trabajaban en el complejo. Doce horas más tarde recibió un informe del laboratorio del edificio de investigación genética.
El informe describía un experimento relacionado con la regeneración celular. Richardson había estudiado esa especialidad en sus clases de biología de la universidad. Él y su colega de laboratorio habían cortado un platelminto en doce trozos; unas semanas más tarde había doce versiones nuevas e idénticas de la criatura original. Ciertos anfibios, como la salamandra, podían perder una extremidad y regenerarla. La Agencia de Proyectos de Investigación del Departamento de Defensa de Estados Unidos había invertido millones de dólares en experimentos de regeneración con mamíferos. El Departamento de Defensa aseguraba que su intención era que los veteranos mutilados pudieran regenerar los miembros perdidos, pero corrían rumores de proyectos más ambiciosos. Un científico incluso había llegado a comentar a un congresista que, en el futuro, los soldados estadounidenses podrían sobrevivir a graves heridas de bala, curarse ellos mismos y seguir combatiendo.
Según parecía, la Fundación Evergreen había ido mucho más allá que aquellas investigaciones iniciales. El informe del laboratorio describía el modo en que un animal híbrido llamado «segmentado» era capaz de dejar de sangrar en un par de minutos tras haber sido gravemente herido y cómo se podía regenerar una espina dorsal completa en menos de una semana. Cómo habían conseguido los científicos semejantes resultados era algo que el informe no explicaba. Richardson estaba leyéndolo por segunda vez cuando Lawrence Takawa apareció en la biblioteca.