– En realidad no es ninguna droga. Es una revelación.
– ¿Se inyecta, se inhala o se traga? -El tono de Boone era tranquilo y deliberadamente inexpresivo.
– Es líquida. De un color azul claro, como un cielo de verano. -Terry cerró los ojos unos segundos y los volvió a abrir-. Me la tomé en la disco y después me vi saliendo de este cuerpo mío y volando, cruzando agua y fuego hasta un bosque muy bonito. Pero apenas pude quedarme unos pocos segundos. -Parecía decepcionado-. El jaguar tenía los ojos verdes.
El doctor Flores miró a Richardson.
– Nos ha contado esta historia muchas veces y siempre acaba con el jaguar.
– ¿Y cómo puedo conseguir 3B3? -preguntó Richardson.
Terry cerró los ojos y sonrió serenamente.
– ¿Sabe usted lo que cobra ese tío por una dosis? Trescientos treinta y tres dólares. Dice que es un número mágico.
– ¿Y quién se está haciendo rico? -preguntó Boone.
– Pío Romero. Siempre está en el Chan-Chan Room.
– Se trata de una sala de baile del centro -explicó Flores-. Tenemos varios pacientes que han salido de allí con una sobredosis.
– El mundo es demasiado pequeño -susurró Terry-. ¿Se dan cuenta? No es más que una canica lanzada al agua.
Siguieron a Flores de nuevo al pasillo. Boone se apartó de los dos médicos e inmediatamente llamó a alguien por el móvil.
– ¿Ha examinado a otros pacientes que hayan consumido la misma droga? -preguntó Richardson.
– Éste ha sido el cuarto que hemos ingresado en los últimos dos meses. Les administramos una combinación de Fontex y Valdov durante unos días hasta que caen en un estado catatónico. Luego, les bajamos la dosis y los devolvemos lentamente a la realidad. Al cabo de un tiempo, los jaguares desaparecen.
Boone acompañó a Richardson de vuelta al todoterreno. Recibió dos llamadas telefónicas, contestó que sí a ambas y después desconectó el móvil.
– ¿Qué vamos a hacer? -preguntó Richardson.
– La siguiente parada es el Chan-Chan Room.
Ante la entrada de la sala de baile de la calle Cincuenta y tres había estacionadas limusinas y coches en doble fila. Tras un cordón de terciopelo, una multitud esperaba para que los porteros la cacheara con sus detectores de metales portátiles. Las mujeres que hacían cola llevaban todas escuetos vestidos o faldas muy cortas.
Boone pasó con el coche ante el gentío y se detuvo al lado de un sedán, a media manzana de distancia. Dos hombres se apearon del coche y se dirigieron al lado de la ventanilla de Boone. Uno de ellos era un afroamericano de baja estatura ataviado con una lujosa chaqueta de ante. Su compañero era blanco y del tamaño de un delantero de fútbol americano; llevaba una guerrera militar y tenía el aspecto de querer coger unos cuantos peatones y arrojarlos por la calle.
El negro sonrió.
– Eh, Boone. Ha pasado tiempo, tío. -Señaló con la cabeza a Richardson-. ¿Quién es tu amigo?
– Doctor Richardson, le presento al detective Mitchell y a su socio, el detective Krause.
– Hemos recibido su mensaje, así que nos hemos acercado y hemos charlado con los porteros de la sala. -Krause tenía un vozarrón grave y profundo-. Dicen que ese tal Romero ha llegado hará una hora más o menos.
– Ustedes dos -dijo Mitchell-, vayan a la salida de incendios. Nosotros lo sacaremos.
Boone subió la ventanilla y condujo hasta el final de la calle. Aparcó a un par de bloques de distancia, metió la mano bajo el asiento y sacó un guante de cuero negro.
– Venga conmigo, doctor. Puede que Romero tenga alguna información para nosotros.
Richardson siguió a Boone hasta el callejón donde se encontraba la salida de emergencia del Chan-Chan. A través de la puerta de hierro sonaba una música rítmica y martilleante. Unos minutos más tarde, la puerta se abrió y los detectives Mitchell y Krause arrojaron al asfalto a un flacucho puertorriqueño. Con aire despreocupado, Mitchell fue hasta el tipo y le asestó una patada en el vientre.
– Caballeros, quiero presentarles a Pío Romero. Estaba sentado en una zona VIP bebiendo no sé qué brebaje de frutas con una sombrillita. Eso no está bien, ¿verdad que no? Krause y yo somos servidores de la ley y en cambio nadie nos invita a zonas VIP.
Pío Romero yacía en el suelo, jadeando y recobrando el aliento. Boone se enfundó el guante negro. Contempló al joven como si no fuera más que una caja vacía.
– Escucha atentamente, Pío. No hemos venido a detenerte, pero yo quiero cierta información. Si nos mientes, mis amigos irán por ti y te harán daño, mucho daño. ¿Me has entendido? Demuestra que me has entendido.
Pío se incorporó y se acarició un codo magullado.
– No hago nada malo.
– ¿Quién te suministra la 3B3?
El nombre de la droga hizo que el joven se sentara más tieso.
– Nunca he oído hablar de eso.
– Tú se lo has dicho a unas cuantas personas. ¿Quién te la vende?
Pío se puso en pie e intentó echar a correr, pero Boone lo atrapó. Arrojó al camello contra el muro y empezó a golpearle con la mano derecha. El guante de cuero hacía un ruido seco cada vez que golpeaba en el rostro de Romero. El hombre empezó a sangrar por la boca y la nariz.
Richardson se dio cuenta de que aquella violencia era real, muy real, pero no se sintió implicado en lo que estaba ocurriendo. Era como si se hubiera retirado un paso y contemplara una película en la pantalla de un televisor. Miró a los detectives mientras la paliza continuaba. Mitchell sonreía, y Krause asentía como si fuera un aficionado al béisbol que estuviera presenciando un lanzamiento perfecto.
El tono de Boone era tranquilo y razonable.
– Te he roto la nariz, Pío. Ahora voy a aplastarte los huesos de las fosas nasales bajo los ojos. Esos huesos nunca se soldarán del todo. No son como una pierna o un brazo, así que padecerás dolores el resto de tu vida.
Pío Romero alzó las manos igual que un niño.
– ¿Qué quiere? -gimió-. ¿Nombres? Le daré los nombres que quiera. Le daré todo.
Localizaron la dirección cerca del aeropuerto JFK alrededor de las dos de la madrugada, en Jamaica, Queens. El hombre que fabricaba el 3B3 vivía en una casa de madera con sillas de aluminio atadas con cadenas en el porche. Era un barrio tranquilo de gente humilde, la clase de vecindario donde la gente barría los caminos de acceso y colocaba efigies de piedra falsa de la Virgen María en sus jardines. Boone aparcó su todoterreno y le dijo a Richardson que saliera. Ambos caminaron hacia los dos detectives que seguían sentados en su vehículo.
– ¿Necesita ayuda? -preguntó Mitchell.
– Quédense aquí. El doctor Richardson y yo vamos a entrar. Si surgen problemas les avisaré con el móvil.
La sensación de desapego que Richardson había experimentado mientras Boone golpeaba a Romero se había esfumado durante el trayecto hasta Queens. En esos momentos tenía miedo y estaba cansado, deseaba alejarse de aquellos tres individuos, pero sabía que era imposible. Tiritando por el frío, siguió a Boone por la calle.
– ¿Qué va a hacer? -le preguntó.
Boone se detuvo en la acera y contempló una luz en una de las ventanas del segundo piso.
– No lo sé. Primero tengo que evaluar el problema.
– Odio la violencia, señor Boone.
– Y yo también.
– Ha estado usted a punto de matar a ese joven.
– Ni de lejos. -Nubecillas de vapor salían de la boca de Boone al hablar-. Necesita usted repasar la historia, doctor. Todos los grandes cambios se han basado en el dolor y la destrucción.
Los dos hombres caminaron por el sendero de la casa hasta la puerta de atrás. Boone subió al porche y acarició el marco de la puerta con la punta de los dedos. De repente, dio un paso atrás y le dio una patada justo encima del picaporte. Se oyó un seco crujido, y la puerta se abrió.